La tríada de Micerino

Última actualización el 16 de Febrero de 2007

Época: Dinastía IV, reinado del faraón Micerino (2532-2504 a.C.)
Dimensiones: Altura: 93 cm.
Material: bloque único de grauvaca, de tono gris verdoso
Lugar de conservación: Museo de El Cairo
Lugar de localización: excavaciones de G. Reisner en el Templo del Valle del conjunto funerario de Micerino en Guiza (1908-1910)[1]

Fig. 1 Tríada de Micerinos. Grauvaca. Dinastía IV. Museo de El Cairo. Foto en Tesoros egipcios de la colección del Museo Egipcio de El Cairo (obra coordinada por F. TIRADRITTI),  Barcelona, 2000, p. 70
Fig. 1 Tríada de Micerinos. Grauvaca. Dinastía IV. Museo de El Cairo. Foto en Tesoros egipcios de la colección del Museo Egipcio de El Cairo (obra coordinada por F. TIRADRITTI), Barcelona, 2000, p. 70.

Durante las excavaciones de George Reisner en Guiza se localizaron diversas obras escultóricas de magnífica factura y varias que muestran al faraón Micerino entre dos divinidades conocidas como las Tríadas de Micerino[2]. Una de estas obras (JE 40678), ha destacado por su calidad y austera belleza, convirtiéndose en una de las obras más emblemáticas del Museo de El Cairo[3] (Fig. 1).

La antigüedad muestra a tres personajes (el monarca flanqueado por dos diosas), de ahí que reciba el nombre de "tríada". Dichas figuras se encuentran adosadas a una amplia pilastra dorsal (de extensión basal), que sirve como elemento unificador y sustentador, pero que también indica que la pieza fue diseñada para ser observada frontalmente. De hecho, la mayor parte de los recursos utilizados en el diseño de dicha obra sólo pueden ser apreciados adecuadamente desde la posición de espectador frontal.

Micerino fue representado en actitud de energía contenida, con los brazos a los lados del cuerpo y en una especie de palpitante tensión que, sin embargo, contrasta con la expresión relajada del rostro. La imagen plasma la fortaleza de la juventud del rey, que luce la Corona Blanca, la barba postiza y un faldellín plisado. El monarca ocupa el eje central en un diseño de carácter simétrico y, además, se sitúa en un plano avanzado hacia el espectador; efecto que se subraya aún más con el gesto de colocar avanzado el pie izquierdo (tan avanzado que los dedos de esta extremidad se acercan ajustadamente al borde de la base). Así, el tratamiento técnico permite acentuar la posición del faraón por delante de las figuras femeninas; es decir, Micerino se sitúa por delante de las diosas. De modo que el conjunto de la composición muestra al  rey como el máximo protagonista, quedando las figuras femeninas en segundo y hasta en tercer plano. Incluso con detalles como la magnitud y volumen de la corona del Alto Egipto, elevándose en altura, se enfatiza visualmente aún más la relevancia del soberano[4].

Siguiendo al faraón, y adelantando tímidamente el pie izquierdo, se encuentra Hathor. Esta deidad, cuyo nombre significa "Mansión de Horus", se identificó tradicionalmente con la madre del soberano y, de forma aún más reiterada, como su esposa. En la tríada, Hathor porta su tradicional corona integrada por el disco solar enmarcado entre cuernos de vaca y se presenta en los jeroglíficos con su habitual identificación como “Dama del Sicomoro”. También luce un vestido que se ajusta a lo largo del cuerpo, modelando una figura llena y con curvas, extendiéndose casi hasta los robustos tobillos (detalle estilístico que resulta una característica habitual entre las creaciones del Imperio Antiguo). Y aunque desde la perspectiva frontal es imperceptible, en la mano derecha sostiene (casi esconde) el chen-Símbolo de la eternidad, símbolo de la eternidad.

