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Son muchos los motivos de interés de Faraón. Por la historia de fondo, por su enfoque histórico, por abordar la mayor herejía de la Antigüedad, por lo que significó para el “peplum”, para el cine polaco... Aunque de una manera muy libre, Faraón (Polonia, 1966), nos habla de la herejía de Akenatón, el faraón que se enfrentó a la casta sacerdotal y que colocó el Sol como el dios único y verdadero, el que nos daba la vida...
Sobre las implicaciones de esta herejía nos pueda dar una primera idea un pensamiento de Sigmund Freud, quien declaró que de ser millonario, financiaría las excavaciones arqueológicas en El Amarna, y dijo: ”Me gustaría aventurar esta conclusión: si Moisés fue egipcio, si transmitió su propia religión a los judíos, fue la de Akenatón, la religión de Atón”. No hace mucho, dos investigadores galos, Roger y Messod Sabbah que durante dos décadas se dedicaron a hacer un estudio comparativo entre la Biblia, la escritura hebrea y los jeroglíficos egipcios. Ambos han publicado sus conclusiones en un polémico libro Les secrets de l´Exode (J.C. Godofroy, Paris, 1999), en la que se afirma que los seguidores de Akenatón (Abraham) fueron expulsados a Canaán, y que se instalaron más tarde en el reino de Yahuda (Judea). Aunque los exegetas bíblicos consideran que seguramente estos misterios nunca serán revelados, cada vez existen más testimonios que abundan en las hipótesis de Freud que dedicó a Moisés uno de sus más controvertidos estudios, Moisés y la religión monoteísta (. En este aspecto resulta muy sugestiva la obra de Marthe Robert, Freud y la conciencia judía (Península, Barcelona, 1979).
Otra idea de la trascendencia de la “revolución religiosa” que encabezó la “pareja solar”, nos la ofrecía el filósofo e historiador norteamericano Barrows Dunham en su magnífica obra Héroes y herejes (Seix-Barral, Barcelona, 1969), donde escribía en su primer capítulo: “El hombre que se casó con la más hermosa mujer que haya existido en cualquier tiempo y lugar, fue también el primero de los herejes conocidos. Además, cosa inhabitual entre los herejes, ¡era el rey absoluto!. De esta suerte, no hubo disturbios al producirse la herejía; sencillamente fue decretada por él. Pero el mundo de los intereses creados, empobrecidos por ello, le odió; y su pueblo, liberado demasiado de prisa de las ideas tradicionales se alarmó (...) Akenatón proscribió la vieja teología, clausuró los templos de los dioses tradicionales y abolió los sacerdocios, servicios y beneficios vinculados con ahora (...) había privado de sus funciones y privilegios a toda una clase -los ellos (...) El furor de y la consternación sacerdotales, difícilmente pueden haber sido menores que lo serían si algún gobierno actual aboliera, de un solo golpe, catolicismo, protestantismo, judaísmo y todas las religiones existentes hasta sacerdotes de Amón- cuya riqueza, prestigio y poder dependían de la aceptación popular del las viejas ideas (...) Evidentemente, el conocimiento no triunfa siempre, ni tampoco la belleza. Sin embargo, permanecen subyacentes y, a la larga, acaban aflorando de nuevo a la superficie ...”
También el Nobel egipcio Naguib Mahfuz ha escrito su propia contrbución en Akenatón, el rey hereje (Edhasa, Barcelona, 2000), que es seguramente la aproximación literaria más rigurosa sobre un personaje cuya importancia no hace más que crecer con el paso del tiempo, muy superior a la esforzada de nuestro Terenci Moix, muy dado a la egiptomanía, sobre todo a la cinematográfica. Pero al lado de las percepciones digamos positivas han surgido otras, más en concordancia con las actuales ideas denigratorias sobre la revolución. Éste ha sido ell caso del egiptólogo Michael Reeves quien publicó en el 2001 un trabajo en el que acusa a Akhenaton de “falso profeta”, y desmiente todas las versiones sobre su carácter inconformista y renovador, y afirma que en su furor iconoclasta contra los antiguos dioses actuó como Hitler o Stalin...Reeves añade que Nefertiti le sobrevivió y pasó a ser el enigmático faraón Esmenjkaré, que precedió a Tutankhamón. Como se puede ver, se trata de una historia primordial sobre la que nunca se dejará de escribir.
