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"EL QUE DIOS DESEA MANTENER EN VIDA, EXCLAMA: YO SOY, YO, EL QUE DIOS DESEA MANTENER CON VIDA (VARIANTE DEL PAPIRO HEARST)." "ESTAS PALABRAS SE DIRÁN CUANDO SE APLICA UN MEDICAMENTO SOBRE CUALQUIER MIEMBRO ENFERMO DE UN INDIVIDUO. REMEDIO PROBADO UN NÚMERO INCALCULABLE DE VECES (EBERS, Nº1)."
Hace horas que el decrépito ATUM ha entrado en la boca de la madre NUT, como viene sucediendo desde que el padre de los dioses, PTAH, creó el mundo. La noche ha cubierto con su manto estrellado la ciudad del MURO BLANCO. En el templo del Dios, en la habitación, un anciano sacerdote observa, hacia arriba, por la ventana, el rostro creciente color marfil del dios TOT que ilumina pálidamente un rostro surcado de arrugas. Los ojos enrojecidos y apagados parpadean nerviosamente intentando fijar la mirada sobre su escritorio de estuco pintado.
En un rincón, el viejo lecho de patas de león todavía conserva el lino húmedo y arrugado de las sábanas que lo cubre y que aun retienen el calor de su cuerpo. En las paredes de la estancia, en los estantes de sicomoro, viejos rollos de papiro de sabiduría antigua simulan abrir sus bocas ennegrecidas, siniestras, oscilantes, recordando las cavernas del dios KHNUM, allá en Elefantina, donde dicen que el padre HAPI empieza a verter sus aguas.
Sobre la mesa una imagen pequeña de alabastro fino de la diosa SEKHMET, la señora de las plagas, la sanguinaria. Su sombra alongada y la sombra de la rasurada cabeza juegan una ilusoria y traviesa danza bajo el caprichoso ritmo de la pálida llama de la antorcha de salmuera; de ésta emergen finos cabellos de humo que se desvanecen en el límite superior de la oscuridad. El olor del pebetero de incienso impregna las largas ropas de lino blanco plegado que levemente acarician las sandalias de papiro trenzado. Al fondo del cuarto, a su espalda se adivina la puerta cerrada. Es el único lugar donde reina la oscuridad completa que gradualmente se acerca por detrás a su cuerpo encogido. La mano izquierda cerrada oprime la cabeza en un gesto de concentración intensa; el corazón le habla ahí donde está el débil pulsar: en la sien.
Entre sus piernas el cetro de su rango. La mano derecha huesuda y seca como los sarmientos del templo, es de piel tan fina, que deja traslucir la visión de los finos hilos azules de las venas. La endeblez de los dedos sujeta débilmente el pincel, que con temblor fino se mueve con evidente automatismo de un lado a otro por un camino aprendido desde la lejana infancia; desde color oro viejo del papiro a los diminutos cuencos de tinta negra y roja de la paleta de escriba. En el papiro se empiezan a dibujar los primeros trazos hieráticos finos y elegantes que otrora fueran la admiración de los viejos maestros.
De vez en cuando el aullido prolongado de un chacal lejano, allá lejos en el desierto, le distrae momentáneamente de sus dolorosos pensamientos, de revivir un penoso pasado que desea exorcizar definitivamente, y que, intenta conjurar eliminándolo del ciclo recurrente del recuerdo, que en su corazón quedó impreso como las viejas escrituras de los tiempos antiguos. Ya sólo le distrae, al final de sus días, la avidez de conocimientos de sus discípulos de la Casa de la Vida, de aquél mal día en el que vio fallecer a su hermosa esposa MUTNOFRET. Y ahora, se decide a afrontarlo, insomne, con la esperanza de que por fin no vuelva a torturarlo en forma de demonios nocturnos, los mismos, que esta noche le han impulsado a tomar la decisión de escribir la historia, su historia y la de su esposa.
Así comienza el manuscrito:
"Es mi deseo que la historia amarga que voy a relatar sirva a las generaciones futuras de advertencia sobre la enfermedad que un mal día un terrible demonio le provocó a mi joven esposa. Cuando las generaciones de hombres sabios consulten estos papiros, para cuando con sus conocimientos sean capaces de curarla, para aquéllos que con espíritu abierto los lean, van éstas letras. Así finalmente, algún día, podrán curar a otros enfermos aquejados del mismo mal y tornen mi fracaso en su triunfo. Esta es, ahora lo veo con claridad, la única razón de este relato. Aunque dudo que sean capaces de encajar el dolor y la angustia que todavía torturan mi corazón".
