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El destino de Amennajté Imprimir E-Mail
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Sección del Rincón del Escriba - Relatos
Escrito por Manuel Juaneda Magdalena   
Publicado el lunes, 16 de febrero de 2004
Modificado el jueves, 05 de octubre de 2006
Índice del Artículo
El destino de Amennajté
Página 02 - Continuación del Artículo

El frío, la noche, la lluvia incesante y torrencial, los ruidos enervantes del tráfico urbano, los destellos hirientes de los faros sobre los ojos enrojecidos y cansados, la distorsión de los luminosos por la refracción de las gotas de agua, la ciudad extraña, el alejamiento familiar, todo, ahonda aún más la fatiga que hace poco sólo se insinuaba en una discreta jaqueca que empezaba a pulsar en las sienes.

No es un hombre acostumbrado a las maratonianas reuniones sindicales. Nunca lamentará suficientemente la hora en que aceptó el peso; la responsabilidad de tener que llevar las negociaciones cuyos contenidos largos y tediosos, tan llenos de acuerdos y desavenencias, avances y retrocesos, con largas sesiones de café y tabaco hasta altas horas de la madrugada en habitáculos humeantes y mal ventilados; acabarán si algo no lo remedia, por hundir su minada salud en la habitación de un hospital. Al fin y al cabo, una verdadera lucha contra la resistencia moral y física.

Ahora, en este momento, no deja de echar de menos, la insistencia de la esposa anhelante de atenciones, los ruidos y las carreras de los hijos en torno a su sillón exigiendo siempre su reclamo. Esboza una sonrisa nostálgica. El zumbido mecánico, pendular, del limpiaparabrisas le devuelve a la realidad. La lluvia se afianza frenéticamente en la calle sin gente. El coche viaja silencioso siguiendo el mismo camino de todos los días desde que llegó a la gran ciudad, es el mismo recorrido establecido por la costumbre de unos pocos días.

El destino de Amennajté

El deseo de conectar la radio se mitiga ante la seguridad de que en todas las emisoras sólo encontrará la misma noticia, la gran noticia de la jornada: la amenaza cercana, insólita, por cuarta vez, de una huelga general a un gobierno, al mismísimo gobierno; de no lograrse el éxito en las negociaciones que se celebrarán mañana mismo. El recuerdo de esta posibilidad le procura intranquilidad y desasosiego, consciente de su gran y principal protagonismo en la función que el destino le ha reservado.

El sindicalista observa ante el espejo de la habitación del hotel el rostro surcado por las huellas de la fatiga. La opresión de la jaqueca le pronostica una noche plena de desazón, el lagrimeo de los ojos, la náusea, la búsqueda de la penumbra lo confirman. Sabe que el mejor antídoto es el reposo de la cama pues ni siquiera el apetito ha hecho su reclamo a pesar de la hora de la noche.

Poco a poco, el cansancio vence al dolor. La boca oscura y misteriosa del sueño se abre ante él ansiosa por deglutirlo, nuestro hombre cae lentamente, lentamente, muy lentamente, en una infinita espiral descendente como cae en el otoño la hoja seca del árbol. Se dirige hasta el abismo del reino de los ensueños, donde la realidad, la fantasía, y el tiempo se confunden rigiéndose por las leyes de la Ucronía. Podría ser un viaje al futuro pero es el pasado quien lo atrae con un magnetismo tremendamente superior.

...el sendero de almagre es largo y quebrado, con altibajos; el polvo se levanta en pequeñas volutas, caprichosamente más por el movimiento de sus pies que por la brisa del atardecer. Muchas interrogantes nacen de su mente: ¿cuándo empezó el camino, quién le puso sobre él?. Es una fuerza imperiosa, una atracción que le impele a seguirlo sin discusión sin duda. Ni siquiera en su corazón surge la posibilidad del regreso ¿pero a dónde?. O de alterar el rumbo por alguien trazado.

Él, sólo, vive o cree vivir dentro de un sueño, la ensoñación de un tiempo distinto de un universo, enmarcado en una latitud establecida de antemano por el destino, tal vez fruto de su imaginación hastiada por el duro trabajo de las jornadas pasadas, apenas ya un oscuro recuerdo en la noche de su memoria. Pero hay algo fuerte, convincente en su fuero interno, que le dice que el suelo que pisa es ¡auténtico!. Es un paraje que aunque él creyó extraño ahora comienza a sentirlo como algo propio y reconocible.

Ya anochece. Desde su posición el caminante parece dominar el mundo que se extiende a su alrededor. El crepúsculo casi ejerce su autoridad sobre el Oriente donde sobre su horizonte, un gigantesco Orión pretende fecundar con su mágico falo a la diosa Sotis en vísperas de la próxima riada. Más abajo, las estrellas aun escasas rutilan tímidamente en el límite de la claridad que huye despavorida anunciando la hora de las tinieblas. En aquella altura, donde se encuentra, todo semeja lejano, distante y las vivencias del pasado son un vago recuerdo pues es llegado el momento en que ya no quedan vestigios de su identidad y de su memoria, pero tampoco le importa. ¡Solamente desea cumplir con la desconocida misión que se le ha encomendado!.

La atmósfera ardiente y seca, es asfixiante y como si el sol guardara toda su influencia para el anochecer. Abajo, muy abajo, a su izquierda en el río, las aguas viajan ganando el cauce en dirección opuesta al destino del hombre.

