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¿Qué sucedía con los cadáveres de los soldados, muertos en combate fuera de Egipto? Imprimir E-Mail
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Sección de Sociedad, Técnica y Cultura
Escrito por Francisco Javier Gómez Torres   
Publicado el martes, 16 de octubre de 2007
Modificado el domingo, 21 de octubre de 2007

Para empezar, traeré a colación las cuatro únicas citas que al respecto he encontrado:

1) Christiane Desroches Noblecourt, en su libro “Ramsés II, la verdadera historia”, p. 187, donde, especulando sobre el después de la batalla de Qadesh que sucedió en Siria, dice en tono narrativo: Había que recoger a los heridos, reunir los carros, curar los caballos, levantar a los muertos egipcios y hacer recuento de los enemigos abatidos y en el punto 8, p. 414 del mismo, dice con respecto a las bajas en batalla: Puede comprenderse que el cuerpo de un oficial superior, gran personaje muerto en combate, haya podido ser tratado superficialmente[1] para recibir la momificación[2] y el entierro en Egipto, según el deseo de todo egipcio. ¿Qué sucedía, en un país lejano, con los soldados muertos en batalla? ¿Fueron envueltos en pieles de carnero y arrojados al río[3], para recibir una sepultura análoga[4] a la de Osiris, el ahogado, el hesy? El problema todavía no se ha planteado.

Esto último lo dijo no hace mucho, en el año 1996, esta veterana e insigne egiptóloga, así que, en principio, no se pueden crear demasiadas expectativas por encontrar respuesta a esta pregunta.

Los historiadores sospechan que una batalla de tal magnitud como la de Qadesh (probablemente la 1ª gran batalla de toda la historia bélica), cuya victoria fue autoadjudicada por cada bando beligerante, fue un feroz combate con un resultado más bien indeciso, donde, al enfrentarse directamente dos enormes y poderosos ejércitos como eran por aquél entonces el egipcio y el hitita, el número de bajas de cada contrincante debió de ser enormemente elevado.

Por una parte es lógico lo que dice la autora, porque imaginémonos tener que momificar, aun superficialmente, a todos los soldados muertos (¡se hubiese necesitado un ejército de embalsamadores, tan grande como el militar!) y trasladarlos a Egipto; ¿cómo realizar semejante esfuerzo tan sobrehumano, después de lo exhaustos que quedan los soldados supervivientes tras un duro combate? No obstante, con todos los respetos y consideraciones para esta destacada erudita, no resulta muy convincente la cuestión tan aparentemente espontánea que plantea, por mucho que pretenda conectarla con armonía[4] y compatibilizarla, dadas las circunstancias bélicas, con el corpus escatológico egipcio.

Resulta muy frívolo imaginar a Ramses II, que estuvo presente en la batalla, incautando entre sus pequeños principados sirio-palestinos vasallos más próximos, cientos y cientos de reses ovinas, y aún más dificultoso si consideramos la exigencia de que tuviesen que ser mardanos[5], para sacrificarlas caprichosamente con la simple intención de extraerles la piel (perdiendo gran cantidad de carne), para envolver a sus numerosos soldados muertos en la batalla y arrojarlos después al Orontes, el río más grande y próximo, esperando que hiciese el papel del río Nilo.

Aunque la teórica resulta armoniosa, sin que la autora precise si ese tipo particular de ritual funerario se daba originalmente también[6] (junto con la momificación) en el propio Egipto o es más bien una alternativa de emergencia que propone para estos casos, lo cierto es que pragmáticamente resulta difícil digerir.

2) Por otra parte, vemos a Sebni a finales de la VI dinastía, durante el reinado de Pepi II, realizar una expedición militar hacia el sur para recuperar el cadáver de su padre, muerto en un reciente enfrentamiento con los nubios: En posteriores levantamientos los nubios matan al nomarca de Elefantina[7] y su hijo[8] Sebni tiene que hacer una incursión en Nubia para rescatar el cuerpo. Sebni no descansa hasta lograr enterrar[9] a su padre y su preocupación queda bien patente en el texto biográfico[10]; aunque nada nos dice del resto de soldados que pudieron morir también.

3) También en “Death & the Afterlife in Ancient Egypt” John H. Taylor, pp. 40 y 76, se dice sobre Sebni: …in the autobiography of Sabni (6th Dynasty), inscribed in his tomb chapel, also at Aswan. Sabni’s father Mekhu had died while leading an expedition into Nubia, and Sabni records how he set out with troops and with gifts for the local Nubian ruler, in order to retrieve the body of his father. The body was found, loaded on to a donkey, and brought to Egypt. Sabni proudly records that the king praised him for this act of piety, and dispatched officials from the Residence to carry out the mummification of Mekhu. These comprised two embalmers, a chief lector-priest, besides other officials, mourners, various oils and utensils, and the ritual knowledge (literally the ‘secrets’ ) of the two embalming workshops or wabety (at this period there was a Northern and Southern wabet) (he hecho una síntesis con las citas de las dos páginas).