Hathor, en la Tríada de Micerno, se muestran en posición preponderante, respondiendo la iconografía a la intensa vinculación que tuvo la diosa con la realeza. A su vez, por supuesto, hay que tener en cuenta que uno de los recursos legitimadores fundamentales de la divinidad del faraón es su identificación con el dios Horus. Es decir, si Horus es el faraón, entonces Hathor es su esposa. O dicho de otro modo: si el rey es esposo de Hathor, entonces el rey es Horus.

La otra deidad femenina que integra la tríada es portadora del tocado identificador de Bat. Esta diosa, cuya mitología asociada es muy desconocida, fue el emblema de Dióspolis Parva y se adoró en Egipto desde tiempos muy antiguos, aunque terminó siendo eclipsada y absorbida por Hathor. Para plasmar su localización en tercer plano, pero sin romper con el equilibrio del diseño, la diosa tiene las mismas dimensiones que Hathor, aunque sus pies se representaron juntos (lo que implica un alejamiento en contraposición con el avance mostrado más cautelosamente en Hathor y destacadamente en el faraón); es más, la corona de Bat se representó en suave relieve sobre la gran pilastra dorsal (en patente contraste con el elevado altorrelieve con el que se representa la corona de Hathor), diluyéndose así el protagonismo de su presencia.

Además de los estrechos vínculos que compartió con Hathor, también parece que Bat gozó de connotaciones que la asociaron con la legitimación del soberano como rey-dios y como Señor de las Dos Tierras. En los Textos de las Pirámides, entre las distintas entidades en las que se puede manifestar el rey, aparece la expresión: "Bat con sus dos rostros"[5]. Se trata de un contexto que alude a la complejidad de la naturaleza del rey-dios y a la territoriedad dual de Egipto[6].

En la Tríada de Micerino lo humano se funde y confunde con lo mitológico, aludiendo además a estrategias de imposición territorial. La representación de la pareja como gobernantes de los nomos de Egipto, idea destacada mediante la tercera figura, expresa la potencia de una autoridad que gobierna Egipto pero que va más allá de lo terrestre, que se impone más allá de lo humano, que perdura con plena fortaleza y que se extiende hacia la eternidad. La Tríada es, en definitiva, un elemento de propaganda publicitaria y de legitimación monárquica, diseñada para ser colocada (junto con otros grupos escultóricos de lectura similar) en un ámbito arquitectónico de culto al monarca y en un Conjunto Funerario espectacular que expresaba la máxima exaltación de su divinización.

Fig. 2. Micerino y su esposa. Grauvaca. Dinastía IV. Museum of Fine Arts, Boston. Foto en C. ZI-GLIER, Mykérinos et son épose en el catálogo de la exposición L'art égyptien au temps des pyrami-des (Réunion des Musées Nationaux, París, 1999), p. 227
Fig. 2. Micerino y su esposa. Grauvaca. Dinastía IV. Museum of Fine Arts, Boston. Foto en C. ZI-GLIER, Mykérinos et son épose en el catálogo de la exposición L'art égyptien au temps des pyrami-des (Réunion des Musées Nationaux, París, 1999), p. 227.

