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Mito, magia, observación y experiencia: los fundamentos de la enfermedad en el Antiguo Egipto Imprimir E-Mail
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Sección de Medicina
Escrito por Manuel Juaneda Magdalena   
Publicado el miércoles, 20 de marzo de 2002
Modificado el sábado, 30 de septiembre de 2006
Índice del Artículo
Mito, magia, observación y experiencia: los fundamentos de la enfermedad en el Antiguo Egipto
Página 02 - Continuación del Artículo
Página 03 - Bibliografía

"He hecho cuatro cosas perfectas
en el interior de la puerta del horizonte.
He creado los cuatro vientos,
para que el mundo pueda respirar en su entorno.
Eso es una de ellas.
He creado la gran inundación,
Para que tanto el pobre como el rico se apodere de ella.
Eso es una de ellas.

He creado a todo el mundo igual a sus semejantes
Y no he ordenado que cometieran injusticia.
Pero sus corazones han violado lo que yo ordené.
Eso es una de ellas.

He hecho que sus corazones no olviden
El Oeste para que les sean hechos sacrificios a los dioses de los nomos".

(CT VII 462d-464f) (1)

"En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios"

(Ev de San Juan)(2)

La noche inmemorial llenaba el espacio inexistente sin que conciencia alguna mostrara su extrañeza por semejante paradoja. La conciencia del Ser latente en el seno de las aguas habitaba en infinitas partículas: elementos participantes y constituyentes de un universo en ciernes. El silencio de las aguas primigenias, quietas, sin ondas, sin la influencia del viento, sin la gravitación de los astros, albergaba en paz mudas y celosas el secreto de la Creación que sólo ellas sospechaban.

El tiempo aún no había iniciado el instante cero de su cuenta al infinito porque todavía era un concepto extraño y ajeno, sin esbozar, en el pensamiento del Organizador. Sólo el caos, sin la medida sin la temporalidad sin la regla, dinamizaba el movimiento caprichoso de las partículas primitivas, oscilantes en el mar eterno. Un baile "browniano" sólo inteligible para el Demiurgo durmiente.

Nada parecería sospechar los cambios que se gestaban en aquel mundo de aguas eternas que principiaban ahora a configurar sus enlaces de materialización por fin perdurables. Las moléculas en disolución buscan afanosamente aglutinarse hasta la protomateria, cuando un suspiro antes rehuyeran el encuentro. La ligazón es cada vez más intensa y estable, la coagulación se manifiesta - ¡ya!- en el momento en que el Hacedor vierte de su corazón la idea que deposita en la lengua, órgano de la Creación; la voz imponente sobre la noche eterna sin nombre, el verbo de la Creación. Y cuando la precipitación de las partículas se afianza ahora más fuerte, la tierra seca en su esencia se alza por fin emergente y triunfante de entre las húmedas entrañas del vientre del Nun, marcando por primera vez, el ritmo de un nuevo nacimiento a un Orden Nuevo, temporal, reiterativo, y ya por fin cíclico. Y el instante se recreará periódicamente cuando anualmente las aguas inunden las márgenes del nuevo mundo. La creación y destrucción se alternarán eternamente, incansables. Ya es hora de que la Luz se haga y que los hijos divinos de su emanación cobren conciencia.

La contemplación anual de la inundación provocaría en el ánimo del hombre egipcio el recuerdo del relato de la Cosmogonía. La destrucción de las lindes en los campos, de los sistemas de irrigación, de las albercas, introduciría en sus mentes los relatos de estas historias antiquísimas. Las leyendas sobre un mundo de agua, supondrían un retorno a aquellas umbrosas épocas donde se principiaba el balbuceo de la existencia.

Mito, magia, observación y experiencia: los fundamentos de la enfermedad en el Antiguo Egipto

La anegación de los campos y de las riberas y el descenso posterior de las aguas, que depositaban el limo fertilizante sobre las tierras recientemente liberadas. No era, no podía ser otra cosa, que la lucha eterna del mito de la creación y su victoria sobre el desorden y la anarquía. El hombre sobreponiéndose con el genio, el gesto y la palabra habría de devolver el equilibrio según el camino que el rito de la Creación le habría enseñado, desafiando las leyes de la entropía que llevaban inexorablemente a la perturbación.

La lucha entre ambas fuerzas enfrentadas, de fertilidad y esterilidad, de creación y aniquilamiento, dramatizadas anualmente, y el triunfo de las fuerzas positivas de regeneración, promoverían un sentimiento de alerta y a la vez de sobrecogimiento religioso; pero al final, el temor por la iniquidad del amenazante caos, despertaría una actitud de prevención mantenida, secular, muy afín al pensamiento religioso del hombre egipcio. Porque él sabía sobradamente que vivía en el "filo de la navaja" entre el "Paraíso" y el perimundo acuático del que saldrían agentes demoniacos quienes lo mantenía siempre al acecho, siempre en sobresalto, en actitud cavilosa.