También en la p. 40 del mismo se dice: For those who did die beyond the frontiers, an attempt might be made to recover the body for mummification and burial in Egypt. Pepinakht (who lived during the reign of Pepy II, c. 2278 – 2184 BC) records in his tomb inscription at Aswan how he was commanded by the king to rescue the body of Anankhet, who had been killed by the ‘sand dwellers’ on the Red Sea coast, where he was building a ship to sail to the land of Punt.
Y en pp. 40-41: Probably the largest numbers of Egyptians who died abroad were soldiers. Garrison troops might be buried locally, as were some of those who were stationed at fortresses in Nubia during the late Middle Kingdom. The majority of those killed in battle were probably buried on the spot. Some might be brought home, but perhaps only under special circumstances. Estas circunstancias especiales seguramente atañerían a altos mandos militares y, como mucho, a simples soldados, pero, de reconocimiento heroico por parte del rey.

4) Este destacable punto lo reservo como postre para el final.

Ahora intentaremos especular modestamente por nuestra cuenta, en la medida de lo posible, partiendo de la lógica más básica, aunque ya John H. Taylor nos da pistas bastante definitivas. En primer lugar convendría tratar dos puntos esenciales:

1) Las posibilidades de actuación. A veces las circunstancias bélicas no siempre permiten actuar sobre los cadáveres (siendo un asunto en ocasiones pactado por ambos bandos); se puede correr el riesgo de un ataque sorpresa por parte del enemigo, aun después de una batalla (o por otras determinadas causas), quedando los cuerpos en la intemperie a merced de la putrefacción y las alimañas carroñeras. En ocasiones, la intervención supone un considerable despliegue de energía humana, una ardua tarea que a veces quedaba abandonada ante otras prioridades de carácter marcial o simplemente ahorro de esfuerzo. Todo esto sin olvidar la angustia, que se sufría en algunas culturas, como en el antiguo Egipto, por los muertos sin sepultura o ser enterrados en tierra extranjera.

2) Dado que la mayoría de los soldados eran rasos y podemos suponer consecuentemente y en términos generales, que eran próximos o íntegros en su status social a los bajos estamentos[11], habría que empezar por saber qué tratamiento ritual y creencia o creencias se daban entre los difuntos plebeyos[12], así también como su posible compatibilidad con las circunstancias de un campo de batalla, en muchas ocasiones fuera de la patria nativa.

En una época como el Reino Nuevo, el ritual funerario (prescrito) oficial, que incluía la momificación como protagonista, sería el de los estamentos pudientes y a lo sumo los intermedios, con la diferencia de que entre los primeros sería muy pomposo y el de los segundos más modestos. Pero los de baja condición social, que eran la mayoría de la población (alrededor de un 80%), no estaban ni en condiciones siquiera de permitirse el ritual funerario oficial más austero[13]; esto no quiere decir que los funerales plebeyos estuviesen ausentes de ritual (y por tanto de su respectiva creencia), a veces tan extremadamente sencillo, que dejaba pocas o nulas huellas arqueológicas como para permitirnos especular al respecto. También es cierto que los cementerios o enterramientos plebeyos apenas se han estudiado; aquí no hay posibles tesoros funerarios por descubrir, por lo que no suscitó tanto el interés de los arqueólogos como con las necrópolis de los ricos. La causa de acceso al costoso ritual funerario oficial la promovía pues, no un decreto real legislativo, sino la economía de cada difunto, un gasto que los pobres generalmente no podían correr.

La notable variación que diferencia el tratamiento de los muertos, según su status socio-económico, presupone un ritual funerario diferente, que puede ser al mismo tiempo la expresión de creencias distintas, aun dentro del seno de una misma cultura. El ritual funerario está en todas las sociedades estrechamente vinculado con las estructuras sociales y siempre basado en una, como mínimo, creencia póstuma, que es la que determina su forma de expresión.

En estas circunstancias, sin elementos tan imprescindibles como el Libro de los Muertos, la momificación, el sarcófago, los amuletos mágicos pertinentes, etc. difícilmente podrían comulgar con las creencias funerarias básicas, que de una forma muy relativamente normalizada y regidas fundamentalmente por el rito osiriaco, sintetizaba el ritual funerario oficial.

No obstante, parece como si durante el Reino Nuevo en algunas ciudades capitales[14] – como Tebas y quizás Menfis – se pusiese de moda entre los plebeyos urbanos lo que podría llamarse un “pseudo-embalsamamiento” o “embalsamamiento simbólico”, que, no obstante, si bien no debió ser precisamente una práctica excepcional, estaba lejos de ser la norma entre la población baja nacional (quizás, completamente ausente entre la plebe provinciana, que era la mayoría de entre los bajo estamentos sociales de la nación). Este pseudo–embalsamamiento quedaba limitado prácticamente con exclusividad al ejercicio técnico del vendaje (si bien pudiera incluir un lavado del cadáver), que seguramente se realizaba incluso por cuenta propia (es decir, a nivel doméstico), sin gastar nada con los embalsamadores profesionales[15]. Por supuesto, el pseudo–embalsamamiento no garantizaba realmente la preservación del cadáver, aunque ocasionalmente – en el mejor de los casos y, muy seguramente, sin que necesariamente se esperase – se llegase a activar espontáneamente la momificación natural (como en el caso del cadáver de Nakht, ya mencionado en la nota al pie nº 12), con resultados a veces buenos y otras parciales.

