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Página 1 de 3 Duplica los panes que debes dar a tu madre.
Llévala como te ha llevado.
Ha cargado muchas veces contigo,
Y no te ha dejado en el suelo.
Luego que te dio a luz tras tus meses,
Ha ofrecido su pecho a tu boca durante tres años, con paciencia
Te ha llevado a la escuela,
Y mientras te enseñaban a escribir,
Ella se sostenía durante tu ausencia, cada día, con el pan y la cerveza de su casa.
Ahora que estás en la flor de la edad, que has tomado mujer y que estás bien
establecido en tu casa, dirige los ojos a cómo se te dio a luz, a cómo fuiste
amamantado, como a obra de tu madre.
¡Qué no tenga que vituperarte,
ni levantar las manos a Dios!
¡Y qué Dios no tenga que oír su queja!
Máximas de Ani (Imperio Nuevo)
El calor del día va mitigando su fuerza y la luz se desvanece lánguidamente entre las casas del villorrio cuando los gritos de la parturienta desgarran el silencio del vecindario. Desde el pabellón del nacimiento el jadeo sofocado por el dolor espasmódico del vientre fecundo, solícitas y experimentadas comadronas intentan suavizar con sus voces sabias y quedas el dolor que marca el comienzo del parto. El sudor profuso abundante y frío empapa el negro trenzado del largo cabello, y baja en abundantes y en finos regueros hasta la base del cuello dejando una pista transparente en la piel.
Los exorcismos y los amuletos profilácticos rodean y afianzan la potencia del entorno mágico de la mujer con la firme esperanza de que los malignos espíritus retornen los pasos hacia su lugar de origen. Los gemidos se interrumpen o se inician, se vigorizan o se debilitan al ritmo de las contracciones; las voces cálidas de las mujeres, las manos de ellas que la ungen de bálsamos y aceites untuosos de cualidades prodigiosas que empapan los músculos implicados, suavizan el duro trabajo de expulsión del nuevo ser.

El momento culminante llega cuando el dolor de la madre alcanza su máxima intensidad y cuando el llanto agudo, hálito vital y mágico que sale de sus entrañas anuncia enérgicamente su presencia. Es cómo si fuera la llamada al desafío a la vida; el anuncio del reto con el que se enfrenta a la dura lucha por la supervivencia.
Una vez más las preces y los amuletos de protección han funcionado. ¡Oh divinas protectoras Mesjenet y Shai o divinas hadas que marcáis el destino de los niños!.
La madre agobiada y agarrotada por el dolor pero satisfecha por la dulzura del momento, recoge de las manos de las mujeres al liviano ser todavía abotargado, todavía caliente y húmedo que es su hijo. La superación del miedo ancestral instigado por la experiencia trágica de la muerte durante el parto, se ha disipado y más aún, cuando los signos físicos del niño y los buenos augurios, superan con creces los exámenes y las consultas médicas de los expertos abrigando la esperanza de una larga y saludable vida.
Por fin, la madre con su primer retoño en el regazo, con el rostro de él contra el rostro de ella, en entrañable aposición, le impondrá el nombre secreto: el nombre de la madre, algo tan importante que quedará como un estigma imborrable como una parte constituyente y capital de su personalidad humana y que ya nunca debería abandonarle. Es sin duda el primer lazo maternofilial que se establece entre el neonato y la madre después de abandonar la vida intraútero.
Ella, dichosa y consciente ante la perspectiva del ascenso en la consideración familiar y social, sabedora de que el esposo la mirará con ojos amorosos y de agradecimiento, y éste, sabedor del nacimiento de un hijo varón quien sostendrá algún día la memoria de su padre, espera impaciente alejado de la tienda del parto.
Las comadronas solícitas alaban la entereza y gallardía de la recién parida y su exitoso esfuerzo mientras continúan con el aseo. Y ya la incorporan del soporte mágico: de los ladrillos, símbolos de la diosa del parto Mesjenet que otrora sostuvieran a su madre y a la madre de su madre, generación tras generación.
Ya ha comido el pan del nacimiento que ella ha fabricado según la tradición. Y han pasado los catorce días de purificación establecidos por la ley. Y del apéndice carnoso del pezón materno y de la vecindad pigmentada de su areola, de entre el ambiente cálido y protector de la madre, emana el rico calostro el líquido precioso que presagia el comienzo de una excelente tetada y de una leche pródiga en nutrientes de dulce sabor. El lactante animado por el rico néctar succiona con glotonería hasta con cierta avidez, que sólo sacia cuando el líquido caliente rellena su estómago y el cansancio se apodera de los carrillos.