Soy IRENAKHTI, jefe de los sacerdotes de SEKHMET y médico de la Casa de mi Señor, el Dios vivo, rey del Alto y Bajo Egipto, ¡ larga vida para él! .Toda mi vida la he dedicado desde la infancia, guiado por mi padre también sacerdote, al aprendizaje y práctica de la medicina; y ahora que ya he entrado en la ancianidad, me dispongo a contar la terrible historia vivida por mí y mi esposa que ahora descansa desde hace muchos años en el mundo de OSIRIS. Muchos años atrás, mi esposa MUTNOFRET, siendo todavía joven, se vio aquejada de un terrible mal. Sus piernas que un día fueran finas y esbeltas empezaron poco a poco, lenta pero inexorablemente, a medrar.
Al principio era imperceptible pero después se fueron hinchando, engrosando como si el agua ardiente del Nilo hubiera entrado en ellas sin posibilidad de regresar a su cauce, como si sus piernas fueran de un ser monstruoso salido del Libro de las Puertas. Había visto casos similares, y sabía que el mal desde antiguo no tenía cura. A pesar de mi larga práctica, yo, que llegué a ser la máxima autoridad del templo del Dios, yo que acumulé notoriedad por mi sabiduría, me vi incapaz de expulsar el espíritu maligno que anidaba en sus miembros. Como si él manipulara un "shaduf" incansable, terriblemente eficaz. Siguiendo los criterios que mis maestros sabiamente me habían adoctrinado comencé por plantearme las máximas que todo médico debe hacerse cuando se enfrenta a un mal; reglas que han de permanecer celosamente guardadas a la vista del profano en el interior del "Libro Secreto de los Médicos".
Desde los tiempos antiguos, en el LIBRO DE LOS VASOS, se sabía que el origen de las inflamaciones de las piernas se debía a la obstrucción de los tres METU que el corazón distribuye a cada pierna. ¿No ocurre lo mismo cuando el dique en el río anega unas tierras y seca otras?. ¿Tal vez una flema fuera su origen?. Pues bien una cosa u otra, ésta no tardó en provocar la génesis de un terrible "âaâ" lo que hizo aumentar su congestión. Pero lo que en mis largas horas de observación no pude encontrar fue la salida del maldito a través de su piel según informan otros escritos. Así que con éste convencimiento opté por decir:
"Es una enfermedad que voy a tratar"
Era entonces consciente que me encontraba ante el umbral de un gran drama de funesto desenlace: El mal que provocan los "âaâ" significa la presencia de la descomposición en vida del cuerpo humano, algo tan terrible que superaba mi capacidad de tolerancia como médico y como egipcio. Sabía que los âaâ son la personificación del mal y su nacimiento se debe a la descomposición de las materias orgánicas; sabía que los "whdw" podían proceder de los misterioso "âaâ" y ambos provocar el daño terrible. Viendo lo estéril de mis cavilaciones procedí a buscar todos los remedios a mi disposición. Y me dije:
"Una dolencia que intentaré tratar"
La inutilidad de los remedios, día a día, hacía que su sufrimiento se acercara a una situación intolerable; sus miembros iban alcanzando formas espantosas, su piel tirante como el odre se fue agrietando por la enorme presión de su interior. A veces la imaginaba semejante a la propia diosa TAUERET cuando mis ojos con lágrimas furtivas de tristeza la observaban esquivos. Mis sentimientos en aquella época eran una extraña mezcolanza de aprensión y ternura. La marcha era tan torpe y pesada que apenas los brazos fuertes de dos siervos nubios podían mover su cuerpo y al levantarle las plantas de los pies agrietados, macerados le provocaban tan terrible sufrimiento que enseguida buscaba el reposo del lecho; llagas malolientes empezaban a surcar los intersticios en donde unos muñones se apropiaron de los dedos.
Utilicé todas las fórmulas maestras de los escritos médicos en forma de pócimas con dátiles frescos, hojas de la planta "dgm", lágrimas de sicomoro, mezclados con agua y que una vez filtrada la masa formada se le daba a beber durante cuatro días. Seguí con mucílago, planta "sâam", natrón; se la hice cocer a mis sirvientes y se la di a beber durante otros cuatro días. Todo era inútil.
Solicité el consejo de sabios colegas algunos de ellos, magos sacerdotes de la diosa SELKIS. Escudriñé en multitud de papiros tan añosos que se quebraban con el tacto en diminutas y resecas partículas de polvo.