Como el embalsamamiento auténtico responde a la creencia funeraria, basada en la necesidad de evitar la putrefacción y conservar el cadáver para la supervivencia postmortem, resulta un tanto oscuro dilucidar cual fue realmente el propósito religioso de estos pseudo–embalsamamientos. Quizás la intención promotora no fuese tanto de orden religioso, como más bien un fenómeno sociológico. Durante gran parte de la historia egipcia, el embalsamamiento, debido a su alto coste u otras causas (privacidad), debió de ser contemplado por la gente de los bajo testamentos sociales, como una práctica de lujo y por tanto ajena a ellos. En consecuencia, su uso tendría la consideración de alto nivel social, y si hubo gente sencilla que intentó imitarlo, bien pudo responder a la necia e ingenua actitud del síndrome del “orgullo del pobre”[16], que consiste precisamente en aparentar no serlo. También hay que tener en cuenta que las creencias y costumbres funerarias de rango social superior tendían a influir y ser imitadas por los de rango inferior: primero en el ámbito capital (ciudades reales) y mucho más tarde, con el transcurrir del tiempo y de forma expansiva, alcanzado el ámbito provincial. En los tiempos más antiguos, la nobleza tendía a imitar a la realeza, luego los estamentos intermedios a la nobleza y la plebe llana a los de rango precedente.

De hecho, no fue hasta la XXVI Dinastía cuando debió aparecer la oferta del tercer método de embalsamamiento[17] para gente de escasos medios económicos, que Heródoto describió en su obra “Historias” durante la siguiente dinastía. Ahora tenían la oportunidad de conseguir por un bajo coste un embalsamamiento extremadamente simple, pero auténtico (aunque de calidad fortuita y generalmente mala), ya que comprendía al menos la desecación del cadáver (el principal factor para la preservación). Su aparición seguro que no fue tanto un miramiento altruista de los embalsamadores profesionales para con los plebeyos, como – por cuestiones comerciales – una forma de ampliar el número de su clientela[18] para, aprovechando el creciente interés en el embalsamamiento por los plebeyos, incrementar los beneficios económicos de su industria de la momia, un negocio macabro y muy lucrativo. A pesar de todo, aun con el barato tercer método, se siguió practicándose el pseudo–embalsamamiento y no fue hasta el Período Ptolemaico en adelante, cuando definitivamente el embalsamamiento se universalizó entre el pueblo llano[19].

En tiempos del Reino Nuevo, la momificación había alcanzado tal relevancia que se había convertido de hecho en una institución funeraria y, además, de carácter netamente osiriaco; la momificación era conditio sine qua non para alcanzar el acto de la osirificación, es decir, la resurrección osiriaca; si los plebeyos no podían costear la momificación, ¿cómo comulgaban escatológicamente con Osiris[20]? ¿a caso no podían hacerlo? Es difícil creer esta segunda cuestión, máxime cuando en estas fechas los expertos suelen aceptar, que el culto de Osiris estaba ya generalizado y además con gran devoción por todo el país[21]. Es muy probable que el rito funerario de los plebeyos estuviera también protagonizado por Osiris, pero a través de una advocación que les fuese accesible a ellos; es decir, Osiris, no como el Osiris rey de la religión oficial, sino otra hipóstasis divina suya más próxima al pueblo llano, mayoritariamente campesino: la del Osiris agrario, que también poseía su propia y particular creencia funeraria, donde la momificación teóricamente no pintaba nada[22]: la escatología agraria.

La Escatología Agraria

De carácter universal por otra parte, es la expresión de una cultura que integra la muerte humana entre uno de los ciclos renovadores de la naturaleza, el agrario, y así encuentra la manera de alimentar de forma optimista la esperanza en una vida post mortem, a través de una serie de perpetuos retornos regeneradores, como es el ciclo agrario.

Su credo fundamental era pues la inmortalidad basada en la germinación simbólica de la resurrección. Cuando una planta, salvaje o cultivada, se seca y muere, parece contener un germen vivificante latente en su semilla, que cuando cae a la tierra o es confinada a ella y soterrada, vuelve a generar otra planta igual, pero nueva y joven, y así sucesivamente; el cadáver parece algo inerte, pero se debía creer que también contenía un germen vivificante latente, que le devolvería la vida con otro cuerpo (espiritual) nuevo y joven, el cual “brotaría” o “germinaría” de su propio cadáver, quizás antes de que se descompusiese, cuando éste, al igual que la semilla, fuese entregado a la tierra.

La semilla[23] enterrada en la tierra parece muerta, pero pronto, gracias a su poder germinativo (que es el germen vivificante latente) combinado con la fecundidad del suelo, brota a una nueva vida. Así pues, igual que la semilla es confinada a la tierra para que germine, igualmente el muerto será confinado a la tierra para que su resurrección también germine hacia una nueva vida en el “Mundo Subterráneo”.

Frases del Libro de los Muertos como “existo, existo; vivo, vivo; germino, germino” o “germino como las plantas”[24] son extractos destacados procedentes del corpus ideológico de la escatología agraria. La fecundidad y la germinación en el ámbito funerario se identifican con la resurrección. Aparentemente, no se contradirían los enterramientos en tierra desértica o estéril, pues el ritual que acarrease esta creencia, podría adaptarse con una expresión simbólica. Así, el muerto era asemejado mágicamente a la semilla y por tanto a Osiris (agrario), dios-semilla/grano.

Una creencia funeraria tan próxima a la mentalidad plebeya, mayoritariamente campesina, ¿qué existencia póstuma feliz podría visualizar y desear la modesta imaginación de los campesinos, cuando se tendía a proyectar la otra vida semejante al mundo terrenal, sino una tierra extremadamente fecunda para arar, sembrar y cosechar eternamente, sin sudores ni penurias, los prolíferos “Campos de Iaru”, en el reino subterráneo de los muertos del dios Osiris?