Pero también hay en esta obra de arte un elemento sutil, que posiblemente sea el que ha motivado la predilección de esta tríada por encima de las otras: la complicidad entre Micerino y su esposa, como transposición de Horus y Hathor, se  realza magistralmente con el gesto de unir sus manos[7]. Un gesto sencillo que indica no sólo la armonía entre Horus y Hathor, sino también la proximidad afectuosa entre dos esposos. Lo cierto es que la consorte de Micerino gozó de un singular grado de protagonismo entre el conjunto de esculturas que ornamentaron el Templo del Valle. Es más, durante las excavaciones de G. Reisner en la zona se localizó una magnífica escultura que muestra al monarca acompañado únicamente de una figura identificada como su esposa (posiblemente Khamenerebty II)[8] (Fig. 2). La actitud próxima y afectuosa entre ambos es uno de los elementos que ha hecho más célebre esta obra, que, por otra parte, es también una de las obras maestras del legado escultórico egipcio. Y los rasgos de la mujer que rodea con sus brazos  a Micerinos (Fig. 2), coinciden con los de la diosa Hathor a la que Micerino ofrece su mano en la tríada (Fig. 1), uniéndose en un contacto físico que trasciende lo físico. Horus y Hathor, Micerino y Khamenerebty, condensan un extraordinario simbolismo e intención legitimadora. No obstante, el artista que creó la Tríada de Micerino consideró que en esa legitimación propagandística que enaltece al monarca sobre los territorios que domina, podría ser extraordinariamente comunicativa la intrusión de una concesión a la ternura y al amor. El espectador, aunque impresionado por la austera solemnidad y la potencia del conjunto, encuentra en las manos entrelazadas una especie de complicidad emotiva.

Pero todavía hay más: el propio territorio de Dióspolis Parva, a pesar de ser más distante, comparte también la faz de la esposa. El monarca, máximo protagonista de la representación, queda enaltecido al mostrarse junto a su divina esposa, pero también las tierras de Egipto (la más auténtica "Mansión de Horus"), son mostradas en confusión con ella y enaltecidas sobremanera, a su vez, por el contacto con el faraón. De modo que el hecho de que ambas diosas tengan idéntica cara podría posibilita una lectura que, por así decirlo, ascendería del tercer plano al primer plano: la tierra de Egipto (en este caso Dióspolis Parva), encarnada en la esposa del faraón y con su mismo rostro, también se hace capaz de palpar al aparentemente inalcanzable rey-dios.


[1] REISNER, G. Mycerinus. The Temples of the Third Pyramid at Giza, Cambridge, 1931.
[2] Sobre este sensacional descubrimiento ver REISNER, G., The Harvard University-Museum of Fine Arts Egyptian Expedition, BMFA 50, vol. IX, Abril de 1911, pp. 13-20. A dicho artículo se puede acceder desde http://www.gizapyramids.org/pdf%20library/bmfa_pdfs/bmfa09_1911_13to20.pdf.
[3] El número total de tríadas que debieron ornamentar el Templo del Valle se desconoce, aunque tradicionalmente se había considerado que podrían haber existido tantas como provincias tenía Egipto (es decir, el monarca se podría haber esculpido con la representación de cada uno de los nomos del país que gobernaba). Otras interpretaciones consideran plausible que el faraón única-mente se mostrara con aquellos nomos en los que se rendía un especial culto a la diosa Hathor, único protagonista que junto con el faraón se repite en todas las tríadas.
[4] No todas las tríadas localizadas por G. Reisner en las excavaciones del Templo del Valle mantienen este mismo esquema. En el Museo Fine Arts de Boston se conserva una tríada en la que el eje central y el máximo protagonismo lo ostenta Hathor, que desde su posición entronizada extiende un protector abrazo al soberano.
[5] Fórmula 506, §1096. FAULKNER, R.O, The Ancient Egyptian Pyramid Texts, Oxford, 1969, p. 181.
[6] La posible asociación de Bat con la noción de la unidad de Egipto y con la esencia del propio monarca, puede quedar también atestiguada en pectorales de la Dinastía XII como el conservado en el Eaton College, en el que muestra el emblema de la diosa franqueada por Horus y Set. Ver dicha joya WOLFGANG MÚLLER, H., THIEN, E.,  El Oro de los Faraones, Madrid, 2001, p. 96, Fig. 197.
[7] Entre las otras tríadas de Micerino que Reisner localizó, existen diversos recursos para mostrar el contacto entre las divinidades y el soberano, pero personalmente considero que ese contacto en ninguna de las obra queda tan acertadamente resuelto como en la obra de arte que nos ocupa.
[8] Boston, Museum of Fine Arts, nº 11.1738.

 
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