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El destino de Amennajté Imprimir E-Mail
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Sección del Rincón del Escriba - Relatos
Escrito por Manuel Juaneda Magdalena   
Publicado el lunes, 16 de febrero de 2004
Modificado el jueves, 05 de octubre de 2006
Índice del Artículo
El destino de Amennajté
Página 02 - Continuación del Artículo

El cuerpo es menos vigoroso aunque de más talla y enjuto, el abdomen seco y prieto, la frente estrecha y tostada surcada por finas rugosidades verticales prolongadas hasta una nariz fina que cuelga sobre unos labios carnosos erosionados eternamente resecos y entreabiertos; las manos de sarmiento curtidas por las callosidades del trabajo rudo en la lejana juventud. De la cabeza una peluca negra de bucles finos rizados pende ampliamente hacia los hombros cubriéndolos discretamente. La túnica que otrora debió ser elegante cae polvorienta hasta los tobillos formando pliegues insinuantes casi ocultando un faldellín que igualmente plisado se ciñe al talle por un extraordinario cinto de broche dorado.

Los pies entumecidos y ampollosos descansan sufridos sobre unas sandalias de viaje. Pero lo que más atrae su curiosidad es el báculo de ébano que a la altura de los ojos termina en una empuñadura dorada digna del mejor orfebre. Intuye que representa la autoridad y el rango de un alto funcionario. La mano derecha lo toma con firmeza sabiendo que sin su ayuda apenas podría sortear los accidentes del sendero y tantear las sombras de los abismos que le rodea. Del hombro izquierdo un morral de piel curtida contiene unos documentos que tal vez guarden celosamente el secreto del viaje. No puede evitar una ojeada furtiva y curiosa a su interior creyendo adivinar unos útiles de escriba.

El hombre persigue el rumbo del sendero esquivando unas veces saltando otras los accidentes que la geografía le impone caprichosamente. Si se hubiera detenido a reposar unos pasos atrás sobre el peñasco que mira a su espalda, cercano a las casas de adobe de los trabajadores donde se abre el camino en una minúscula explanada, vería una forma alongada, reptante, y sibilante que le advertiría que acababa de traspasar los lindes de la que "Ama el silencio"; las fronteras sagradas de la diosa escorpión la que "alivia la respiración"; diosas protectoras del mundo de los Occidentales de donde jamás se retorna.

La cumbre de la"Cima" a su derecha se ilumina cenicienta por la luz de la luna, única fuente de luz que aclara el sendero. Mira al fondo, a un lado, a otro, de vez en cuando se detiene algo medroso por las resonancias de los pasos abandonados creyendo que son ajenos. Los aullidos de los chacales al otro lado de la cumbre, en el desierto, le inquietan aún más, ¡espantosos!. Es el momento en el que el "Ba" de quienes habitan las antiguas moradas de eternidad, de los sepulcros vecinos, salen para visitar a sus deudos y a los caminantes.

Voces lejanas, pasos seguros recorren los pedregales en el valle de los muertos; los ecos de las pisadas se mezclan con el entrechocar de los cantos haciendo un ruido horrísono en la noche. Los habitantes de la noche huyen espantados. Los ruidos son cada vez más próximos, seguros. Ciertamente el transitar cotidiano de los transeúntes hace que no necesiten la guía de las antorchas. Nuestro viajero teme ser descubierto recortado contra el fondo del cielo y se postra tembloroso de bruces para mantener el anonimato. Ya se acercan los guardias articulando extraños sonidos consonánticos que él no se esfuerza por comprender suponiendo la esterilidad de semejante empresa. Sin embargo, no puede evitar ¡un respingo, un escalofrío, una tremenda sorpresa! :

-¡Hablan de una huelga allá en el poblado de la Tumba!

Es entonces cuando la visión retrospectiva casi olvidada de las chozas recién abandonadas brota presurosa aumentando la zozobra provocada por la noticia.

-El destacamento de la colina ha estado ausente durante todo el viaje, ¿algo grave debe estar sucediendo?.

El viajero desciende suavemente, delicadamente, en dirección al río. Los oratorios de los dioses tutelares y patronos de la ciudadela bordean el camino a la izquierda. Extraños resplandores emergen por encima de las colinas ocultando su origen, se cimbrean frenéticamente movidos por invisibles resortes creando un misterioso juego de luces y sombras contra los riscos que delimitan el sendero antes de abandonarlo definitivamente. El camino por fin ya es una planicie.

Murmullos, voces, griterío ensordecedor, y después el tumulto; docenas de antorchas y sombras, todo, configuran una escena anárquica, incongruente con la hora de la noche; la agresividad y la rabia se enseñorea del ambiente haciéndolo irrespirable más aún por la energía negativa que despiden que por los torbellinos del polvo que desplazan los figurantes. La multitud se desparrama en oleadas como un solo hombre entre las viviendas de los capataces y la periferia de la muralla que contornea la villa.

¡Se diría que todos los habitantes del poblado olvidaran momentáneamente la comodidad de los hogares por algo más perentorio!.