La Escatología Ctónica (del Dios-Padre)

Entre muchas culturas antiguas, la escatología ctónica de la Diosa-Madre hacía predicar postulados como: cuando morimos y somos entregados a la tierra (madre), regresamos al vientre materno para volver a nacer. Este postulado, no obstante, no comulgaba con la religión funeraria egipcia, pues ya Henri Frankfort apunta[25]: La mayoría de los hombres reconocen un poder en la tierra, pero lo conciben de muy diversas maneras. La << Madre Tierra >> de los griegos, de los babilonios y de muchos pueblos modernos era desconocida en Egipto, donde la tierra era un dios varón... . Eso no quiere decir que en el Antiguo Egipto no hubiese Diosas-Madre, pues las había nada menos que a montón, pero ellas parecen ser siempre de carácter celeste, no telúrico. Es decir, en Egipto no había Diosas-Madre-Tierra, sino Diosas-Madre-Cielo y Dioses-Padre-Tierra. Por tanto, la escatología ctónica de la Diosa-Madre no nos sirve[26]. Sí que tenemos en la religión funeraria egipcia la escatología ctónica, pero no en torno a la/s Diosa/s –Madre, sino en torno al/os Dios/es-Padre.

La escatología ctónica del Dios-Padre se podría materializar en el ritual funerario simplemente por inhumación. Podría existir una variante, dentro de esta última, con el uso de algunas pieles. El cadáver, a veces, se inhumaba dentro de la piel de un toro o de un mardano[27] (no obstante, el tipo de animal de estas pieles ha sido muy discutido por los egiptólogos). La posible y muy convincente interpretación funeraria sería que la piel de toro o de mardano, conectaría al difunto con el dios Agrario “X” o el dios Ctónico “X”. El toro principalmente, pero también el mardano, simbolizaban y encarnaban de forma generalizada por todo el país, unas veces el poder germinante del grano (de los dioses agrarios) y otras el poder fecundador del suelo (de los dioses ctónicos). Ya hemos dicho, que en el ámbito funerario tanto la germinación como la fecundidad / fertilidad se confunden con la resurrección / renacimiento. Así pues, el proceso tanático consistiría en propiciar por empatía las metamorfosis tauromorfa o criomorfa[28] del difunto para que éste se asemejase o reencarnase en su respectivo dios agrario o ctónico, usase y se beneficiase de sus poderes auto-regeneradores y alcanzase así la resurrección. Pero dado que, por cuestiones logísticas en plena campaña bélica, hemos descartado la posibilidad de que se tomase la molestia de usar pieles, esta teoría la descartamos. Existirían muchos dioses ctónicos egipcios, el más importante Geb que los debió llegar a polarizar a todos ellos, al menos en la religión oficial. La función funeraria del dios-tierra Geb estaría conectada precisamente con esta creencia.

No obstante, se podría comulgar igualmente con esta creencia, sin necesariamente las pieles, por simple inhumación y sin ningún complemento; claro que aquí, las susodichas metamorfosis no se activarían. ¿Qué proceso tanático se podría dar entonces? Ya sabemos que la concepción es por naturaleza patrimonio de la fémina; pero en el pensamiento religioso-mitológico, todo se sublima y hasta el Dios-Padre funciona como progenitor, sin necesariamente contribución femenina, y a veces, engendrando dentro de su propio cuerpo[29]; de igual modo que la Diosa-Madre concibe por partenogénesis. Él es capaz de autocrearse o de crear una nueva vida. Así pues, el Dios-Padre ctónico sería capaz de gestar el renacimiento del propio difunto y parirlo[30]. Y ¡atención! Lo ctónico bajo principio masculino hace siempre de padre de lo agrario y este último, lógicamente, de hijo de lo ctónico, (sea éste femenino o masculino), igual que el dios-tierra Geb es padre del dios-grano Osiris[31]; por tanto, el difunto renacería del cuerpo del Dios-Padre-Tierra también en forma agraria. Como podemos observar, lo ctónico y lo agrario están tan íntimamente interrelacionados, cual inherentes el uno al otro[32], que el inevitable sincretismo entre ambos vendría como anillo al dedo, pudiendo llegar a resultar difícil separarlos[33], y así el ritual funerario de inhumación podría conectar al difunto tanto con la escatología agraria como con la ctónica; y aun con la escatología ctónica, también existiría vinculación con la resurrección osiriaca[34].

Así pues, volviendo al tema, los soldados muertos serían tratados probablemente de distinta forma, según su titulación militar, que iría paralela a su status social. Lo más probable es que los soldados de baja graduación y sobre todo los soldados rasos, fuesen enterrados en el mismo campo de batalla o en la periferia, directamente en la tierra (aunque fuese extranjera; no quedaba otro remedio), sin ni siquiera ataúd; quizás se excavasen grandes fosas en lugar de individuales, para facilitar los enterramientos[35], como suele hacerse aun hoy en día por ahorro de esfuerzo físico. Y aun así, si tan siquiera ataúd, ni amuletos, etc. (tan importante para la parafernalia funeraria oficial), y aunque estuviesen exentos de plegarias, este tipo de enterramiento tan severamente austero (lógico por otra parte dadas las circunstancias), no dejaría de estar conectado con la más mínima creencia funeraria egipcia, con lo cual estos valientes guerreros no quedarían privados de la posibilidad de alcanzar la resurrección (al menos, la agraria)[36].