Con el tiempo la leche será más espesa, grasa, untuosa, y él se convertirá en un experto succionador y conocedor de la geografía anatómica de la madre que todavía vislumbra brumosa pero que con el tiempo se hará nítida y precisa.
Pero ahora, en este instante, el pequeño de pocos días es a duras penas conocedor de un estrecho universo de sensaciones casi primarias e instintivas que obligadamente le vinculan con su madre. En este momento, él ya ha olvidado el dolor del nacimiento en cambio ella lo recuerda cada vez que los labios de su hijo la succionan cómo si un cordón de dolor uniera el vientre y el pecho.
Desde arriba la madre sonríe con dulzura y el lactante le devuelve la mirada con complicidad e interés. Gozosa o molesta, generosa o sufrida, pero siempre pacientemente, coloca una y otra vez la boca del niño en el pezón, porque o bien la precipitación o porque el aprendizaje de aquél todavía es incipiente, el acoplamiento de ambos se interrumpe con incómoda frecuencia.
El jadeo del niño, el sudor de ambos, el gracioso aleteo de la nariz, el chasquido de la lengua contra el velo del paladar, los movimientos compulsivos de los labios en círculo que se aceleran en ráfagas ansiosas. Y el niño persiste en su provechosa y dulce tarea ignorante de que la maceración de su lenguecilla, la saliva y la leche, provocará en la glándula mamaria de la madre, en algún momento, un infinito escozor rebelde y recurrente, que se traducirá en malvadas grietas que surcarán de no ponerse remedio, el seno materno.
El hartazgo hace su aparición finalmente. Instantes antes, la madre ya advirtiera con el gesto el cuidado de que el lactante no ocluyera con su minúscula nariz la entrada de aire ante la a veces amenazante proximidad del pecho.
La voz susurrante, melódica y maternal, induce a ambos a un efecto hipnótico y, finalmente ambos, se entregan como un único organismo a un sueño reparador y reconfortante.
Esta descripción maternofilial me suscita el recuerdo de escenas antiquísimas gravadas en la memoria de los hombres antiguos. Compendia el significado biológico -antropológico- y lo transciende hasta el mundo de las emociones y de los afectos que surgen desde las más profundas raíces de la Humanidad. Es algo más que el nexo o la dependencia biológica del hombre con su madre.
Una vez que el desgarro carnal se ha roto entre los dos se producirá otra nueva relación, en otra dimensión, otro tipo de contacto también íntimo: la lactancia; pero no sólo hay que ver en ella únicamente el mantenimiento o la continuidad de la promisión de alimentos imprescindibles para el niño. Hay algo más profundo e inmensurable físicamente; es claramente el punto de partida de la dependencia psicológica, afectiva al principio, ciertamente, pero es también el inicio hacia un desarrollo pleno para la madurez de la personalidad del ser humano en su totalidad. Porque en definitiva, con el parto comienza la separación de dos Universos que se van distanciando paulatina e inexorablemente, y de aquella afinidad o cohabitación biológica de ambos en el útero materno, quedará un cúmulo de sentimientos que se percibirán definitivamente en el futuro. ¿Se puede encontrar una afinidad más estrecha en la Naturaleza?.

Y ya que un mundo extraño y nuevo se cierne sobre él, benévolo y pérfido a la vez, estas primeras experiencias marcarán definitivamente el viaje vital del ser humano. Más allá de la sección del cordón umbilical, sin la dependencia placentaria, es cuando se fragua el primer capítulo del drama humano en la definición del ser. Y cuando el niño egipcio concluya el destete después de tres años, un nuevo paso surgirá hacia su próxima independencia, y él empezará a estar preparado para que con confianza y seguridad un día decida proseguir su propia andadura. Es un rasgo común extrapolable a toda la humanidad.
- Probablemente no dejará de añorar entre las brumas del inconsciente la unión con la madre perdida -.
Tan alta y estimada era la consideración de la figura de la madre para el hombre egipcio o tal vez sería más exacto afirmar de la propia mujer - que no se ha encontrado deferencia más alta en toda la historia humana hasta nuestros días - que bien merece el esfuerzo de reunir en este espacio el significado biológico, cultural, y la simbología religiosa inclusive, o si se quiere y por añadidura aún más, en el sentido más amplio y más antropológico del término. Este es mi discreto homenaje a la mujer en general y a la madre en particular.
La leche materna aportaba el alimento básico y el líquido del niño en condiciones de esterilidad natural. Las madres egipcias eran muy conscientes de ello por su experiencia, considerando que sus conocimientos de puericultura no tenían parangón con los actuales; aún así, nos es muy dificultoso hallar esqueletos infantiles con lesiones de raquitismo, lo que manifiesta que la dieta infantil era bien equilibrada. Es bien conocido y lo era entonces, porque hay fuertes evidencias, de que en condiciones favorables la crianza prolongada puede dar lugar a intervalos entre partos de tres o cuatro o más años, y ello con un grado de fiabilidad comparable al que poseen los modernos anticonceptivos químicos y mecánicos. (Short, 1.984)
Era muy frecuente, y el arte egipcio nos lo enseña con relativa frecuencia, ver a la mujer ofreciendo su pecho al niño sin que hubiera falsos remilgos, era un gesto en el que el pudor se pasaba por alto. La imagen de la mujer sentada sobre los talones o en actitud genuflexa, o sobre un taburete, cuajó por fuerza de la costumbre en el símbolo de la fertilidad por antonomasia, y por añadidura en emblema o galardón de la maternidad más fecunda. Por esta razón el arte egipcio la adoptó de forma permanente en sus representaciones iconográficas.
Los papiros médicos exigentes con la importancia de la calidad y cantidad de la leche materna como fuente de vida no se cansan de pregonar estas características.
Al respecto de la calidad dice el papiro de Ebers:
Examen de una leche mala: tú deberás examinar su olor semejante a la peste del pescado. (Eb 788, 97, 17-18
Examen de una leche buena: su olor es semejante al de la harina de algarroba. (Eb 796; 94, 8-10).
O la cantidad:
Para hacer subir la leche de una nodriza que amamanta a un niño: espina dorsal de la Perca Nilótica. A cocer con aceite. Se untará su espalda. (Eb 836)
El pequeño infante estaba permanentemente al lado de la madre quien con abnegación y cariño llevaba a todas partes metido en una especie de bolsa que le pendía del cuello, dejándole las manos libres en las labores del hogar y en las faenas cotidianas, y a su vez, el niño podría satisfacer su frecuente apetito con cierta despreocupación y tranquilidad por parte de ella. De esta guisa gozamos de múltiples representaciones populares; citaremos las más representativas: en la tumba gemelar de Ni-anj-Jnum y Jnum-hotep(V Dinastía- Saqqara) una madre amamanta al niño mientras cuece el pan; o aquella otra de Menna(TT 69) del Reino Nuevo o la de Mentuemhat de la XXVI Dinastía, no menos famosa igualmente; ambas imitan el mismo detalle de una madre colaborando en la recolección del fruto que cuelga del árbol mientras se ocupa de los menesteres de su maternidad.

