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Un árbol sin tronco Imprimir E-Mail
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Escrito por Susana Alegre García   
Publicado el jueves, 08 de noviembre de 2007
Modificado el jueves, 08 de noviembre de 2007

La egiptología en nuestro país es como un árbol sin tronco. Ciertamente tiene algunas raíces, luce algunas sólidas ramas y llega a tener espectaculares frutos. En este peculiar árbol también hay ramas más débiles y menos exuberantes, algunas son recién nacidas y otras parecen ya anquilosadas y envejecidas. Y como de todo tiene que haber, como posiblemente en todas partes, incluso seguramente no falten tampoco frutas poco lustrosas, flores poco atractivas y hasta hojas caídas.

En este árbol de la egiptología española hay misiones arqueológicas; hay entidades que se dedican al estudio e investigación de Egipto; hay museos y exposiciones; hay coleccionistas y colecciones; hay publicaciones; hay traducciones de obras extranjeras; hay cursos y cursillistas; hay estudiantes y doctores; hay maestrazgos y diplomas; hay bibliotequitas y libreros; hay autodidactas; hay congresos ibéricos; hay viajeros; hay cátedra y cátedras; hay egiptólogos y egiptófilos; hay científicos y esotéricos; hay animadversiones y enfrentamientos; hay profesores; hay desaprendedores; hay páginas webs; hay blogs… Aparentemente no nos falta de nada, pero desde luego eso es una absoluta falacia o quizá autoengaño.

Parece que las tupidas ramas, con sus frutos, sus hojas y sus flores, desde hace tiempo nos han hecho olvidar que ningún árbol es saludable sin la existencia de un tronco. No podemos olvidar que en los bosques no hay árboles sin tronco y que los árboles sin tronco, sencillamente, son artificiosos, metafóricos y no existen. No podemos olvidar, aunque nos resulte incompresible o doloroso, que seguimos sin tener a la egiptología en una posición regularizada, lo que significa, entre otras cosas, que no es reconocida como disciplina en sentido estricto.

La egiptología aquí no es título universitario, pocos sitios deben quedar con esta peculiaridad. Y ni siquiera se imparte en las universidades salvo en asignaturas aisladas y en ciertos programas de doctorado o másters. No existe el flujo de savia necesario que desde la institucionalización permita el amplio y normal desarrollo de esta ciencia de lo antiguo, aquí convertida para asombro de todos en un árbol sin tronco.

Lo cierto es que las ramas se han hecho tan grandes, las hojas tan frondosas y los frutos tan sugestivos, que parece que nos hemos conformado con acomodarnos a la sombra de su levitante copa. En realidad, cada rama, hoja y fruto se ha reconcentrado en cuidarse, alimentare y vigorizarse de forma aislada. Y ciertamente esa es una tarea ardua, agotadora y profundamente admirable.

Pero aunque resulte un aparente contrasentido, a medida que pasan los años y las ramas crecen y fructifican, parece que se va perdiendo progresivamente más y más la perspectiva general, el conjunto del árbol, convertido ya para todos en algo ajeno y demasiado complejo para ser afrontado. Ciertamente una pequeña hoja o fruto o rama, de forma aislada, no puede construir un tronco. Y hasta es posible que ni siquiera quiera construirlo, o que no lo considere necesario, o que no tenga tiempo o fuerzas, o que ni siquiera se sienta con la responsabilidad de hacerlo. De todo hay, quizá como en todas partes.

Hay quienes aún tienen esperanza en que las circunstancias cambien, hay quienes la han perdido. Hay quienes se han acomodado a la situación y el cambio les perjudicaría. Hay quienes se encojen de hombros y se agarran a su rama sin pensar en nada más. Hay quienes dejaron de pensar en el trono, si alguna vez se dieron cuenta de su inexistencia. Hay quienes se aprovechan de las ramas y de las flores, pero sin mirar jamás hacia abajo. Hay quienes lucharon y luchan por cambiar las cosas… ¿los hay?. Sinceramente, así lo espero.

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