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Página 1 de 2 Época Prehistorica y Predinástica
Lo que llamamos religión, que es un sistema complejo de creencias y ritos, constituye en todo pueblo una faceta primordial de su pensamiento y su importancia se ve más claramente en las culturas antiguas del Oriente Próximo. Egipto fue uno de los pueblos más religiosos de la historia, y la religión conforma toda su ideología. Los dioses egipcios duraron más que el estado y en un momento dado invadieron todo el mundo greco-romano, cuando el país hacía muchos años que había perdido su independencia política.
Cuando se empieza a tener noticias inteligibles de la cultura egipcia, que fue a comienzos del tercer milenio a.C., ya encontramos a la mayoría de los dioses con sus cultos. Si queremos retroceder hacia tiempos más antiguos, como la prehistoria, las costumbres funerarias de la época demuestran que los habitantes del Nilo creían en la inmortalidad del alma, y tomaban las medidas necesarias para conservar el cadáver, proporcionándole comida, muebles, y vestidos. Las necrópolis neolíticas de Merimde y una de las necrópolis de El-Omari estaban situadas entre las cabañas de los poblados y no muy lejos del límite del desierto. Se depositaba el cadáver en posición fetal, las piernas plegadas con las rodillas junto a la barbilla, descansando sobre el costado derecho en Merimde y sobre el izquierdo en El-Omari y en el Alto Egipto. La cara del difunto mira siempre hacia el poblado como si no quisiera separarse definitivamente de su familia y de su hogar. El brazo derecho plegado de tal modo que la mano toca la cabeza y un dedo penetra frecuentemente en la boca, en la posición que reproduce el signo jeroglífico que representa las ideas de hablar. o de comer y beber. Para que no lo faltara sustento, se solían depositar granos de trigo en la mano del cadáver o alrededor de su cabeza. El ajuar funerario era muy modesto: generalmente una esterilla que le servía de lecho y un tosco vaso de tierra cocida.
Las costumbres funerarias de la época neolítica, o predinástica, eran esencialmente las mismas, pero el ajuar demuestra cada vez más claramente la creencia en la inmortalidad. El cadáver sigue mirando hacia el poblado y junto a los alimentos se colocaban objetos para los afeites y útiles de trabajo. También se acostumbraba a depositar en las tumbas figurillas de mujeres, servidores y animales salvajes y domésticos que proporcionaban comida al difunto, o embarcaciones con sus tripulaciones que le servían en sus viajes.
Las sepulturas ayudan a conocer las actitudes psicológicas con las que el hombre se enfrentaba a la muerte, pero no enseñan nada acerca de la práctica religiosa cotidiana de los vivos, ni del número de la naturaleza o de los nombres de los dioses que adoraban. Para abordar estas materias se necesita recurrir a otras fuentes muy posteriores y a deducciones basadas en el conocimiento de la religión de otros pueblos primitivos. Esto lleva a la obligación de lanzar hipótesis, con la problemática que esto conlleva.
A fines del siglo pasado y principios de éste, los egiptólogos se atrevieron a esbozar varios cuadros de la religión prehistórica egipcia basados en las teorías totemista y fetichista, aplicados al estudio de los pueblos africanos. La visión fetichista de Gustave Jéquier es muy acertada.
La esencia de la religión es la renovación perpetua de la vida, la resurrección que sigue a la muerte. Los hombres encuentran una garantía de esta vida en los fenómenos que le rodean: en el cielo, la tierra o en los animales y las plantas. Una potencia sobrenatural rige todos estos fenómenos y, ofreciéndole un culto, se puede obtener su protección, beneficiarse de su poder e incluso identificarse con ella. Esta es la noción general común a todos los egipcios, el tronco del que parten todas las religiones locales. Pueblos tan primitivos no eran capaces de alcanzar una representación global de un misterio tan complejo; cada cual a su modo se contentaba con examinar una faceta de la potencia suprema. Para algunos se trataba del sol o de la bóveda celeste, para otros de la tierra o del Nilo fertilizador, para otros de la montaña occidental donde se depositaba a los muertos.