Para los oficiales superiores parece bastante admisible lo que plantea la autora, pues recibir semejantes dignatarios, tan ordinarios entierros, resultaría indigno y humillante; y se haría lo posible por trasladar sus cadáveres (siempre serían un número menor que el resto), lo suficientemente preservados para resistir en la medida de lo posible a la putrefacción durante el viaje, para recibir ya en Egipto los funerales con toda pompa y honores, dignos de un gran noble egipcio.

Y para finalizar trataremos el punto 4). Sería pecar de incompleto y dejaríamos gravemente lisiado este artículo, sino no trajésemos a colación la curiosa y llamada “tumba de los guerreros” en Deir el-Bahari (cementerio 500, tumba MMA 507), no lejos del complejo funerario de Menthuhotep II Nebhepetrā, que fue descubierta en 1923 por el equipo del Museo Metropolitano dirigido por Herbert E. Winlock.[37]

A pesar de que descubrir enterramientos colectivos no era infrecuente, sorprendió, aunque sin despertar gran interés al principio, que se recuperaran en torno a 60 cuerpos y fragmentos de dos o tres ataúdes de baja calidad. Los cadáveres, horriblemente mutilados, se hallaron entre jirones de lino esparcidos por todas partes, como resultado del saqueo destructor de ladrones de tumbas, que dejaron poco más tras de sí. Resultaron ser, nada más y nada menos, que soldados muertos en batalla y, además, de principios del Reino Medio, un enterramiento totalmente único para la arqueología egiptológica.

Exhibían heridas mortíferas: una docena de perforaciones por flecha, algunas con la punta todavía in situ[38], otras 28 causadas por hondas o proyectiles similares, o bien por las mazas utilizadas para rematar a los caídos. Seis de los cuerpos habían sido además presa de aves carroñeras (como buitres), sin duda mientras permanecieron expuestos en el campo de batalla antes de ser retirados de allí. No fueron embalsamados, sólo vendados; sin embargo, cuando fueron traídos a Tebas ya estaban momificados de una manera muy simple y efectiva: por deshidratación natural, al ser enterrados temporalmente en arena (rastro de la cual se hallaba todavía adherida a la piel)[39]. Su estado de preservación es de lo más variado; si observamos sus rostros, nos encontramos en ocasiones con una calavera, en tanto que en algún otro su conservación es extraordinariamente excelente, para no haber sido embalsamados, pudiendo contemplar perfectamente sus rasgos faciales, así como sus espantosas heridas; no obstante, estos cadáveres son los mejor conservados de todos los del Reino Medio, a pesar de la ausencia de embalsamamiento[40].

Se trata, pues, de momias naturales de arena (que recuerdan a las del Predinástico), pero las circunstancias especialmente belicosas que las rodean, no permiten poder hablar de “momificación natural intencionada”. Es más probable que tras la batalla, después de estar a la intemperie durante un tiempo aprovechado por las aves carroñeras, fueran enterrados in situ o en la periferia, en terreno arenoso, cálido y seco, y permanecieran así durante el tiempo suficiente para que la momificación natural se activase (aunque en algunos la putrefacción ya se habría iniciado parcialmente), hasta que fueran desenterrados[41] y trasladados a Tebas para ser reenterrados definitivamente.

La conclusión de Winlock fue que estos hombres eran soldados al servicio de Menthuhotep II Nebhepetrā, cuarto rey de la XI Dinastía y reunificador del país tras la derrota de la casa real herakleopolitana que gobernaba en el norte, y que estos soldados probablemente habrían caído en ese conflicto; la hipótesis más reciente es que debemos bajar su cronología[42]. Desconocemos realmente la causa por la que lucharon y murieron, e incluso el lugar donde se produjo la batalla, tanto si fue dentro como fuera de Egipto, pero el hecho de que posteriormente se tomase la molestia de traerlos a Tebas y vendarlos, y se les concediese el honor de ser reenterrados[43] en el cementerio real, es un claro indicio del reconocimiento a su heroico valor en algún combate, por parte del faraón. Parece poco probable que de ser altos mandos militares hubiesen sido enterrados de forma colectiva, más típico de la gente común; por eso parece más lógico pensar que se tratasen de soldados más rasos que otra cosa.

En conclusión, este enterramiento nos da ya una pista bastante definitiva a cerca de qué ritual funerario se practicaba a los cadáveres de los soldados, muertos en combate, pues, si descartamos el enterramiento temporal como deliberado, lo que a todas luces parece más probable, y no hubiesen sido trasladados a Tebas, el ritual funerario practicado hubiese sido sencillamente la inhumación, que podría comulgar bien con la escatología agraria o con la ctónica.

Post Scriptum - Existe una remota posibilidad que me resisto a no mencionarla por enriquecer más el tema.

El Ritual funerario de Exposición

Si no era posible enterrar a los soldados muertos, sus cadáveres acabarían siendo devorados por las aves carroñeras. De hecho, desde antiguo, los buitres debieron aprovechar tanto las ocasiones que les brindaban las belicosas relaciones entre la humanidad, que debieron convertirlas prácticamente en un hábito. A raíz de esto, es posible incluso, que las concentraciones humanas en movimiento, como ejércitos listos para combatir, fuesen interpretadas por los buitres como preludio de comida y las siguiesen, esperando que tarde o temprano se produciría alguna batalla, con la subsiguiente matanza de mucha gente. De hecho, este peculiar comportamiento de seguir a los ejércitos por parte de los buitres debió durar inmutable a lo largo de la historia bélica, hasta que fue alterado por la aparición de las armas de fuego en los campos de batalla, que los hacían espantar y ahuyentar[44].