Pero en ocasiones el niño era remiso cómo ha sucedido siempre y no aceptaba el pecho. En previsión, no cabría otra cosa que recitar la fórmula mágica que se esboza en el Ramesseum III B, 10-11:
Horus engullirá y Seth masticará(...)
Otras de las preocupaciones eran que no se produjeran gastroenteritis que provocaban grandes bajas entre la población infantil. Interés que por su conocimiento nos causa asombro hoy en día. El "National Institute of Child Health and Human Development de Bethesda", Maryland-USA, observó en un estudio reciente desarrollado en el entorno rural de Egipto, que la iniciación precoz de la lactancia se asociaba a una reducción importante de diarreas durante los seis primeros meses de la vida del niño y por ende de la mortalidad infantil. Posiblemente a causa de los efectos protectores y promotores de la inmunidad de las primeras secreciones del pecho materno.
Es curioso encontrar figuras-recipientes que provistas de poderes mágicos fomentaban ciertamente, según su creencia, la producción de leche en momentos en los que su cantidad fuera escasa, o para que de forma profiláctica su producción no decayera o también para conceder al precioso líquido poderes mágicos.
Tenemos célebres ejemplos en el propio Museo del Louvre de una vasija de terracota vidriada - AF. 1660 -, entre otras, representando a imágenes de mujeres amamantando que nos parecen recordar la archisabida frase repetida hasta el cansancio: leche de mujer que ha parido un hijo varón.
¡Es una frase que encontraremos repetida tantas veces en los viejos tratamientos médicos egipcios!.
Para su ilustración detengámonos en este viejo encantamiento - uno más entre tantos - para curar unas quemaduras, un ejemplo entre muchos donde se habla de las cuantiosas aplicaciones y el protagonismo que la leche de una mujer de reciente parto, sobretodo si siendo su hijo varón, tenía en remedios cada cual más curioso:
(Diálogo entre un mensajero y la diosa Isis)
- ¡Tu hijo Horus ha sido quemado en el desierto!
- ¿hay agua(allá abajo)
- No hay agua(allá abajo)
- (Pero) hay agua en mi boca así como un Nilo entre mis piernas.
- Yo apagaré el fuego.
Palabras para decir sobre la leche de una mujer que haya echado al mundo a un hijo varón, goma, pelos de gata(*). (Esto) será colocado sobre el lugar quemado.
(Ebers 499 y Londres 47)
(*) O de un carnero según la versión del papiro de Ebers
No debemos olvidar que la leche materna contiene una gran cantidad de componentes hormonales, algunos de ellos muy similares en su estructura química a los utilizados en la moderna cosmetología.
Hallamos otras figuras de similares características en el Rijksmuseum Van Oudheden(Leyde) de diosas como Tueris, implicadas por el mito en el amparo o patrocinio de la maternidad. Una de las figuritas de esta diosa tenía en sus mamas un pequeño tapón-pezón que impediría merced a la magia simpática la detención de la producción de leche -auténtica "agua de vida"- Se comenta que dentro de ella se acostumbraba a guardar un pedazo de vestido de la mujer embarazada cuando se sospechaba un parto difícil.

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