Así mismo, la concepción metafísica y teológica de su universo, la integración de su protagonismo como elemento estrella le hacían renegar del horror al aniquilamiento del ser, a la muerte real por cuanto significaría la caída al abismo del No-Ser, al abocamiento de lo que nunca existe(3).

El hombre engendro de la creación fruto del orden establecido por el Demiurgo, era víctima como la propia naturaleza a caer doblegado por los agentes nocivos, potencias demoniacas, residuos del caos anterior que habitando perennemente en su entorno natural, consecuentemente, romperían el inestable equilibrio, el armónico trasiego, la distribución de los humores, y del soplo vital dentro del cuerpo humano. Ésta precariedad podría ser momentánea, recuperable, o inversamente, devenir en un estado de no retorno hacia la irreversiblidad o la muerte física.

"(...)El interior del hombre tiembla como consecuencia de lo que viene de fuera"(...) (Eb 855) (4)

Deberíamos desechar la idea de que el hombre egipcio vivía en un mundo ideal, organizado sin esfuerzo. Él era consciente de su lucha día a día, continua, contra todo fenómeno conceptualmente perturbador. En los mitos reside uno de los pilares filosóficos de la enfermedad, una abstracción nada desdeñable en un pueblo de lenguaje muy práctico y definido. Gracias al Mito y a la observación durante milenios, coherentemente utilizados al servicio del entendimiento y de su sentir de la dolencia, conseguirían abordar la enfermedad con una medida y sensatez nunca conseguida hasta entonces por ningún pueblo colindante.

No menospreciemos pues el éxito intelectual adquirido. Ellos establecieron los fundamentos "fisiológicos" o "fisiopatológicos" sobre cimientos enterrados en la Cosmogonía Egipcia. Tampoco optemos por una actitud de soberbia, de falsa comprensión, de irónica sonrisa afianzada en la racionalidad de nuestro pensamiento científico, porque escribieran sobre la efervescencia de ciertas fuerzas del mal, o de una miríada de agentes díscolos y siniestros promotores de enfermedad, cabalgando sobre vientos funestos lanzados por un dios, una diosa, un muerto, o una muerta; o el mismo hechizo de un humano despechado, celoso o vengativo, o demasiado ambicioso.

Desdichadamente no disponemos ya a nuestro alcance los compendios del saber médico que el propio Clemente de Alejandría aseguró contenían las materias médicas de la época. Célebres papiros, añosas y extraordinarias reseñas tal vez un tanto inconexas y confusas copias de textos mucho más vetustos, nos han permitido vislumbrar algunas chispas del ingenio y de la sabiduría, que en su día, atrajo y deslumbró al naciente mundo griego.

En alguna época incipiente de la historia faraónica los intercambios de los conocimientos se sucederían fluidamente entre los encargados del embalsamamiento y el práctico de la medicina. El médico debió ante la tentación de romper el pacto sagrado, tácito, de no profanar el cadáver; de buscar los conocimientos anatómicos en las cavidades donde las vísceras de los animales sacrificados, les ayudarían a suplir en virtud de su semejanza con las humanas, tanta dificultad.

O tal vez, aprovecharía la experiencia aportada eventualmente por los accidentes resultantes de la vida laboral o de las acciones bélicas, o bien de los prisioneros extranjeros o, porqué no, fruto del atrevimiento de algún osado maestro, un pionero, que amparado en la clandestinidad del templo o de la Casa de la Vida, bien pudo desvelar los secretos del interior del cuerpo humano. ¿Quién sabe? Pura especulación.

Precisamente esa semejanza anatómica de las vísceras animales y humanas sumada al prejuicio descrito devino en una descripción del cuerpo humano muy "sui generis". Es fácil comprender porqué representaban las partes blandas toracoabdominales con la fisonomía animal mientras qué las referencias anatómicas externas eran morfológicamente humanas. ¿Era una necesidad religiosa de respeto a la fisonomía humana, de una mera convención gráfica o la necesidad de "guardar la ropa" y respetar el tabú sagrado, porqué de ninguna manera ni siquiera cómo justificación de la representación, se debería pintar lo sagrado y recóndito del cuerpo tal cómo es verdaderamente?.

En realidad, los desórdenes internos se explicaban por anomalías sustentadas sobre una anatomía muy simple, general y apenas bosquejada, ciertamente, pero útil y práctica. Diversos autores han discutido sin apenas hallar nexos de coincidencia, conceptos desperdigados por doquier en las fuentes papirológicas que hasta nosotros han llegado.