El destino de Amennajté

Hombres y mujeres, ancianos y niños componen la horda. Los brazos y manos de los revoltosos se entrelazan con los renegridos brazos de ébano de los guardianes, empalizadas inestables de carne que se alzan furibundas sobre las cabezas, cruzándose frenéticamente. Las varas de las lanzas, las mazas, los escudos arciformes forrados de piel de antílope de los terribles "Medyau"- veteranos de las guerras contra los Pueblos del Mar- rodean al gentío tratando de contenerlo; obstaculizando la procesión hacia el valle que como un solo hombre reiniciaran, una vez más, como señal evidente de protesta.

Las mujeres vociferan, los niños enrabiados golpean pícaramente las piernas de los vigilantes arreando puntillazos en las canillas, los ancianos arrojan piedras y cerámicas desde las terrazas de los edificios. En el momento en que el equilibrio de fuerzas llegaba hasta el punto de ruptura, cuando la contención de la policía se iba debilitando, súbitamente, el griterío ensordecedor enmudece, como si algún dios hubiera apagado el sonido del mundo.

Dirigen los rostros estupefactos, las miradas reverentes, a aquella figura fantasmal, polvorienta, que baja cansina apoyada en su báculo. Es como una instantánea. El incorpóreo expectro de un viajero del ultratumba, blanco, casi transparente. La imagen es casi invisible hasta que la cortina de polvo que le rodea se difumina; a medida que se va haciendo más y más consistente, las luces de las antorchas van proyectando su sombra agigantada en la fachada del templo de la "Señora del Sicomoro"-. Enhiesto, digno, consciente del dominio sicológico sobre las masas, presiente que una conexión extraordinaria le vincula con ellas; sus ojos vehementes, expresan la esperanza de una solución próxima.

Porque en aquellas gentes, se olía el hambre, la miseria, el fraude y el engaño de una administración dominada por la corrupción. Él sentía que era parte de ellos como ellos de él desde generaciones enteras cuando los ancestros vinieron a vivir en la "Ciudad de la Tumba", cuando el dios "Dyeserkare Amenhotep" formó la Institución de la Tumba y la Residencia. En aquellas tumbas, a su izquierda, ahora cuencas negras sin ojos que los están mirando, los antepasados duermen el sueño de los "Justificados", y en las mismas tumbas de cimera piramidal perforada por una hornacina, en las mismas tumbas, será quizás, Él, algún día depositado.

Impresionante, un nombre sonó en la noche desde la multitud como una sola garganta: ¡su nombre!. El trance hipnótico que obnuvilaba su corazón cayó fulminado. Y al momento supo quién era, de dónde venía, y cuál era su ministerio y la razón de su viaje. Y sabiéndolo, mostró el documento al público y leyó con voz recia y emocionada:

-"Yo soy Amennajté hijo de Ipuy el escriba de la Tumba, Superior de la Tumba, Administrador del interior, miembro del "Kenbet". Mi Señor To, visir del Señor de los dos Países Usermaatre Meriamón Ramsés, fuerza, salud y vida para él; me otorga la autoridad para comunicaros que:

Todas vuestras reinvidicaciones laborables, todas las mensualidades adeudadas serán satisfechas razonablemente a partir del alba; los corruptos serán castigados; ya no será necesario que paséis más privaciones; no habrá más temor ante el nuevo día.

Mañana deberéis volver a vuestros trabajos y jamás temeréis por las promesas incumplidas. Os lo promete Amennajté, hijo de Ipuy, y así será mientras viva. Todo quedará registrado para que así conste en libro de la Tumba".

La claridad del día siguiente agrede punzante el rostro del durmiente. Los ruidos violentos de exterior apenas amortiguados por las paredes le perturban insistentes invitándole a abrir los ojos. El cansancio de la víspera todavía se ceba en todo el cuerpo después de una noche de sensaciones alucinantes. Tiene la increíble ocurrencia, inexplicable, de haber vivido dentro de otra persona, de otra conciencia, en otras dimensiones, en otros paisajes, con otras gentes.

Ha de levantarse de la cama pues sabe que le espera la jornada más dura de todas. Las negociaciones en el ministerio están a punto de cerrarse satisfactoriamente, al menos que, inconvenientes inesperados, acaben con el buen rumbo establecido; para ello, necesitará de todas las energías disponibles. Cuando hace el gesto maquinal de levantarse, advierte la presencia de un objeto sobre el escritorio, algo que nunca estuvo allí ni debía estar, algo anacrónico, extemporáneo.

La perplejidad y la duda se asomó en su mirada. Al acercarse, la visión extraordinaria de un viejo báculo de madera de ébano de empuñadura dorada le sobrecoge el ánimo; y la extraña historia soñada se presentó fresca en el recuerdo como si aquel funcionario de antiguo Egipto y él se confundieran en una sola entidad. Y una inquietante reflexión afloró en su mente:

"Y si formáramos parte de una conciencia universal inmutable, intemporal, que se desplazara desde el pasado al futuro o multidireccionalmente, uniendo a los hombres en un destino común ajenos a las interferencias o a las reglas de la lógica; y si tal vez el sueño fuera ese vehículo o hilo conductor del que se sirve para este fin, y si tal vez... fuese Amennajté quién soñó conmigo o fuese yo quién soñó con Amennekhté. ¿En realidad qué puede importar?."

