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Página 1 de 9 I. Introducción
En tiempos faraónicos apenas había diferencia entre la magia y la religión; el reino de lo natural como de lo sobrenatural controlaban los acontecimientos de la vida diaria y por ende el entorno del enfermo y de la enfermedad. En el antiguo Egipto se creía que los demonios portadores de enfermedad la transmitían[1]. El hombre, desde el comienzo de los tiempos, siempre ha tenido la máxima aspiración de distanciarse de los lindes de la muerte, un deseo de vida y de salud emparejado con el eterno deseo del subconsciente de conseguir la inmortalidad, es por ello que surgió la medicina como el camino para conquistarla. Pero también para la conquista de la vida y también de la salud.
En aquellos primitivos tiempos, la religión se coaligó amistosamente con el mundo de lo tangible, de lo físico, de lo material; del mundo natural en definitiva, para conseguir aquel propósito: el curativo; por tanto, la medicina por fuerza en el mundo egipcio, permanecerá definitivamente vivida como parte indisoluble del ser y del estar del hombre[2]. Por este devenir natural muchos hombres de religión se dedicaron a la cura de las enfermedades, y de ahí que muchas de ellas se explicaran con un trasfondo mítico-religioso; y por ello, también los tratamientos estuvieron impregnados de una tintura mágico-religiosa que permanecería intocable y cuya impregnación se iría intensificando con el devenir de los tiempos[3].
La enfermedad no era un estado inevitable, el hombre aunque nacía sano y libre de la contaminación de seres extraños, mas en algún momento de su existencia sufriría los embates de aquéllos. Y además de las agresiones insalubres reconocidas, también estarían las de otras fuerzas hostiles enraizadas en el mito y la religión.
La salud es el resultado de la acción de fuerzas similares, entre el bien y el mal, protagonizadas por dioses y demonios que transitando entre la vida y la muerte jugarán con la balanza a favor de aquélla o en contra. Siempre y cuando no hubiera razones de enfermedad evidentes y explicables por medio de la razón[4]. Ante aquéllas, según el pensamiento del egipcio de la antigüedad, el hombre, tenía facultad de invocar las fuerzas demoníacas causando el infortunio en el desgraciado[5]. O bien al contrario, la de expulsar los elementos intrusos bien con encantamientos, hechizos, o con sustancias de procedencia natural. Del médico, se espera por tanto, la protección contra los agentes nocivos del mundo exterior causantes de la enfermedad como el control de los que proceden del interior del cuerpo sea ésta de origen racional o mágico. Aunque no siempre se siguiera se podría seguir la norma de: los males naturales se tratarían con los mismos procedimientos y viceversa.
Este difícil equilibrio entre la medicina mágica y la natural no siempre se mantuvo fiel a la balanza y aunque es evidente que en los textos médicos parece haber una cierta separación en los dos procederes, en la práctica no debió suceder con tanta facilidad. Tanto es así que, siendo como es el papiro de Edwin –Smith un modelo de pragmatismo, no ha quedado exento de tener su parte mágica. El papiro de Ebers por el contrario teniendo una gran parcela de remedios mágicos no está falto de cierta sistemática y racionalidad, en algunos fragmentos. También es cierto que los antecedentes cronológicos de ambos son de gran antigüedad y no es menos cierto que en las épocas tardías los conocimientos médicos discurrieron en gran medida por el mundo de la magia.
No se puede menospreciar el poder de lo religioso y de lo mágico en el alivio físico- psíquico de la enfermedad; sobre todo, pero también, cuando el saber médico y sus tratamientos ofrecen la perspectiva de una potencial curación. Es en absoluto un error menospreciar como superficial y evitable el poder de lo que actualmente se conoce como “efecto placebo”. Porque en los tiempos faraónicos la religión y la magia tenían un efecto terapéutico extraordinario que se agigantaba a medida que la confianza en los hechizos y plegarias era mayor y cuanto más la fe en el dios fuera intensa.
Es reconocible por la ciencia actual el valor de los ingredientes naturales (la mayoría de origen vegetal) que soportan la farmacopea moderna. Esta base fundamental del conocimiento científico de los fármacos en cuanto a sus aplicaciones y acciones propias, es una verdad indiscutible hoy en día, y nada tiene que ver con las influencias propias del mundo de lo irreal o de lo imaginario. Por otra parte es intangible, no hay sistema científico para cuantificar o reconocer la dimensión, la proporción de cuál es la influencia no farmacológica en la globalidad del éxito terapéutico y qué parte de ella se debería a ésta. Es indudable que el hombre como ser racional y consciente de serlo la cuestión alcanza más complejidad.
Ante esto cabría la siguiente cuestión: Qué porcentaje de éxito terapéutico conseguiría un encantamiento y qué inmediatez tendría, por poner un ejemplo, el alivio de un dolor de muelas para un egipcio de la antigüedad después de la aplicación de un analgésico acompañado de un ritual de magia en relación con el hombre moderno. Tal vez ahí resida la realidad de lo que se está estudiando.
