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Por su lado, el viajero parisino Jean de Thévenot descubrió el Medio Oriente para sus pares a través de los grabados de su obra “Viaje por el Levante”, que fuera impresa en 1644. Entre los precursores del interés por Egipto no puede dejar de mencionarse al cónsul general de Francia en ese país, Benoit de Mallet, quien ostenta el dudoso honor de iniciar la serie de diplomáticos que, durante el siglo XIX, se encargaron de despojar al país de sus tesoros artísticos y arqueológicos. Maillet proveyó las colecciones de los condes de Pontehartrain y de Caylus. El grueso de la última, hoy en día, constituye parte del Gabinete de Medallas de la Biblioteca Nacional de París. Adelantándose a muchos de los depredadores europeos, Maillet pensó en trasladar a su país la “Columna de Pompeyo” que se eleva en Alejandría, y únicamente las dificultades presentadas por su traslado evitaron tamaño despropósito. Su libro, publicado en 1735, tenía un título premonitorio para la campaña que encararía Napoleón y su ejército por las dunas del desierto egipcio: “Description de l’Ëgypte”, exactamente el mismo que Bonaparte impondría a los editores de la monumental publicación de sus sabios acompañantes. Esta obra, y la que Claude Sicard, superior de la misión jesuítica en El Cairo, publicó en 1726 con el título de “Paralelo geográfico del Egipto antiguo y el Egipto moderno”, facilitaron grandemente los viajes por la región. En 1722, Sicard ya había enviado al rey Felipe el primer mapa de Egipto en el que situaba con exactitud a las ciudades de Menfis y Tebas, los grandes templos de Edfú, Elefantina, Esna, Dendera y Kom Ombos, entre otra miríada de villas y lugares históricos antiguos y modernos.
 Portada del tomo I
Fueron estos antecedentes los que le permitieron a Talleyrand, en su ominosa declaración, decir que el fin del imperio otomano en Medio Oriente y Europa – en especial en los Balcanes – estaba por producirse en lo inmediato, y que era el momento de que Francia se preparase para recoger los despojos del mismo, a fin de preservar el comercio con el Levante. También anunció que, una vez que Egipto fuera anexado a la República, debía mandarse una misión desde Suez con destino a la India, que debía unir fuerzas con Tipoo-Sahib, el sultán de Misore que expulsó a los ingleses en 1784, amenazando a los británicos en uno de sus lugares más importantes. Finalmente, subrayó que como Austria, Prusia y Rusia estaban muy ocupados fagocitándose a Polonia, nadie protestaría por tal movida política. Pese a las primeras objeciones del Directorio, tan desquiciada propuesta fue aceptada, aunque se le exigió a Talleyrand que, previamente a efectuarse la conquista de Egipto, debía viajar a la Sublime Puerta para explicarle al sultán turco que dicha ocupación no debía verse como un “acto de guerra” en su contra, sino que la provincia otomana serviría de base para agredir a Inglaterra en la India; debía ganarse el favor del gobernante musulmán aduciendo que, de paso, le resolverían el problema de los Mamelucos, quienes gobernaban allí en su nombre, pero, en realidad, no le tomaban en consideración. Esta misión preliminar nunca se realizó, aunque el Directorio no dudó en seguir adelante con el proyecto, y. aunque se dijo que el plan entusiasmó al propio Napoleón, su hermano Joseph, en “Memorias de Fouché” comenta que el general dudó mucho antes de aceptar la idea, considerándola una trampa del Directorio para desembarazarse de él. Y no se equivocaba tanto; era obvio el interés que tenía el Directorio por enviar al general más popular de Francia a “una vaga y misteriosa región poblada de salvajes, demonios, serpientes mágicas, pigmeos y bestias monstruosas”, de la que, sin duda, no retornaría vivo.