Conscientes de no ser los depositarios de la verdad religiosa integral, los diversos grupos a lo largo del Valle del Nilo o instalados en el Delta admitían que sus vecinos, que practicaban cultos diferentes, podían poseer igualmente la verdad y que combinando diversas visiones de la divinidad, se puede alcanzar un conocimiento más perfecto de lo divino. De ahí esas asociaciones de ideas que desde los tiempos más antiguos originaron familias de dioses, diferentes en cada localidad, y más tarde, en los centros urbanos, mitos complejos y diferentes sistemas cosmogónicos.
Los templos de época histórica alojan imágenes divinas dotadas de tres aspectos diferentes: seres de apariencia humana, animales y objetos; tres aspectos de la divinidad que no mantienen ninguna relación lógica los unos con los otros; son tres manifestaciones religiosas de orden diferente. Es un fenómeno esencialmente egipcio, que se da en todo el país, y no se encuentra en las religiones extranjeras. La explicación se puede buscar en el espíritu conservador de los egipcios, que conduce a una manifestación única en su género de la mentalidad religiosa. En Egipto cuando surge una nueva divinidad, en ven de eliminar a la antigua forma divina, se la respeta, se la intenta asociar a la innovación, sean cuales sean las diferencias entre las dos concepciones. Por eso, al lado de los dioses y diosas que corresponden a las ideas más evolucionadas, se encuentran vestigios de cultos arcaicos que siguen gozando de la devoción popular y del interés de los teólogos. El estudio de estas supervivencias permite, según Jéquier, la reconstrucción de las tres etapas de la religión egipcia: el fetichismo, la zoolatría y el antropomorfismo, que son todas anteriores a la época histórica, puesto que la más reciente aparece plenamente constituida en época tinita.
Fetichismo: los nómadas que recorrían el Africa Nororiental concibieron divinidades invisibles e intangibles, encarnadas en los accidentes del terreno, objetos transportables, armas o insignias diversas. La elección de estos fetiches era fortuita. A los astros también se les adoraba como la manifestación sensible de la divinidad. Cuando los nómadas se convirtieron en sedentarios, y descubrieron los rudimentos de la agricultura y de la domesticación de los animales, sintieron la necesidad de rendir un culto a los seres animados. Las bestias feroces las relacionaban con los dioses poderosos y violentos, los animales domésticos a los que mostraban interés por el hombre, los pájaros a las fuerzas celestes y astrales. La divinidad encarnada en un objeto era asexuada y eterna.
Zoolatria: la divinidad se encarna en seres vivientes y perecederos, y por lo tanto se diferencia sexualmente. Los dioses y las diosas necesitan unirse para asegurar el mantenimiento de su especie. Así se establecieron familias divinas, cosmogonías y mitologías complicadas; es el inicio del politeísmo. El culto de los animales podía adoptar tres aspectos. A veces la divinidad se encarnaba en un individuo y, cuando éste moría, se le sustituía por otro animal de la misma especie. Otras veces se admitía que el espíritu divino moraba en todos los individuos de una especie; estaba prohibido matarlos o comerlos, y cuando morían recibían sepultura honorable. El culto de los animales fue popularísimo en Egipto, como lo demuestran los gatos venerados en Bubastis y en todo el país, o la existencia de numerosos cementerios de perros, cocodrilos, halcones, ibis, e incluso peces del Nilo. También adoraban la imagen de estos animales tallada en piedra o madera. El culto de las plantas está apenas documentado en época prehistórica. En tiempos históricos se adoraban numerosas plantas: el sicomoro y el papiro de Hathor, el brezo de Osiris, la lechuga de Min, el loto de Nefertum y el famoso persea plantado en Heliópolis. Este culto fue muy popular en época ptolemaica, cuando cada nomo poseía su árbol sagrado.