Epílogo [*]

A finales del año 29 de Ramsés III, poco antes de la celebración del festival de Sed, Deir-el Medina fue sacudida por una serie de huelgas provocadas por los continuos y recurrentes retrasos de los salarios de los obreros.

La crisis estalló el día 10 del segundo de "Peret" del año 29, los obreros cansados de esperar el salario del mes anterior que se les adeudaba desde 18 días atrás, gritaron: "tenemos hambre". Los obreros salieron de Deir-el Medina por el sur, pasaron el puesto de guardia e invadieron el templo de Medinet Habú. Después regresaron y alcanzaron la región de Deir-el Bahari situándose detrás del templo de Tutmosis III, al norte del Rameseum.

El escriba Amennajté, hijo de Ipuy, los jefes de equipo, sus sustitutos, y los dos inspectores de Tebas Oeste, solo pudieron escuchar en silencio los gritos de protesta. La manifestación duró todo el día. Al atardecer, el equipo aceptó entrar en el poblado ante las promesas de sus jefes de informar al faraón de su situación.

Ya un año antes, los salarios se pagaran con 8 días de retraso; cuatro meses atrás el 21 del segundo mes del Ajet, el escriba Amennajté(al cual debemos la mayor parte de las noticias concernientes a la huelga), constató una demora de 20 días en el pago de salarios; gracias a su habilidad se pudo evitar más problemas, logrando de los administradores del templo funerario vecino de Horemheb, un avance de 46 sacos de trigo.

Pero en esta ocasión(año 29), se topó con una negativa de los superiores y no pudo hacer un arreglo similar. El equipo prosiguió con sus manifestaciones de descontento. Con este "tira y afloja" en el que estuvo presentes el jefe de los guardias, Montumosé, el gobernador de Tebas, Ptahemheb, a la sazón jefe de finanzas, y los sacerdotes del Rameseum, se fue contemporizando sin llegar a resolver la situación definitivamente.

A comienzos del tercer mes de Peret, los obreros hacen paro por cuarta vez, abandonan Deir-el Medina en masa en dirección de Medinet Habú; los superiores a gritos intentan convencerlos de que regresen en vano. El escriba Amenajté envía en su búsqueda a dos sustitutos de los jefes de equipo para reconducirlos. Poco después, uno de éstos, Reshpehtief, regresa sin conseguirlo, trasmitiendo a los escribas las palabras que los obreros, Qenna hijo de Ruta, y Hay hijo de Huy les habían dicho:

-" No regresaremos, díselo a tus jefes"-

A estas alturas la huelga empezaba a tener un cariz político bajo las exigencias de sanciones contra una administración incapaz de asegurar el pago regular de los salarios.

-" No es causa del hambre por lo que nosotros estamos en huelga, tenemos una gran acusación que formular: ¡ Seguramente, malas acciones se cometieron en este lugar del faraón!"

Alarmado Amennajté decidió reunirlos, viéndose obligado a repetir esta declaración a sus superiores que los obreros le habían demandado que dijera sin cambiar una sola palabra.

Las huelgas se prorrogaron alternativamente hasta el año 32, quince días antes de la muerte de Ramsés III.

Sin duda los obreros tomaron conciencia de la eficacia de este modo de protesta, puesto que recurrieron a ella hasta la disolución de la institución de la que eran miembros.

Amennajté

Escriba de la Tumba, hijo del obrero Ipuy. Fue promovido al cargo en el año 16 por el visir TO sucesor de Hori. Este nombramiento debió ser motivo de grandes agradecimientos hacia su protector, pues puso el nombre del visir a uno de sus nueve hijos e hizo inscribir su nombre junto al de él en numerosos "graffitis" y estelas. Debió realizar su función hasta el reinado de Ramsés VI. Gracias al diario que escribió se preservó del olvido el recuerdo de las huelgas del año 29 de Ramsés III.

Su hijo mayor Horisheri y sus descendientes, se encargaron de recopilar más de 50 cartas relatando los acontecimientos, estos documentos fueron encontrados en Medinet Habú; generaciones de descendientes fueron también escribas de la Tumba hasta el desmantelamiento de la Institución. Precisamente dos de ellos, Dyehutymose y su hijo Butehamon participaron muy activamente en el traslado de las momias reales a diversos escondrijos entre ellos el de Deir-el Bahari en los tiempos de la dinastía XXI.

Qenbet

Era una especie de consejo rector de la ciudadela de Deir-el Medina donde los superiores de la Tumba se reunían para dirimir cuestiones de índole legal, económica, judicial, etc.; estaba compuesto por los "Superiores de la Tumba" también llamados "Administradores del Interior"

To

Visir de todo Egipto, sucesor de Hori. No mostró gran interés en resolver tan espinoso asunto pues estaba ocupado en los preparativos del jubileo real de su señor Ramsés III.


[*] Pierre Grandet. Ramsès III. Histoire d´un règne. Pygmalion. Gérard Watelet. Paris. 1993



 
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