La Reina Blanca

Última actualización el 18 de Octubre de 2010

Época: Dinastía XIX reinado de Ramsés II (1279-1212 a.C.)
Dimensiones: 75 cm de altura máxima
Material: Piedra caliza policromada
Lugar de conservación: Museo de El Cairo
Procedencia: Excavaciones de William Mathew Flinders Petrie en 1896 en el Rameseo

Al noroeste del templo de Millones de Años de Ramsés II en Tebas, el arqueólogo inglés W. M. F. Petrie localizó en 1896 los restos de una maltrecha edificación de adobe y la parte superior de una escultura que mostraba a una elegante dama. Dicha escultura, a pesar de su estado fracturado y sesgado, conseguía exhibir una gran belleza y era evidente que se trataba de una obra realizada con suma dedicación y maestría (Fig. 1).

No obstante, la pieza no conservaba ninguna inscripción que permitiera identificar a la mujer representada con tanto refinamiento, mostrando en la pilastra dorsal únicamente fragmentarios títulos de carácter sacerdotal. Dadas las circunstancias e inspirados por el color blanco de la fina caliza en la que fue esculpida, la obra pronto pasó a ser conocida como la Reina Blanca, dando también nombre a la construcción en la que fue localizada y conocida como la Capilla de la Reina Blanca (Fig. 2).

Fig. 1. Vista frontal de la Reina Blanca. Adaptada de J. Malek, Egipto. 4000 años de arte, Barcelona 2007, p. 245.

Ciertamente la blancura de la caliza con la que fue realizada la obra es uno de los rasgos que más llaman la atención, elemento que ofrece un fondo pálido a la tez, sugiriendo un tono diáfano y satinado del cutis. Este tono permite realzar los sonrosados labios, mostrados con un gesto levemente sonriente. Lo cierto es que sobre la caliza de la escultura se han conservado bastantes zonas con policromía, destacando el pigmento aturquesado en la peluca y el color amarillo de la corona y del amplio collar, que posiblemente alude al tono dorado que estos ornamentos debían lucir en la realidad (Fig. 3).

Fig. 2. Plano esquemático del Rameseo y de los monumentos situados en la periferia, al noroeste se encuentra la Capilla de la Reina Blanca. Plano de Guy Lecuyot en Memnonia VIII (1996), p. 23.

Uno de los elementos que más llaman la atención al observar la Reina Blanca es el complejo tocado, realizado de un modo minucioso y preciosista. Especialmente relevantes por sus implicaciones simbólicas son las dos cobras que se yerguen sobre la frente y el rodete integrado por una sucesión de uraei. Se trata de un tocado característico de las reinas del Imperio Nuevo, a lo que podrían sumarse dos largas plumas rematando el conjunto. De modo que estas características del atuendo confirman que la mujer representada aquí era, efectivamente, una reina de Egipto. A ello sumar la peluca tripartita, igualmente propia en el atuendo de una dama de elevando rango, siendo además un elemento presente desde tiempos remotos en la imagen de diosas y reinas. Sin embargo, que las cobras erguidas sobre la frente porten respectivamente las coronas del Alto y del Bajo Egipto es un detalle poco común (Fig. 4).

Fig. 3. Vista semilateral de la Reina Blanca. Tomada de M. Damiano, Antiguo Egipto. El esplendor del arte de los faraones, Madrid 2001, p. 271.

Además de la rica ornamentación que realza la cabeza, la Reina Blanca luce otros detalles. Destacan los pendientes de tipo botón, casi semiesféricos, y una pulsera en la muñeca, conformada por dos vueltas de cuentas tubulares. No obstante, la joya más relevante es el gran collar que se extiende hacia el pecho. Se trata de un collar singular, ya que las cuentas, ordenadas en varias franjas, fueron trabajadas dándoles la forma del signo jeroglífico nefer. Este signo, cuya lectura puede significar tanto bondad como hermosura, era además un amuleto propiciador de lo benéfico y de lo bello. La Reina Blanca, por tanto, luce un collar que proclama su lozanía y reafirma su presencia coqueta y sofisticada.

Fig. 4. Detalle de las cobras erguidas sobre la frente, luciendo la corona del Alto y el Bajo Egipto. Detalle tomado de T. G. H. James, Ramesses. The Great, El Cairo 2002, p. 238.

Poco se puede decir del vestido, ya que apenas es perceptible y la fractura de la escultura lo muestra muy mermado. En cualquier caso, el atuendo se adivina muy estrecho y los hombros parecen cubiertos por una especie de capa ajustada. A pesar de la fractura de la pieza es apreciable que la figura se representó de pie y que se mostró a una mujer bastante estilizada, con una curva sinuosa de la cintura, que se estrecha y se abre suavemente hacia la cadera. De hecho, la vestimenta es tan fina y ajustada que se adivina fácilmente su transparencia. Para generar este efecto contribuye enormemente que se aprecie a la perfección la forma de los senos y que hasta se haga visible un pezón (Fig. 5). Un pezón representado en forma similar a una roseta, motivo iconográfico reiterado en el arte egipcio de todos los tiempos y que desde épocas inmemoriales se asoció a la monarquía egipcia, siendo a la vez una alusión a la fortaleza, a la fertilidad y la belleza.