Cuántas veces habré viajado en mi soledad río arriba buscando en los pliegues adiposos de la reina del país del PUNT el secreto de su enfermedad inmortalizados en los viejos muros de la terraza del Djeser-Djeseru.
Opté por fórmulas de magia. Recuerdo cuando le aproximé un animal impuro cuyo nombre no me es grato perpetuar, a sus piernas, para trasladarle el mal, diciendo: "Yo he buscado esto que debo colocar aquí, afín de expulsar un mal terrible". En mi desesperación, (¡qué PTAH me perdone!), asumí el papel de un dios para que los demonios me escucharan y me dijeran su nombre secreto: " Yo conozco tu nombre. ¿No conozco yo tu nombre?". " Mira, yo soy Horus, el médico, el que apacigua al dios". Incluso llegué a amenazar al mismo dios RA si él desobedecía mis órdenes: "Si la enfermedad no desaparece de sus piernas, no permitiré que el sol brille". Hice fabricar imágenes irreverentes de miembros deformes para hacer valer mis habilidades en magia simpática.
Usé fórmulas acompañadas de ritos mágicos emitiendo voces y sonidos rítmicos de antiguas cadencias aprendidos de los padres de mis padres, unas veces en forma de advertencia otras de amenaza: "Desaparece, larva que viene de las tinieblas, que entras solapadamente... yo he preparado un remedio... un remedio mágico contra ti, de meliloto, que te hace mal, de cebolla que te daña, de miel. Cualquier cosa buena para los vivos es agradable para los muertos". Hablé con nombres extraños de pronunciación desconocida ("Shlate, Late, Balate"), de cuyo origen ni me acuerdo ("paparouka, paparoura"). Palabras sin sentido que venían a mi mente insomne, olvidadas, y que recuerdo haber leído alguna vez sin comprender su significado por sí algunas de ellas correspondía al nombre secreto del mal: " Por lo tanto conozco sus nombres, pero no son conocidos los que quieren dañar a esta mujer... a la que se le quiere hacer el mal". Sabía que la sola mención del nombre seria suficiente para conseguir la derrota del demonio. La sometí a ceremonias rituales, situaciones de frenesí intenso, de excitación, de éxtasis mental, y así su corazón ocupado por el maligno sería más accesible a mis mandatos. Intenté citar algunos de los nombres de los dioses más solicitados en estas prácticas de culto, de ISIS la maga: "¡Oh! Isis grande en magia, libérala de esta cosa mala, dañina, roja, del mal causado por un dios, una diosa, un muerto, una muerta". Deifiqué, cómo era sabido en los libros, a los dos miembros enfermos identificándolos con dioses: "¡Oh! Enemigo, macho o hembra, no desciendas sobre las piernas de mi esposa MUTNOFRET, pues ellas son las piernas del mismo RA". Recité sobre recetas de ungüentos y pomadas letanías de invocación específicas contra el maligno que la consumía.
Solicité dormir dentro de oscuros cubículos buscando desesperadamente en un largo sueño terapéutico cercano a los arcanos de la muerte, el susurro conmovedor de los dioses, un remedio ignoto. "¡Ah!, si se me hubiera dado a conocer tu auténtico nombre, espíritu maligno, sabría encontrar tu debilidad".
Le di a beber el agua santa que lavaba las imágenes escritas salutíferas y sanadoras de los sagrados recintos. Sumergí sus miembros en el agua de las cisternas repletas de enfermos martirizados por variopintos y perversos males. Por entonces, sus piernas ya perdieran su forma humana tal, que eran objeto de miradas curiosas unas perplejas otras, hasta furtivas y llenas de asombro de los fieles que buscaban también la cura de sus dolencias.
"Una dolencia que no se puede tratar"
Pero seguía siendo inútil. Hasta que por fin, una noche en que nuestra desesperación se hacía más insistente, aquella noche de larga vigilia, conminado por su voz cada vez más queda, tomé la decisión más tremenda: le apliqué "Piedra de Mennefer" diluido sobre las piernas que alivia el dolor y abrí su piel tersa y brillante con el cuchillo "ds" y un líquido entre rojizo y lechoso brotó a borbotones de entre los labios de las heridas que con las horas cada vez se mostraban más abiertos, como si la boca del monstruo se manifestara desde adentro en una especie de risa sardónica. El mal, pensé, saldría liberado al fin por las heridas de la piel, y acto seguido retornaría a las pútridas aguas donde habitan los malignos.