Las aguas se mueven a impulsos de la estación que comienza, van majestuosas, silenciosas, sólo algunas salpicaduras blancas rizadas cambian la superficie verdeazulada al capricho de los mújoles que saltan hacia ella. Los escasos navíos con las velas desplegadas surcan rumbo al septentrión arrastrados por la inercia de la corriente, y entre tanto, se cruzan con las almadías y con otros repletos de cántaros hacia las cálidas fronteras meridionales. Los saludos de la marinería salvan el espacio deseándose una venturosa navegación. Los cánticos de los bateleros alivian el esfuerzo con las jarcias.

Nuestro hombre observa distraído el extraordinario paisaje que se extiende a su vista. Hay algo familiar que lo conmueve como si hubiera estado ausente del lugar después de muchos años, como el emigrante que vuelve a la tierra natal para morir definitivamente en ella. Como la necesidad de volver a integrarse al mundo al que alguna vez perteneció desde siempre y que nunca debió dejar; "la sensación del ya vivido" se abrazaba a él con una energía apabullante que no había conocido nunca.

En el escenario oscurecido del barranco se agitan negras sombras en corro, extraño aquelarre de picos y garras, vigorosos, desmenuzan cruelmente como en un rito sanguinario las entrañas de una víctima. Los rebuznos lastimeros de los onagros resuenan y resuenan por todo el valle cuando los servidores del templo de Men-Maat-re los empujan a las cuadras.

Empieza a vislumbrar en el interior de sus recuerdos aquel accidente geográfico, los puertos, los embarcaderos, las villas, los cementerios horadados en los macizos de las colinas, los jardines de los templos, y la ciudad...

-¡Ah, la ciudad, la ciudad es tan hermosa!-

Se conmueve por la expresión del sentimiento. De los olores, de los aromas de los bosquecillos de sicomoros, de los viñedos, de los terebintos, de los palmerales, de los olíbanos traídos desde las lejanas tierras del Punt plantados en las terrazas sagradas que dan acceso hasta los templos funerarios. La perspectiva refrescante de los canales acristalados, ramales de agua plateada, de las albercas sembradas de lirios azules, de los estanques donde pulula la volatería, configurando una inextricable red ortogonal de comunicación entre los templos de ambas orillas, sus embarcaderos y la corriente principal del río. Flotillas de pequeño calado navegan dulcemente llevando personajes de alto rango, de sacerdotes funerarios, servidumbre y guardianes, buscando la salida o la entrada en el servicio del templo, o transportando artículos para el consumo del culto interno.

Sí, la ciudad, es bien hermosa pródiga en luces, de minúsculas lucecillas intermitentes, que sin embargo impiden la visión de los hombres de cientos de miles de hombres de la tierra del Nilo o de insólitas y abigarradas procedencias de origen y cultura; pero aquéllos transitan ignorantes de la existencia del hombre ensimismado que allá en la lejanía, allende del río, sobre el farallón, los imagina moviéndose por la interminable vía sagrada que enlaza los dos recintos sagrados, por la urdimbre de callejuelas estrechas que dividen las moradas y los palacios señoriales de la urbe que antes agobiante y ahora enmudecida inicia el recogimiento.

La luz del atardecer todavía permite la visión espléndida, inenarrable, del laberinto templario del Norte- "el lugar más selecto"- donde la Tríada Tebana reside en el cenit de la gloria. El lugar de encuentro y desencuentro de portales, avenidas, patios porticados de bellísimas columnas a imagen de la planta del papiro; auténtica parrilla arquitectónica de pilonos, horizontes pétreos para un sol de eternidad, gravados con vivísimos colores escenificación perpetuada de la lucha del Señor de Egipto contra el caos y el desorden.

El destino de Amennajté

De los estandartes enhiestos cuelgan las enseñas templarias apenas desplegadas. El viejo sol se esfuerza por inflamar las cimas de los obeliscos con destellos de oro rojizo sobre la superficie del río, calidoscopio de colores que despide efluvios hacia las puertas de electro que cubren los portalones. Es realmente un auténtico diálogo de luces, sombras y tonalidades. Pero el incendio imaginario se va atenuando en las paredes ocres de los edificios. Sólo en la superficie glauca de los estanques sagrados permanece restos del juego de luces.

El viandante juega mentalmente con los ambientes íntimos de los lugares sagrados sabiendo que jamás serán profanados por sus pies. Las oscuras y amplias estancias interrumpidas por mil columnas presencia pétrea floral, imperturbables. Imagina los secretos pasos de los sacerdotes, rápidos y huidizos hacia las celdas. El aroma dulzón y penetrante de los sahumerios. Las liturgias entonadas por los "puros". Las capillas de los dioses selladas hasta el alba donde instantes antes el sacerdote de turno entonara las letanías de despedida.

Hacia el sur el templo de "Neb-Maat-Ra" el "Magnífico"- el harén del sur- corresponde con pareja intensidad las emisiones de luz que vienen del Norte Sagrado.

Son los dos polos del magnetismo divino que vinculan con fuerza colosal el ritmo y el pulso de la ciudad.

Pero él sigue solo, extrañamente solo, sobre el acantilado, caminando dentro del misterio mirando a un punto ignoto. Él, su aliento entrecortado, y el latido galopante de su corazón parecen ser los únicos compañeros de viaje.

El camino es más liviano a medida que se vuelve más llano. Las estrellas cuajan el firmamento infinito y negro, su única techumbre. Al otro lado, el Occidente, donde la oscuridad es absoluta. La tiranía, la fuerza atractiva absorbente de los parajes, le han impedido reconocer los cambios en su propia fisonomía, porque su indumentaria ya no es la del hombre que debería estar durmiendo en la cama de una habitación de un hotel, allá lejos en el futuro.



 
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