Entre los pueblos hispano-celtas y celtíberos, de marcada cultura bélica, Silio Itálico y Claudio Eliano hacen referencia a la costumbre funeraria de exponer los cadáveres al aire libre (llamado “ritual de exposición”). Cuando sus guerreros morían en combate[45], dejaban sus cuerpos in situ, en el mismo campo de batalla tal cual caían, a merced de los buitres, como un honor extraordinario, para que estas sagradas aves psicopompas, tras devorarlos, transportasen sus almas al Más Allá celeste.

En el Antiguo Egipto, no faltaban diosas-buitre[46] u otras diosas, en ocasiones, con aspecto vulturiforme[47]. El buitre, en la antigua religión egipcia, era siempre una deidad femenina, y además vinculada o encarnando el cielo; se trataban pues de Diosas-Madre-Cielo. El origen de su culto parece ser predinástico.

Por aquel tiempo, no debía ser extraño presenciar a menudo ciertas escenas llamativas, en las que se observarían en las primeras necrópolis, cadáveres desenterrados o semidesenterrados por la acción erosiva del viento del desierto – algunos de ellos momificados naturalmente – cuando éstos eran todavía inhumados directa y superficialmente en la arena.

Estas escenas, si llegaron a ser cotidianas, no pudieron pasar desapercibidas al minucioso rastreo de los buitres[48], de modo que debieron adquirir también como hábito rondar estos cementerios predinásticos a la espera de alguna oportunidad para alimentarse. La observación horrorosa del comportamiento necrófago de estas aves carroñeras debió acabar interpretándose desde un punto de vista escatológico – por transposición en positivo[49] – como la “madre” que, en ocasiones con aspecto vulturiforme, devoraba los cadáveres para ascenderlos en su buche al cielo, la morada de las almas (según esta creencia). La Diosa-Madre-Cielo devoraba al sol cada atardecer (metáfora de la llegada de la noche). El hecho de que más tarde en el Período Dinástico observemos que el concepto “madre”[50] fuese representado en la ya formada escritura jeroglífica directamente por el ideograma del buitre, no puede ser más que una prueba confirmante de cuan estrecho fue en el pasado Predinástico el vínculo entre el concepto “madre” y el/los buitre/s.

Cuando apareciesen las grandes y pomposas tumbas con cámaras, sarcófagos, etc. donde los buitres no podían acceder hasta los cadáveres, la creencia se vería alterada y, como los antiguos egipcios eran muy aprovechados y tendían a no desperdiciar ninguna materia religiosa, la presencia funeraria del buitre, lejos de desaparecer, no se desechó en absoluto, aun cuando su necrofagia ocasional ya no fuese posible. Quien sabe si entre ciertos sectores locales de los bajos estamentos pudo sobrevivir esa creencia durante el Dinástico, pues muchos enterramientos de esta época no debieron diferir sustancialmente de los del Predinástico.

Vemos pues, que el ritual expositorio, al estilo hipano-celta o celtíbero, no desentonaría con las tradiciones funerarias egipcias más arcaicas[51], siendo interpretado también como la Diosa-Madre-Cielo que con forma de “buitres” devoraba los cadáveres de los soldados para ascenderlos y parirlos en la morada celeste de las almas[52].

AHORA BIEN, ante una realidad científica justa, hay que decir en honor de la verdad que no existen pruebas[53] siquiera mínimas como para hacer la menor conjetura, ya que cualquier teoría en este sentido, aun como hipótesis, resultaría arriesgadamente aventurada.


