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Cuando llegas la primera vez a Egipto todo te parece fascinante, los colores, la luz, los alimentos, los animales por la calle (muchos no se acuerdan ya de los burros como transporte) la piel de la gente, los alimentos, la vestimenta, y naturalmente los lugares arqueológicos.
Probablemente aceptas las incomodidades propias de un país “en vías de desarrollo”, aunque no te fascinan los olores, los niños detrás de ti todo el día pidiendo: dinero, chicles, un mechero, un bolígrafo o cualquier otra cosa que puedas llevar encima, los coches pitando a cada momento… y es que naturalmente esas inconveniencias existen, pero todo lo bueno y malo que pueda tener ese país queda eclipsado cuando llegas a Guiza, a Abu Simbel, o a Deir el Bahari (por poner lugares emblemáticos) ya no te importa, al menos demasiado, el calor que haga, la masas de gentes, los camelleros….
Y es que la fascinación ante tales monumentos hace que olvides todo lo demás, si estás en las pirámides, por ejemplo, piensas: que pena como las han dejado!, pero haces abstracción y te imaginas como debían ser a finales de la IV dinastía relucientes al sol, con guardianes custodiando y sacerdotes realizando los rituales, conjeturas sobre la cara que debía tener la esfinge cuando era joven y aún no había sufrido los ataques de los soldados haciendo prácticas de tiro y sobretodo las embestidas del tiempo.
Muchos cuando volvemos de Egipto, renegamos por las incomodidades, las diarreas y los retretes en penoso estado. Todo eso es casi inevitable y yo diría que son las novatadas de ser un turista o viajero, pero hay otras muchas insuficiencias causadas por la dejadez de las instituciones egipcias entregadas, únicamente, a la recaudación de divisas y que sí influyen en el estado de conservación de lugares arqueológicos y museos. Su cuidado y vigilancia los preservarían de una indiferencia general, incitada, en muchos casos, por cuestiones religiosas.
Todos hemos visto los montones de papeles, bolsas de plástico, latas…etc. que se agolpan en las entradas de las tumbas en el Valle de los Reyes o en Guiza y también pensamos como en el caso de la Gran Pirámide ¡que pena como lo han dejado! Y casi damos la batalla por perdida aunque lo denunciemos en privado y públicamente. Egipto es una bella tierra sembrada de grandes monumentos y no se merece ese desamparo.
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