La tradición longeva de la medicina egipcia era avalaba con el prestigio realzado que otros pueblos le otorgaron; y para mayor mérito cuando éstos importaban consigo el marchamo de la racionalidad y de las bases del conocimiento científico. Al menos de eso se vanagloriaban los clásicos y además el hombre moderno no dejó de repetirlo por doquier. A muchas deidades se acudía para prevenir o contrarrestar las fuerzas siniestras que provocaban las dolencias, algunas de ellas previsibles como las mordeduras de animales ponzoñosos. Con especiales encantamientos se conminaba a estos seres a abandonar el cuerpo doliente. Sin embargo los dioses podían tener un comportamiento ambivalente y caprichoso en cuanto que unas veces promovían el sufrimiento en el cuerpo y otras el remedio: “El que porta la esencia del mal esconde el secreto de su remedio; del hombre se espera la habilidad, la astucia o el engaño para sonsacarlo”. Otras eran especialmente y permanentemente bondadosas, con especiales poderes y con inclinación a ejercerlos contra el mal y el desamparo[6].
El conocimiento del mito que rodea a los dioses egipcios es fundamental para comprender ciertos encantamientos mágicos y amuletos, tanto como el de las drogas. El más importante de los mitos es el que implica a los dioses de la familia heliopolitana. Y la leyenda que incorporó Plutarco (“De Iside et Osiride”) sobre el mito de Osiris, Isis y el hijo de ambos Horus[7]. De Osiris se lee en los Textos de las Pirámides en la cámara sepulcral del faraón Unas (V dinastía) como era un gobernante bondadoso de los tiempos antiguos[8]. De cómo el joven Horus se preparará para vengar a su padre y reclamar los derechos al trono de Egipto. En el curso de las repetidas confrontaciones, éste, sufrirá un asalto de componente homosexual del que al final saldrá airoso gracias a la astucia e intercesión de Isis[9] (Fig 1).
 Fig. 1.- (Foto propiedad del autor). Imagen en la que Osiris vuelve a la vida para concebir por la magia a Horus, a los pies de la cama y la cabeza éste y la madre Isis lo protegen (Capilla de Ptah, Sokar, Osiris en Abidos).
Precisamente el semen de Seth servirá para remarcar el significado recurrente de lo que es ser venenoso, inoculable, y capaz de introducirse en el cuerpo y de causar la enfermedad. Esta dualidad semántica parangona el momento en el que la víctima durmiente es inseminada por un íncubo maligno. En otro momento de beligerancia Horus pierde un ojo que es mágicamente recuperado por el dios Thot; será sin duda el amuleto más poderoso de todos los amuletos protectores. Aunque el dios Seth pierde la guerra y con ella toda la posibilidad en su pretensión al trono de Egipto, seguirá honrado como dios que personifica la lucha por el mal en esa eterna disputa con el bien.
[1] Se sabe como la epilepsia, una enfermedad considerada sagrada en la antigüedad griega, aparecen algunas anécdotas históricas porque algunos personajes regios muy involucrados con Egipto la padecieron. Heródoto, cuenta que el rey persa Cambises II sufrió la enfermedad como consecuencia de un agravio a un dios. Sin embargo, aquél como los hipocráticos estaban de acuerdo en que el origen era realmente somático y natural más que a causa divina, una cuestión muy aceptada por la incipiente medicina griega para el resto de las enfermedades. La asociación entre la magia y la religión y la asociación con la medicina pervivió en el mundo grecorromano entrando por fuerza en conflictos con la Iglesia cristiana. En la Europa medieval se creía en el poder taumatúrgico de los reyes que por delegación divina curaban las escrófulas.
[2] Mohamed E. Salem, Garabed Eknoyan, 1999.
[3] Tanto es así que para las dolencias de causa desconocida o inexplicable los tratamientos estaban imbuidos en lo mágico (B. Brier, 2004).
[4] Mohamed E. Salem, Garabed Eknoyan, 1999.
[5] Nunn JF, 1996.
[6] En boca de Bardinet (1995, pie de nota 1, p. 41) Sauneron dice hablando de esta cuestión: “Es uno de los aspectos de la mentalidad egipcia: no hay divinidad especialmente buena o mala…”
[7] Nunn 1996: “Las virtudes que lo adornaban encendieron los celos de su hermano Seth quien lo descuartizó arrojando los restos al Nilo. Su esposa y hermana Isis que acumuló la fama de ser más inteligente que un millón de dioses asumió la devoción de la búsqueda incansable de los fragmentos de su hermano muerto. Por medio de su habilidad de maga los reúne de nuevo y lo capacita para mantener con ella una relación sexual adoptando la forma de un ave. Del producto de la concepción nace el niño Horus. Osiris se convierte en gobernante del Más Allá envuelto en vendaje de lino con el flagelo y el cayado, atributos de la realeza. Isis que adopta el papel de madre amantísima y protectora gracias a su habilidad mágica, de su hijo, resguardándole del acecho de su hermanastro Seth. Será el prototipo en el que se mirarán en el futuro todas las madres. Horus significará el triunfo contra las alimañas malignas bajo el concepto de “Horus el Salvador” como así se le representa en las estelas-cipo, sujetándolas, de supuesta capacidad curativa. La famosa estela Metternich compendia toda una colección de mitos y variantes del mismo en torno al tema”.
[8] Nunn, 1996.
[9] Según se cuenta en el papiro de Chester-Beatty nº 1 (Bardinet, p. 43, 1995).
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