Otra aproximación famosa –seguramente la que más- sobre Akenatón sería la de Mika Waltari (Helsinki, 1908-1979), que obtuvo su mayor éxito con esta novela inspirada en la propia historia de Sinuhé, personaje verídico sobre las Jacq ofrece una detallada síntesis en su El antiguo Egipto día a día. Reconocido virtuoso en la técnica, Waltari suele situar sus novelas en el pasado, describiendo momentos críticos de la historia. Sin embargo, no se trata de un escritor especialmente creativo como lo demuestra Marco el romano, a la que nos había llevado la lectura de Sinuhé, y que no se diferencia en nada de tantas otras muestras de literatura cristiana edificante siguiendo la estela de Lewis Wallace, Lloyd C. Douglas, y otros escritores reaccionarios como el polaco Henry Sinkiewicz, célebre autor de Qvo Vadis?, sobre la que Kawalerowicz ha realizado una nueva versón que todavía no he podido ver.
Al situar Waltari su historia durante el período de Akenatón, o sea en plena revolución religiosa, un tema que en la famosa película de Michael Curtiz queda bastante reducido ya que, de un lado todo índica que Akenatón busca un Dios invisible que está en los cielos, y por otro, se desarrolla una trama conspirativa en la que se ven envuelto sobre todo, el amigo de Sinuhé, Horemheb, que comienza como general y acaba como faraón, y la hermana del faraón, Baketamon (Gene Tierney), que es conocedora del origen de Sinuhé, quien a pesar de sus reticencias, colaboraría, con la intención de acabar con una guerra civil en la que los fieles monoteístas están siendo exterminados como si fuesen mártires cristianos, con el final de su hermano inyectando veneno dentro de la copa que daría a fin al monarca místico que, como el propio Sinuhé que constantemente se está interrogando el porqué de la muerte, y sobre que explicación última debe de existir sobre la vida. Porque ambos están buscando a un Dios que todavía tardará unos siglos por aparecer, un detalle que se remarca solemnemente. al final. Solo hay un momento en que la “pareja solar” se manifiesta con autenticidad en la pantalla, y es cuando ambos entran en la sala del trono de manera informal, y rodeados de niños que juegan, un detalle que reproduce bastante bien el naturalismo y la afectuosidad reflejada en los retratos que quedaron de ellos.
Pero no todos los escritores polacos han sido católicos y conservadoes, los hubieron laicos y socialistas como Boneslaw Prus, seudónimo de Aleksandre Glowacki (1845-1912), que resulta entre nosotros todavía más desconocido que Kawalerowicz ya que solamente una de sus obras, Anielka, ha sido vertida al castellano (1922). Ni siquiera el considerable éxito (crítico) de la película movió a su traducción, que no llegaría hasta muchos años después (hay una edición en el Círculo de Lectores), por más que entre la crítica y la historia de literatura universal goza de una reputación muy superior al del citado y piadoso Sinkiewicz, quien por cierto describe a Nerón como compendio de todos los males y vicios cuando fue un corderito al lado de Franco o Pinochet, y otros dictadores bien avenidos con el Vaticano. Es pertinente señalar que es inherente a la obra de Prus considerar como positivo las lucha por superar las condiciones injustas aunque acaben resultando un fracaso porque ayudará a mejorar la próxima vez. Quizás por esto sus grandes frescos sociales, muy preocupados por la situación de las clases populares y muy críticos hacia la aristocracia y el clero polacos, no han adquirido la popularidad que como escritor la crítica le considera como merecedor.
El Faraón de la época dorada del cine polaco representa una versión mucho más ajustada de la crisis de El Amarna, no en vano está considerada como “la película” por excelencia sobre el antiguo Egipto, y que incide plenamente en la contradicción entre el Estado y la casta sacerdotal, entre la política y la religión, en la que radica la parte más objetivo de dicha crisis. Esta producción polaca fue realizada en la época de Gomoulka, que fue un equivalente “revisionista” de la década soviética de Jruschev y que sería el último líder del partido mínimamente aceptado por el pueblo polaco. Obra del inquieto Jerczy Kawalerowicz que, justamente acababa de consagrarse en Cannes como uno de los directores más interesantes del cine del Este (Gwozdca, Ucrania, 1922), considerado por algunos críticos como el mejor cineasta polaco de su generación, y del que aquí apenas si conocemos alguna que otra obra más como La muerte del presidente (1977).