[1] Habría que imaginar a algún pequeño equipo de embalsamadores de primeros auxilios, acompañando al propio ejército, que ella no menciona, pero se sobrentiende. Esta clase de equipos están verificados en otros contextos: The records of foreign expeditions list embalmers among the personnel, to mummify those who died outside Egypt; an expedition to the Wadi Hammamat under Senusret I (c. 1965 – 1920 BC) included thirty embalmers. “Death & the Afterlife in Ancient Egypt” John H. Taylor, p. 40, por lo que en el ámbito militar no sería una excepción.
[2] Definitiva.
[3] ¿Orontes?
[4] Por empatía y a través de la consecuente magia simpática se conseguía en el ámbito funerario el objetivo resurrector. Ya en los Textos de las Pirámides se cita uno de los dramas del final de Osiris: perecer ahogado al caer al Nilo, versión que posteriormente se sincretizó con otras para caminar hacia una relativa unificación narrativa. “El origen de los dioses” Christian Jacq, p. 175.
[5] = machos de la oveja, carneros. En los rebaños, los mardanos suelen ser un número muy reducido en comparación con las hembras, que constituyen la auténtica base de la ganadería ovina: dan leche, paren corderos. Los machos, en general, sólo se utilizan para la reproducción, de modo que una mínima cantidad de ellos es suficiente para aparear a todas las hembras; actualmente, en rebaños aragoneses, la proporción aproximada de una decena de mardanos para unas 300 ovejas es más que suficiente; un número excesivo de machos sería, para lo que supone la economía ganadera, contraproducente. Este control del nº de reses por sexo suele ser la política económica más adecuada y dominante de cualquier tipo de ganado en general, a menos que haya más motivos para permitir un nº mayor. En la Antigüedad, es probable que funcionase de forma análoga.
[6] El ritual funerario de arrojar los cadáveres al agua (mar, río, lago, cenote, ciénaga, arroyo), en el caso egipcio, al Nilo, parece ser muy sospechoso de que se diese. Elisa Castel dice en su libro “Egipto. Signos y símbolos de lo sagrado”, p. 112, hablando sobre el cocodrilo: En ciertas épocas incluso los cadáveres de los difuntos podían ser arrojados al Nilo, en la creencia de que esta divinidad (el dios–cocodrilo) acudiría para llevarlos al Más Allá, considerándose, por tanto, un símbolo de renacimiento. Es probable que este ritual se diese más bien a nivel local (incluso que este aspecto pudiese ser plural), que a nivel nacional, y más entre los bajos estamentos (por lo cual, es posible que esto justifique sus escasas, oscuras e indirectas huellas, y porque este tipo de ritual no deja precisamente rastro arqueológico), coexistiendo con la momificación, más practicada por la sociedad acomodada.
Independientemente de los cocodrilos, hay que tener en cuenta que el Nilo para el pensamiento religioso egipcio constituía en sí una potencial fuente de vivificación, de modo que el propio río se podría haber encargado de revivificar, de resucitar a los muertos que fuesen arrojados al seno de sus aguas. Con esta tradición funeraria debió de estar vinculada la costumbre, más propia de tiempos tardíos, de santificar a los ahogados. Por otra parte, la versión del episodio mítico, cuando Osiris se cae al Nilo y se ahoga, bien pudo ser una forma de sincretizar esta tradición funeraria y de integrarla narrativamente con el mito osiríaco.
[7] Mekhu. “Las dinastías VII-VIII y el periodo heracleopolitano en Egipto” Alicia Daneri de Rodrigo, pp. 68-69.
[8] Y sucesor en el cargo. Idem.
[9] Dignamente, según el rito egipcio.
[10] HISTORIA DEL MUNDO ANTIGUO 2. ORIENTE. Egipto: Época Tinita e Imperio Antiguo. (Editorial Akal) p. 52.
[11] Parece que en una época como el Reino Nuevo, los soldados rasos profesionales del ejército regular recibían en usufructo (al menos hasta la XIX Dinastía) como pago por su servicio, una parcela de tierra (proporcionalmente un alto oficial militar lo sería seguramente con un latifundio), normalmente situada en zonas determinadas para que se pudiesen constituir auténticos poblados coloniales militares. Esta parcela les constituía una pequeña propiedad de tierra, que les daba de qué vivir. Así que estos soldados debían poseer una posición socio-económica del nivel más alto dentro de los bajos estamentos sociales o del más bajo dentro de los estamentos intermedios. “El hombre egipcio” Sergio Donadoni y otros, p. 198.
[12] Localizar información de este tipo resulta en egiptología una desesperante odisea (al menos para mí, que llevo ya unos años, buscándola), revisando incluso libros de nivel y manejando algún idioma; y cuando das con algo, se te suministra en pequeñas dosis como con un cuentagotas.
[13] Las excepciones nunca faltan, como el caso del joven Nakht, tejedor del templo-kny funerario de Setnakht, primer faraón de la XX Dinastía, que para ser representante del sector obrero, fue pseudo-embalsamado y enterrado con un ataúd de relativa calidad en un “intrusive burial”, todo un lujo excepcional. “Mummies, Disease & Ancient Cultures” Aidan & Eve Cockburn & Theodore A. Reyman, p. 91-105.
[14] Seguramente, más del Alto Egipto y que del Bajo.
[15] Sobre la momia del joven tejedor Nakht, ya mencionada anteriomente: Although the body had been carefully wrapped in linen in the traditional manner, the amount of linen (entre el cual aparecieron algunas prendas de vestir del propio difunto) used was noticeably less than in many mummies of the period. ….The manner in which the bandages and filling pads had been arranged suggests familiarity with ritual custom and hints at a professional hand, but the poor people of Thebes may have attained a certain expertise in wrapping their dead simply from economic necessity. “ Mummies, Disease & Ancient Cultures” Aidan & Eve Cockburn & Theodore A. Reyman, p. 93.
[16] Como yo lo llamo.
[17] Técnicamente, ya existía con anterioridad.