Antropomorfismo: en esta época se difundieron las concepciones religiosas de las clases superiores del clero, que dieron representaciones más nobles a los dioses, sustituyendo el aspecto animal por el humano. Esta transformación tuvo lugar a lo largo del cuarto milenio a.C., durante el reinado de los reyes de Buto y de Hierakónpolis. Más tarde, en época tinita, el nuevo sistema se generalizó y las escenas grabadas en los cilindros de piedra representan frecuentemente a los dioses con sus figuras humanas. Los teólogos no intentaron eliminar las antiguas creencias, porque los dioses dotados de un cuerpo humano vivían en un mundo extra-terrestre y necesitaban un representante en el nuestro. El antiguo animal sagrado estaba designado para asumir este papel: en adelante, numerosas divinidades poseían un cuerpo humano y la cabeza del animal que les fue consagrado.
A medida que se fueron constituyendo pequeños estados (los futuros nomos) y más tarde reinos, cada uno de ellos intentó aumentar el poderío del propio dios asociándolo con los dioses vecinos. Así se formaron familias de dioses, diferentes en cada localidad, que adoptaron generalmente la forma de triadas. Los grandes centros religiosos elaboraron sistemas más complejos e incluso cosmogonías, cuyos personajes centrales eran los dioses de la región. Al inicio de los tiempos históricos la religión egipcia había adquirido ya sus principales características y no sufriría en el futuro transformaciones radicales, a excepción de la reforma monoteísta de Akhenatón.
Esta teoría tan bien documentada y sugestiva tiene la ventaja de presentar una clasificación cronológica de todos los fenómenos religiosos prehistóricos, pero se debe dudar de la exactitud de ciertos detalles e incluso de la exactitud del orden cronológico propuesto.
Ya en el período predinástico se pueden utilizar algunas fuentes históricas que aluden al remoto pasado, anterior a la invención de la escritura y a la unificación del país, pero en estos documentos la historia religiosa se confunde con la historia en general. Por lo menos se puede empezar a dar nombres a los dioses y a conocer los territorios en los que eran adorados.
La religión egipcia se construyó sobreponiendo los cultos rendidos a los dioses predinásticos en sus dominios primitivos, en los pequeños reinos independientes que se habían ido formando a orillas del Nilo y que más tarde serían los nomos del reino unificado. Es una religión eminentemente local, cada dios era en su nomo el dios supremo, anexionaba, cuando era posible, a las divinidades vecinas y se convertía en el centro de un sistema teológico. Los dioses formaron familias según el sistema de las tríadas: el dios de un nomo encuentra mujer en la diosa de una localidad vecina y un hijo en otro dios adorado en las cercanías. Otras tríadas de formación más reciente agrupaban a unidades territoriales más amplias.
La tríada típica Osiris-Isis-Horus reúne al dios de la vegetación y de la inundación con una diosa del cielo y con un dios halcón igualmente celeste. Osiris, Isis y Horus parecen ser tres dioses originarios del Delta: la introducción de dos dioses del Valle, Seth y Neftis, en la leyenda, hace pensar que esta asociación de mitos refleja el antagonismo de unidades políticas más vastas que los nomos. La rivalidad entre Osiris y Seth sería la traducción mítica de las guerras que enfrentaron a las confederaciones de nomos del Delta y del Valle durante el cuarto milenio a.C., antes de que Menes reunificara el país. El caso de los dioses cósmicos es bastante diferente. Adorados desde los tiempos más lejanos, estos dioses fueron elevados durante los intentos de unificación política al rango de divinidades nacionales y constituyeron las diversas Enéadas veneradas en las grandes ciudades de Egipto. Esto ocurrió durante el cuarto milenio a.C.
En aquellos tiempos la religión había adquirido ya sus estructuras definitivas, no solo en lo que se refiere a los dioses, sino también a los lugares en que eran adorados y a los cultos que recibían. La documentación referida a esta época es poco explícita, ya que la escritura apareció al final de este período predinástico, en torno al 3.000 a.C. Es necesario recurrir a textos posteriores que contienen vagos recuerdos de los últimos tiempos prehistóricos.