En el famoso papiro de Ebers se describe en el no menos conocido "Tratado del corazón", los primeros indicios de un sustrato anatómico vestigial. Indudablemente, gracias a la hábil y bien ejercitada dote de observación, el práctico egipcio, descubrió muy tempranamente a primera vista la red venosa subcutánea unas veces dilatada u otras constreñida bajo la influencia térmica. Esta red rica y ubicua, mostraría el camino hacia una teoría elaborada de los conductos ("Met o Metu"). (4)

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Los conductos surcaban abiertos y radiales conectando los orificios naturales, extremidades y periferias, simulando trayectos vasculares que remedaban de lejos un moderno sistema circulatorio con el que, eventualmente, coincidirían con la topografía moderna. Si lógicamente estas estructuras conductoras no poseyeran luz(macizas), hubiera sido harto difícil que cumplieran la necesaria función de transporte o transmisión de gases y fluidos vitales a su través. Y por tanto, de acuerdo con Bardinet(4) hemos de huir de otras teorías afianzadas en la costumbre, (Breasted, Grundriss VII, Jonckheere; Lefebvre) (5); de concebirlos como estructuras polimórficas y multifuncionales(vasos, ligamentos, músculos, etc.); imputables, con toda probabilidad, a errores de traducción o a malas interpretaciones basadas entre otras en la lectura del caso Nº 7 del papiro de Smith:

"En cuanto a la expresión la cuerda de la mandíbula está anudada, se trata de una dureza de los conductos-met que están en los dos ganchos (de la mandíbula) fijados al hueso temporal, es decir a las dos extremidades de la mandíbula..." (Smith 3, 16-18). (4)

Muchas enfermedades dominando el campo de batalla de esta red de túneles provocaban diferentes fenómenos nosológicos a cuál más curioso. Son muchas las referencias en los papiros médicos a taponamientos u obstrucciones; reducción de su número asociado a la vejez; torsión; acodamientos; rigidez. Todo provocaría innumerables malfunciones de índole diverso imposibilitando o entorpeciendo la libertad de paso del "soplo vital"- verdadero alimento para los hombres y los dioses simbolizado por el símbolo ANJ - hacia el interior del organismo en donde los líquidos atrapados en el corazón, metáfora de la inundación anual, explicaría enfermedades internas de tipo digestivo o arritmias cardiacas.

Por tanto, la metáfora de la inundación anual plasmada en la anatomía de los "metu", serviría para entender los conceptos como humedad, sequía, calor o inundación de las diferentes regiones y su "modus operandi", según el predominio de cada una de ellas sobre las demás. Algo que tendrá futuras resonancias en las teorías humorales en la medicina grecolatina y medieval.

De este modo, estas teorías darían sentido a la entrada masiva de un mal aire, viento muy frecuentemente personalizado en "la señora de las plagas", Sejmet- la que se enseñoreaba del pais de las dos riberas con su maligno aliento- que daba lugar al desplazamiento de fluidos a zonas alejadas del corazón hacia la periferia; sin humedad y sin refrigeración, el circuito se calentaría sobreviniendo un cuadro febril y fuertes estremecimientos.

Pero no se engañe el lector, porque esta ley de pugna hidrodinámica, no sólo debía seguir la obediencia de las leyes de la física, por otra parte tan carentes de conciencia maléfica. La sencillez es solo aparente pues había alguien más, unos seres(materias vivas) que alentaban estos cataclismos. Más ni la inercia ni la mecánica residían en su intención, más bien el aliento envenenado, intencional, depravado, maligno, los dotaban de capacidad consciente de hacer el mal o de turbar el cuerpo o el espíritu del hombre esclavo de la aflicción.

Entre ellos deberíamos reseñar: los "Deheret", de procedencia externa al igual que los "Ujedu" quienes proceden de los "aaa" líquidos malignos y pestilentes que a su vez se manifestarían como gusanos; pero también, se podría citar a los "Setet" a los que habría que expulsar antes que matarlos, pues su propia muerte podría ser motivo de transformación en males mayores (vermes). (4)

"Otro remedio para matar a los Ujedu y echar los líquidos aaa de un muerto o de una muerta que está en el interior del cuerpo de un hombre o de una mujer." (Eb.99)

A veces la mismísima sangre podía tener un comportamiento destructor similar a los elementos referidos, si era animada (¿contaminada?) por vientos que entrados en el interior la trasmutaban en algo maligno. (4)

"La sangre que come" (Eb. 592-602).

Y eso acontecía cuando no cumplía con su propiedad inherente de unir o ligar los elementos vitales y constructivos que estructuran el organismo.



 
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