[18] Hay que tener en cuenta, que los bajos estamentos sociales constituía el grueso mayoritario de la población, en torno al 80% en algunas épocas.
[19] Y aun así, parece que tampoco desapareció durante el periodo greco-romano.
[20] Si la creencia osiriaca era la predominante, desde luego que no sería la única; las diosas-madre, por ejemplo, también se encargaban de la resurrección de los difuntos, un culto a la fertilidad también muy allegado al pueblo llano.
[21] “Nefertiti y Akhenaton” Christian Jacq, p.97.
[22] La agraria no era precisamente de las principales creencias que constituían la escatología (“normalizada”) oficial, aunque no se hallaba ausente y elementos suyos sobrevivían sincretizados aparatosamente con la momificación (por ejemplo, el Osiris Germinante, vendado como una momia, de la tumba de Tutankhamon ).
[23] La semilla es la encarnación del dios agrario, Osiris por antonomasia; había muchos dioses agrarios, el más importante Nepri, a los cuales Osiris polarizó.
[24] “Religión Egipcia” E. A. Wallis Budge , p. 142.
[25] “Reyes y Dioses. Un estudio de la religión del... ” Henri Frankfort, p. 203.
[26] No existe, pues, en el Antiguo Egipto la “escatología ctónica de la Diosa-Madre”, sino la “escatología celeste de la Diosa-Madre”.
[27] Macho de la oveja, carnero.
[28] Como los chamanes cuando usan pieles.
[29] Sobre esto ver “Papiro de Ani. El Libro Sagrado del Antiguo Egipto” Edmund Dondelinger, p. 17-20.
[30] En el “Himno Caníbal” de los Textos de las Pirámides se dice del dios solar Atum, un dios telúrico en sus orígenes, que ha, literalmente, << parido >> al rey Unas, con la idea de haberlo engendrado sin necesidad de madre. “El Egipto Faraónico. La historia en sus textos” Federico Lara Peinado, pp. 40 y 226-227.
[31] La cebada nace de << las costillas de Geb >>, y la cosecha es << lo que el Nilo hace nacer sobre la espalda de Geb >>. “Reyes y Dioses. Un estudio de la religión del ..... ” Henri Frankfort, p. 203. Recordemos que en este sistema (el agrario) Osiris se da como nacido del gran dios (de la tierra) Geb ..... Osiris está simbolizado por el grano que, después de haber sido segado, halla nueva vida al ser confinado a la tierra (a su padre Geb). “Historia del Antiguo Egipto” (Tomo 3) Jacques Pirenne, p. 568.
[32] La diferencia entre esta simbiosis radica en que en la escatología ctónica, la tierra es el protagonista agente resurrector, aun cuando a fin de cuentas la resurrección sea agraria, mientras en la escatología agraria, el agente ctónico se desplaza a un plano segundario o se elude, para dar protagonismo a la propia germinación como el auténtico agente resurrector.
[33] Más propio del estudio taxonómico que de una realidad escatológica.
[34] Bajo aspecto agrario, lógicamente (aunque es posible, no obstante, que la resurrección agraria no fuese siempre tal en todas las variantes que llegase a dar de sí la escatología ctónica egipcia, sin poder especificar más al respecto).
[35] En este sentido, sería interesante que la arqueología compartiese su opinión, si tuviese algún dato que aportar.
[36] La resurrección en el Antiguo Egipto se podía expresar de muchas formas distintas e incluso múltiples a la vez. Ver Hombres, Ritos, Dioses. Introducción a la Historia de las religiones de Fco. Diez de Velázquez, p. 148-149.
[37] “El Antiguo Egipto. Los Grandes Descubrimientos” Nicholas Reeves, p. 167.
[38] Por la trayectoria oblicua con la que las flechas penetraron en los cuerpos, hace pensar que fueran lanzadas desde lo alto, por ejemplo, de los muros de una fortaleza.
[39] “Death & the Afterlife in Ancient Egypt” John H. Taylor, p. 83 y 41.
[40] “The Oxford history of Ancient Egypt” Ian Shaw, p. 151.
[41] Probablemente la cálida y seca arena sea un deshidratador más lento que el natrón, por lo que el tiempo que permaneciesen temporalmente enterrados por primera vez fuese superior a 35 o 40 días.
[42] “El Antiguo Egipto. Los Grandes Descubrimientos” Nicholas Reeves, p. 167.
[43] Por culpa de los ladrones, no podremos saber el ajuar que les acompañaría, seguramente al menos sus armas militares.
[44] “Los buitres ibéricos: biología y conservación” José Antonio Donázar, pág. 11-12, 1993.
[45] Lo cual era todo un orgullo para ellos.
[46] El muerto es de nuevo parido por Isis (Pyr. 1965), o por las diosas buitres, es decir, las diosas madre de Buto (Wadjit) y de Nekhen (Nekhbet) (Pyr. 478, 904, 1005, 1253). “Historia del Antiguo Egipto” (Tomo 1) Jacques Pirenne, p. 140 (nota 20). Nekhbet es la diosa-buitre del Alto Egipto. A veces la diosa-cobra Wadjit del Bajo Egipto también podía aparecer como buitre.
[47] La diosa-Cielo Nut también podía tomar la forma de un buitre.
[48] Tan minucioso como el del pensamiento religioso de los ant. egipcios.
[49] “Papiro de Ani. EL Libro Sagrado del Antiguo Egipto” Edmund Dondelinger, p. 13.
[50] << mut >> en la ant. lengua egipcia.
[51] Siempre y cuando esa creencia predinástica hubiese sobrevivido entre, quizás más bien una parte minoritaria, de la plebe más baja y la hubiesen llegado a adoptar y aplicar de forma generalizada para dar una posible solución a este caso tan particular y delicado que tratamos. Entre la plebe baja, y no entre la alta o media sociedad que practicaba – como eje de su fe funeraria – el embalsamamiento para conservar los cadáveres, lo cual incompatibilizaría totalmente con el ritual de exposición y la necrofagia de los buitres, tendente a eliminarlos y destruirlos, como para llegar a darse el más mínimo sincretismo entre ambas prácticas.
[52] = escatología celeste de la Diosa-Madre, pues.
[53] No podría ser, no obstante, de otro modo; el ritual de exposición no deja restos arqueológicos y la gente de clase baja era analfabeta como para habernos dejado fuentes epigráficas, que nos permitiesen saber de sus costumbres más desconocidas para nosotros.

(Escrito el verano de 2001)
(Revisado en Abril de 2003)
(Revisado en Julio de 2005)

 
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