Nunca pensé que ese desdichado gesto mío acabaría por acelerar el final del drama, pues el ente había hecho burla de mi jactancia. El aroma dulzón de las heridas se fue haciendo cada vez más pestilente como el cadáver del cocodrilo en la charca. Estas se transformaron en puertas ulceradas, descarnadas, arrojando fluidos espesos de agua y pus que empapaban los vendajes rojiverdes que mis ayudantes sin descanso le cambiaban; líneas rojas salían de aquéllas y se distribuían arbitrariamente hasta sus ingles. El hedor en el ambiente era tan pútrido que su sólo recuerdo todavía me provocan la náusea, como si una familia de hienas emponzoñase su habitación con su fétido aliento. Tiempo después su cuerpo comenzó a hervir, a sudar profusamente, y terribles escalofríos hacían temblar su ya débil estructura cuyo color bien se parecía al alabastro de Hatnub.
De su cara, sus ojos se adivinaban fijos y febriles en profundas cuencas casi desaparecidos, recordaban las imágenes del KA enucleadas por la labor implacable del tiempo; su boca en el pasado fresca y carmesí, ahora se mostraba reseca y quebrada, que entreabierta mostraba una lengua negra, rígida y ávida de sed.
Finalmente el genio maligno que la poseía cobró su pieza largamente ansiada y entre terribles estertores mi querida compañera emprendió el camino al Reino de los Muertos. Ahora viejo y cansado, pienso en la terrible maldición que me acosó aquellos terribles días; todavía pienso qué terrible agravio, qué satisfacción incumplida, a qué deidad anónima incité para castigarnos con tamaño castigo. ¿Acaso fue la poderosa SEKHMET, acaso no le satisfizo todos estos años de mi vida dedicados a su servicio?.
En ese instante, el viejo sacerdote aparta momentáneamente la mirada del papiro y exhala un profundo suspiro de alivio. Se da cuenta que el hecho de narrar esta historia le ha servido de bálsamo terapéutico para su fatigado espíritu, para aliviar las aguas putrefactas tanto tiempo contenidas en el pantano de su memoria. Ya no siente esa angustia que tan largamente le oprimía el pecho todas las noches desde aquella otra en la que llegó el final.
El símbolo dorado de la diosa que pende de su cuello de una larga cadena se asienta sobre el tablero de la mesa de sicomoro estucada de blanco. Los músculos dorsales del cuello vencidos por el agotamiento, se distienden dejando que la cabeza descienda gentilmente hasta que ésta involuntariamente toma contacto lentamente con la mesa. El sueño le va venciendo lentamente, suavemente. De su mano se desliza el pincel de escriba manchando con gruesos borrones la parte final de manuscrito a modo de rúbrica. El cetro en su regazo. El corazón decelera su paso palpitante agradecido por un descanso durante tantos años merecido.
El alba comienza a clarear en la vieja ciudad del MURO BLANCO, en el templo de PTAH el demiurgo, el antiguo; el manto estrellado de la noche palidece ahuyentado por el anuncio de un hermoso KHEPRI que sale triunfante nuevamente de la vulva de la madre NUT, como viene sucediendo desde que el padre de los dioses PTAH, creó el mundo. Cuando el servicio del templo vaya a despertar al gran sacerdote de SEKHMET, el jefe de los médicos, conocido del faraón ¡qué tenga larga vida!, verá a un hombre que descansa con la paz y la felicidad estampada en un rostro cuyos ojos abiertos ya están mirando otros paisajes:
¡Paisajes de eternidad!.
El autor agradece una vez más la posibilidad de ver publicado este relato en la página de la Asociación. En especial, muy en especial, a su mentor Víctor Rivas.
NOTA: La historia pertenece al reino de la ficción. El personaje del sacerdote de SEKHMET existió en realidad pero desconozco si su esposa, si la tenía, se llamaba Mutnofret y si vivió semejante experiencia; sería mucha casualidad si así hubiera sucedido.
El único objetivo del presente relato era describir aunque no fielmente una enfermedad provocada por un vermes de cierta frecuencia en el Egipto actual y antiguo y que se la conoce actualmente con el nombre de FILARIASIS. También era mi deseo no sé si lo habré conseguido, entrar dentro de la mentalidad del médico egipcio y su "modus operandi" ante el enfermo y la enfermedad. Espero haberlo conseguido. |