Fig. 5. Detalle del pezón con forma de roseta y del collar menat sostenido por la Reina Blanca en su mano. Detalle tomado de T. G. H. James, Ramesses. The Great, El Cairo 2002, p. 238.

En el atuendo enaltecedor de la Reina Blanca también destaca el collar menat que sostiene en su mano, acercándolo al pecho pero dejando visible la representación sobre el contrapeso que muy posiblemente muestre a la diosa Hathor. En la parte inferior del contrapeso, que tiene forma de disco, se plasmó un motivo floral derivado de la roseta, lo que implica una especie de reiteración del motivo mostrado como pezón. Más en segundo plano, bajo la mano de la reina, se hacen visibles las cuentas redondeadas propias de este singular objeto y cuyo tintineo, al chocar unas con las otras, lo convertía en instrumento musical digno de animar celebraciones religiosas (Fig. 5).

Era tradicional que en la imagen de las grandes damas egipcias se pudiera complementar con un collar menat, siendo utilizado como joya, como instrumento musical en los rituales religiosos o, como en este caso, como insignia de estatus e identificador del sacerdocio. Que la Reina Blanca sostenga el collar menat deja patente que entre sus responsabilidades también se encontraban las sacerdotales. En Egipto no era raro que las mujeres de posición gozaran de este tipo de prerrogativas, ya fueran o no de carácter honorífico, y menos aún una reina.

De modo que la joven y bella mujer mostrada en esta escultura puede ser identificada, por su aspecto e indumentaria, como una reina del Imperio Nuevo y, por el contexto de localización, se infiere que debía ser alguien próxima a Ramsés II. Además, la Reina Blanca se vinculó al mundo religioso, de ahí que sostenga como atributo el collar menat. De hecho, en los fragmentarios textos conservados en la pilastra dorsal puede leerse: «… que toca el sistro de Mut y el collar menat, bailarina de Hathor, bailarina de Horus …».

Pero aunque la riqueza y cuidada elaboración del tocado y diversos ornamentos son focos de atención y otorgan un gran atractivo a la escultura, lo cierto es que el espectador que deambula por las salas menos visitadas del Museo de El Cairo suele recalar en la Reina Blanca al quedar seducido por la dulzura y la expresividad serena de su rostro (Fig. 6). Un rostro de pómulos altos y mejillas suaves, que confluyen en una barbilla amplia y redondeada. La armonía se complementa con unos ojos almendrados, con párpados marcados, cuya forma se funde con las líneas de maquillaje que prolongaban el rabillo hacia las sienes. Las cejas levemente modeladas y las orejas resultan muy naturalistas, y también sorprenden las dos líneas incisas en la parte alta del cuello, lo que podría indicar la presencia de una sutil papada. No obstante, los atractivos de la Reina Blanca todavía son más notables si tenemos en cuenta los interrogantes que suscita…

Fig. 6. Detalle del rostro de la Reina Blanca. Detalle tomado de T. G. H. James, Ramesses. The Great, El Cairo 2002, p. 238.

Ante el aspecto y atributos lucidos por la Reina Blanca es indudable que se trata de una reina del Imperio Nuevo, pero la ausencia de inscripciones no permiten una identificación inequívoca, lo que ha generado especulaciones; más aún teniendo en cuenta que Ramsés II tuvo diversas esposas a lo largo de su vida y que se rodeó de mujeres que la historia ha hecho célebres. Lo cierto es que la riqueza de la escultura y que se encontrara en una capilla aneja al templo de Millones de Años del faraón, hacían pensar que se trataba de alguien relevante en su entorno y que, por tanto, de un personaje destacado o quizá especialmente apreciado por el monarca.

No obstante, el interrogante localizado por el arqueólogo Petrie en 1896 finalmente encontró factible resolución en 1982, al producirse el descubrimiento de una escultura monumental en la localidad egipcia de Akhmin (Fig. 7). El coloso, aunque con multiplicadas dimensiones (unos siete metros de caliza monolítica), muestra gran semejanza en su aspecto general con la Reina Blanca, también en las facciones, y, además, conserva textos esclarecedores que identifican a la reina representada como Meritamón. La semejanza de la escultura localizada por Petrie y la hallada en Akhmin propició que el misterio de la identidad de la mujer pudiera ser aparentemente desvelado: al igual que el coloso de Akhmin muestra a Meritamón, la Reina Blanca muy probablemente sea también Meritamón; por tanto, una de las hijas de Ramsés II y de la reina Nefertari. La escultura de la Reina Blanca parece inmortalizar, por tanto, a una princesa que llegó a ser reina, y que debió gozar de un elevado protagonismo en su época

Fig. 7. Coloso de Meritamón localizado en Akhmin en 1982. A diferencia de la Reina Blanca este coloso muestra una peluca tripartita parcialmente cubierta por el plumaje de un buitre encajado en la cabeza de la reina. Se trata de un elemento muy característico en el tocado de las reinas egipcias, que, sin embargo, no está presente en la Reina Blanca. Foto tomada de A. Eggebrecht, El antiguo Egipto. 3000 años de historia y cultura del imperio faraónico, Barcelona 1990, p. 448.