Kawalerowicz llevó a cabo una experiencia completamente atípica dentro del entonces pujante cine del Este, muy poco dado a los grandes presupuestos. Sin llegar a competir con Hollywood empero de una producción, especialmente esmerada que entra de pleno en uno de los conflictos mayores de esta civilización: las contradicciones entre el poder del monarca y la poderosa casta sacerdotal. El guión, firmado por el escritor Tadeusz Konswicki y por el propio Kawalerowicz, que adapta a Boreslaw Prus. Éste inventó para su historia el reinado de Ramsés XIII al que situó en un período de crisis histórica en la que Egipto comienza a mostrar signos evidentes de decadencia y ruina, un contexto que se inspira en los hechos acontecidos a fines del Imperio Nuevo, de la dinastía XX, después de siglos de riquezas y poderío, y cuya historia mantiene no pocas similitudes con la de Akenatón. Prus combina esta licencia con las presencia de personajes históricos verdaderos como el sumo sacerdote Herhor, creador de una dinastía paralela establecida en Tebas en el 1085 a.C., y que llegó a convertirse en el primer rey pontífice del Imperio.
Filmada en Turkmenistán lo que significaba un gran esfuerzo para una cinematografía modesta, Faraón debe su prodigiosa ambientación a que muchos planos se filmaron entre las ruinas de templos egipcios. Por primera vez en nuestras pantallas, los egipcios tenían sus propios rasgos negroides en una caracterización que Terence Moix califica como “portentosa”, en tanto que los actores adquieren un grado de convicción que contrasta claramente con el “glamour” y la falsedad habitual de Hollywood. Buena parte de su ajustado mobiliario, desde la silla real hasta la biga de seis radios, sin olvidar el casco guerrero del faraón que se destaca la silueta de éste en la publicidad, la paleta del escriba, el vaso de alabastro o el hacha de “epsilón”, resultan ser piezas reproducidas de las existentes en el Museo del El Cairo.
A través de la historia del ascenso, lucha y caída de este inexistente Ramsés, Prus desarrolla un brillante análisis de los mecanismos políticos y de las luchas por el poder entre el joven rey y la casta sacerdotal, cada uno representando coherentemente sus propias razones, y está plagada de referencias a la Polonia de entre siglos, pudiéndose interpretar la novela como una metáfora del enfrentamiento entre el Estado liberal-democrático (o sea laico) y la Iglesia constantiniana hasta los huesos y ligada a las antiguas castas, a los terratenientes sobre todo. Se pueden efectuar diversas lecturas de la película tomando como trasfondo la época del régimen de Gomoulka, un burócrata represaliado que en 1956 había encabezado una "revolución" controlada pero que supo orientar hacia unos márgenes más amplios de libertades que, entre otras cosas, permitió un notable impulso de un cine nacional y crítico. La última en la que el llamado “socialismo real” apareció como una vía de progreso frente a la Iglesia polaca ligada al “anciên rêgime” monárquico y a la derecha tradicional, y centro de la oposición interior al régimen “comunista”. Ni que decir tiene que el desprestigio de la burocracia estalinista, ha afectado la alta consideración habitual sobre Faraón, oscurecida por un mensaje político conservador (el que ve la paja en el ojo ajeno) desde los años ochenta sistemáticamente denigrado.
Existen numerosos montajes de la película que aquí se estrenó muy cortada, aunque en los años ochenta se presentó una versión ampliada doblada al catalán. La ventaja de estas ediciones en DVD es que restauran el metraje, y además ayudan a su mejor comprensión con una serie de extras, en este caso con una biografía y una entrevista con su director...
Fuente: Kaos en la Red
http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=38131
Reseña: Manuel Crenes
Comentarios
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Ahora bien desde esta perspectiva El Faraon Akenaton puede ser el Faraon de la tercera o/ y cuarta plaga, por su piedad religiosa con el Dios de los Semitas ( EXodo