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No hay turista en Egipto que no se haya dado una vuelta en faluca por el Nilo. La placidez de esas aguas milenarias, en la contemplación de los barcos arrullándose a los pies del Jardín Botánico y con la isla Elefantina al fondo, ofrecen un paseo excepcionalmente relajante.
Hay que decir que en el Nilo navegan de manera estable cerca de 400 barcos dedicados al turismo, que son objeto de deseo para una nutrida colonia de nativos que diariamente intenta ganarse la vida de manera honrada. Por ejemplo, mientras estamos parados esperando turno para pasar la esclusa del Esna (espera que en determinadas épocas del año puede llegar a demorarse hasta seis horas), se organiza un curioso mercadillo acuático sin que medie contacto físico alguno entre vendedores y compradores.
La cosa es así: a los barcos se acercan comerciantes en botes y, a pie de barco, ofrecen a gritos sus mercancías a los turistas y potenciales compradores. En respuesta, desde la cubierta se les hace saber lo que uno desea o no desea, y a partir de ahí el vendedor empieza a proyectar la mercancía solicitada por «vía aérea» con extraordinaria precisión. Como la costumbre es que durante una de las veladas en el barco se celebre una fiesta de disfraces donde los pasajeros se visten de árabes, este curioso mercadillo suele ser la ocasión de adquirir turbantes, chilabas y babuchas. De forma que entre gritos de «amigo-amigo», «bonito-bonito», «barato-barato», o «me queda grande», «otro color», «¿cuánto vale?», se nos pasa la espera viendo volar las prendas de abajo a arriba, y el dinero de arriba abajo.
También se acercan a las diversas falucas preñadas de turistas que flotan en el Nilo chavales a bordo de unas minúsculas barquitas artesanales, de apenas 1,5 por 0,5 m., impulsadas con unas tablas que a modo de remos portan en sus manos (en la foto). Una vez que alcanzan la faluca nos preguntan por la nacionalidad, y según cuál sea la respuesta entonan una canción del repertorio más tópico. Así, cantan a los españoles Macarena, a los franceses Frère Jacques, a los italianos Volare, a los suecos algo de Abba, etc. De ese modo se ganan unas monedas. Ya al atardecer, tras una larga jornada de navegación y canto, los chicos se echan la barquichuela al hombro y se vuelven para casa con lo recaudado. ¡La necesidad aguza el ingenio!
Pero no todo es comercio en estas aguas, pues también vemos pasar el barco-hospital que recorre las orillas del Nilo dando asistencia médica a la gente de los poblados. Lo cual es asimismo una forma de ganarse la vida propia... asegurando la vida ajena.
Fuente: Diario Vasco
http://www.diariovasco.com/20080721/gente/ganarse-vida-nilo
-20080721.html
Reseña: Roberto Cerracin
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