Kurt Sethe y Hermann Kees son los autores de dos reconstrucciones de la historia religiosa predinástica. Sethe basó su sistema en los datos que se pueden entresacar de los Textos de las Pirámides, compuestos según este autor en época heliopolitana. Antes de la unificación, Egipto estaba dividido en una multitud de tribus independientes, después en nomos, más tarde en federaciones de nomos, y finalmente, en dos reinos, uno situado en el Norte (Delta) y el otro en el Sur (Valle). El Delta adoraba al dios halcón Horus y el Valle adoraba al dios Seth. Las capitales de estos dos estados eran respectivamente Behedet y Ombos. Una guerra que se menciona en textos posteriores tuvo lugar entre ambos reinos, y el reino del Norte salió vencedor. Alrededor del 3.300 ó 3.200 a.C. se creó un gran reino cuya capital fue límite entre el Alto y el Bajo Egipto. Durante el predominio heliopolitano se constituyeron los sistemas teológicos y se consolidó la preeminencia de los dioses cósmicos. El clero de Heliópolis puso en la cúspide de su sistema al dios del sol, llamándolo unas veces Atum y otras Re. Por entonces aparece la divinidad Re-Horakhti, que integra al dios del sol y al halcón Horus y que se convierte en el dios tutelar de la facción vencedora. En tipos históricos se recordaba a los reyes de Heliópolis como "las almas de Helióplis".
Este reino predinástico duró poco, el Sur se reveló contra el Norte y logró recuperar la independencia, pero no todo desapareció con la división del país. Ambos reinos pertenecieron en adelante a la misma civilización y a la misma religión; el Delta y el Valle aceptaban la tutela de Horus y en tiempos históricos se hablaría del período predinástico como el de "los servidores de Horus". Los reyes del Norte se cubrían la cabeza con la corona roja, el tocado de la diosa Neith, la patrona de Sais, y de la diosa serpiente Uadjet, la patrona de Buto. Los reyes del Sur ostentaban la corona blanca, el aderezo de la diosa buitre Nekhbet, adorada en Nekheb, la ciudad gemela de Hierakónpolis, un poco al norte de Edfu. La capital del Norte estaba en Pe (Buto) y la del Sur en Nekhen (Kierakónpolis); por ello posteriormente se designaba a los reyes de este período como "las almas de Pe y de Nekhen". Hacia el año 3.000 a.C. el reino del Sur reunificó definitivamente Egipto y se instalaron en el trono los soberanos de la I Dinastía.
Época tinita
Es un hecho probado que ya durante la I Dinastía se habían construido las líneas generales del sistema religioso egipcio tal como lo encontramos durante toda su historia y que sólo sufrirá las variaciones propias de una cultura en desarrollo. Cuando se unifica el país, el dios supremo es Horus, dios del firmamento del cual el faraón es la hipóstasis en la tierra. Seth, dios de Ombos parece ser la deidad de los indígenas neolíticos, mientras que Horus sería el de los conquistadores, aunque todo ello no pase de hipótesis indemostrable.
La lucha de las divinidades será tema de mitos posteriores. A su lado había otros dioses mayores como Re, de Heliópolis, dios del sol, que en la II Dinastía se funde en un culto común con Re-Haraktes. Ptah de Menfis es probable que se remonte a la I Dinastía. Osiris, aunque menos extendido, está atestiguado ya en Epoca Tinita, lo mismo que Isis y puestos en relación con Horus. De menos extensión, pero importante ya al comienzo de la historia son: Apis de Menfis, Herishef de Heracleópolis, Hathor, Khenty-Imentyu de Abydos, Mehit de Hieracompolis, Mefdet, Min de Coptos, Nekhbet, Neith de Sais, Thot, etc. Es decir los más importantes dioses y diosas del panteón egipcio. Poco se sabe del culto, pero con los datos que se tienen se puede pensar que había templos de madera y en ellos se celebraban numerosos festivales, registrados en la Piedra de Palermo.
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