Ella fue la mujer que acompañó a Ramsés II en las celebraciones de inauguración del templo de Abu Simbel y pasó a convertirse en Esposa Real entre los años 25 a 26 del reinado. Entre los títulos que atesoró también destacan el de Superiora del Harén de Amón, la que toca el sistro de Mut, la que toca el menat de Hathor y cantora de Atum.

Además de coloso de Akhmin, en tiempos más recientes se han producido otros hallazgos entorno a la Reina Blanca. En 1994 se iniciaron nuevas excavaciones en la zona en la que la escultura había sido localizada por Petrie, lo que permitió afirmar que la llamada Capilla de la Reina Blanca era, en realidad, una construcción de la Dinastía XVIII, realizada en al menos dos fases, y, sorprendentemente, levantada durante el reinado de Amenofis IV. De hecho, esta capilla de adobe no era tan rudimentaria como había imaginado Petrie y es, además, la única construcción que se conoce en Tebas occidental erigida por Amenofis IV, de ahí que su localización generara bastantes expectativas. Este descubrimiento, a su vez, indicaba que la escultura de la Reina Blanca no había sido localizada por Petrie en su emplazamiento original, habiendo sido transportada desde algún punto del Rameseo en época indeterminada, para proceder a la ruptura de la pieza por motivos también indeterminados, quedando allí algunos trozos que el equipo de arqueólogos logró recuperar: fragmentos del pie derecho, partes de una pierna y fragmentos de la pilastra dorsal.

La Reina Blanca no solo tiene el atractivo del enigma, también es una de las obras escultóricas más magnificas legadas por el antiguo Egipto y con una capacidad de sorprender que parece continuar en una historia jalonada por interesantes descubrimientos; quizá el futuro nos depare nuevos datos y es fácil soñar con encontrar fragmentos suficientes como para mostrar a esta reina de un modo más completo, con su estilizado cuerpo recompuesto para la eternidad.

La Reina Blanca es un legado cuajado de sutilezas simbólicas y, a la vez, de hábiles recursos plásticos. Cabe destacar el pormenorizado tratamiento de la peluca, presentada con innumerables mechones y cada uno de ellos con un pequeño trenzado. Este concienzudo trabajo otorga un aspecto sofisticado a la representación, pero también configura una superficie de textura rugosa que consigue generar un contraste que enfatiza el delicado rostro. Dicho efecto de contraste todavía debía ser más intenso cuando la peluca se presentaba completamente cubierta por la capa pictórica y cuando, junto a las mejillas, destacaban los llamativos pendientes y la línea amarilla que perfila y recorre la frente en la parte superior. También el amplio collar ofrece una textura que realza la zona del busto, llamando la atención sobre el pecho y sobre el collar menat que sostiene. Igualmente relevante es la capacidad para compensar la verticalidad con elementos horizontales, lo que se consigue, por ejemplo, con la presencia de bandas en el tocado. La armonía general de la obra se basa en la dulzura conseguida en el rostro, pero también en el hábil uso del color y de los volúmenes, a ello sumar la hábil reiteración de ciertas formas.


[1] El uso de la roseta asociada a la figura monárquica aparece ya, por ejemplo, en la Paleta de Narmer y es un motivo relativamente habitual en la joyería vinculada al entorno real. Sobre algunos de estos aspectos ver, por ejemplo, M. A. Myrray, The Costume of the Early Kings, Ancient Egypt 2, 1926, pp. 33-40; A. Wilkinson, Ancient Egyptian Jewellery, Londres, 1971, pp. 19, 30, 37 y otras.
[2] Este rasgo aparece en algunas representaciones egipcias y, por ejemplo, puede observarse en algunas de las imágenes del joven Tutankhamón; llamativamente, la presencia de dos líneas bajo el mentón, sugiriendo una papada, es un rasgo que se repite en las representaciones pictóricas de la reina Nefertari en su tumba en el Valle de las Reinas.
[3] Sobre la documentación conocida en relación a esta mujer y sobre su biografía ver el capítulo dedicado a esta reina en la obra de C. Leblanc, Nefertari, «L’aimée-de-Mout», París 1999, pp. 207-222.
[4] Sobre la reexcavación de la llamada Capilla de la Reina Blanca y los fragmentos de la escultura de la Reina Blanca recuperados ver M. Kalos, M. Nelson, C. Leblanc, “L’ensemble monumental dit «chapelle de la reine blanche»”, en Memnonia VII (1996), pp. 69-82.

 
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