 La Batalla de las Pirámides
No entraremos en detalle en las andanzas militares de la “Expedición a Egipto”, iniciada el 19 de mayo de 1798, con la partida desde el puerto de Toulon, y concluida el 22 de agosto de 1799, con el apresurado retorno de Bonaparte a Francia y el abandono de su ejército, en manos del general Kléber, a su propia suerte en Egipto. Nuestra atención se focaliza ahora en las consecuencias que trajo consigo esta aventura delirante y colonialista para el país africano y para los orígenes de la Egiptología europea.
Todos sabemos que el ejército napoleónico fue acompañado por un nutrido grupo de savants que incluía, entre otros, a veintiún matemáticos, diecisiete ingenieros civiles, tres astrónomos, trece naturalistas, ocho dibujantes, diez literatos,… pintores, poetas, la lista es interminable. Si, como se dice, fueron Napoleón y su esposa, Josefina de Beauhharnais, quienes propusieron los nombres, sin duda alguna, no hubo uno que fuera dejado fuera de la lista. De entre la enumeración de personalidades, destaca la de Vivant Denon, quien fue sugerido por Josefina. Denon era un excelso artista y un consumado dibujante y grabador. Desde su desembarco en Alejandría, el 1° de agosto de 1798, fue con el cuerpo expedicionario del general Desaix en su misión de perseguir por el Alto Egipto al bey mameluco Murad. En el interín, e incluso mientras las balas silbaban a su alrededor, Vivant registraba y dibujaba cuanto monumento se le pusiera a tiro. Sus croquis se volvieron, proceso del grabado mediante, las láminas que acompañarían su libro “Voyage dans la Basse et la Haute Égypte”, editado en París en 1802 – el mismo año en que se leía el texto griego de la Piedra de Rosetta -, el cual conoció un inmenso e instantáneo éxito sin parangones.
Se contaron cuarenta ediciones sucesivas y se tradujo al alemán y al inglés casi al instante. En Francia misma, fue un auténtico “best seller” entre los intelectuales y la élite gobernante. A su vuelta de Egipto, Napoleón reconoció las excepcionales dotes de Vivant, y le nombró Director General de Museos y lo puso al frente del recientemente fundado Museo Napoleón Bonaparte, el actual Museo del Louvre. Fue gracias a su obra que Europa conoció en toda su dimensión la antigüedad, la riqueza y la belleza de las construcciones egipcias, y fue también la que dio origen a la Egiptomanía en el Viejo Continente, como una epidemia que invadió, en cuerpo y espíritu, a estudiosos y cazadores de tesoros por igual. El libro de Denon se vio ampliado por la casi inmediata edición de “Description de l’Égypte”, o “Recopilación de las observaciones hechas en Egipto durante la Expedición del ejército francés, publicadas por orden de S. M., el emperador Napoleón”, aparecida en nueve tomos de texto y once de láminas, en tamaño “folio imperial”, entre 1809 y 1822, y cuya realización estuvo a cargo de la “Comisión de Ciencias y Artes del Ejército de Oriente”.
 Napoleón visitando Guiza. Maurice Orange (1867-1916)
Estas publicaciones de Denon y la Comisión causaron verdadera sensación en toda Europa, y Egipto, y en menos de lo que canta un gallo, se convirtió en el centro del interés del mundo civilizado. Cientos de personas, de todo origen y cultura, ya por ilustración, ya por curiosidad, estudio o sed de aventuras, deseaban ver in situ las maravillas que esas obras les comentaban e ilustraban. El ascenso de Bonaparte, primero a “cónsul” y luego a “emperador”, se tradujo en la arquitectura, el mobiliario y la orfebrería francesa, áreas en las que esta pasión arrolladora por el antiguo Egipto se convirtió en el estilo “retour a l’Égypte”, que, luego, se esparciría a todo el continente y las islas británicas, llevando a la Egiptomanía a un paroxismo solamente emulado por el hallazgo de la tumba de Tutanjamon, en 1922. El literal redescubrimiento del antiguo Egipto llevó a los europeos a una gran fascinación por el Medio Oriente, y el “viaje a Oriente” se volvió una constante en la producción literaria y artística en general.
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