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Reflexiones de una dama real Imprimir E-Mail
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Sección del Rincón del Escriba - Reflexiones
Escrito por Neferkara Liz   
Publicado el viernes, 23 de septiembre de 2005
Modificado el jueves, 05 de octubre de 2006

¿No sería, pues, una sacrílega? Después de todo, engañaba a un dios. Y Nefertiti piensa... Piensa para aclarar sus ideas, para acallar es voz interior que le transmite un sentimiento de culpa... ¿Acaso amar es pecado? ¿No está predestinado que hombres y mujeres se amen por toda la eternidad? ¿Qué no es el máximo deseo de Amón, y el mayor logro de Isis y Hathor? ¿Por qué, entonces, esa sensación extraña? ¿Por qué no podía sentirse bien y tratar de ser feliz?

-Hasta la más pobre campesina debe llevar una vida más agradable que la mía- Repetía para sus adentros una y otra vez.

Lo poseía todo. Era la reina de Egipto, con una gran influencia respecto a las decisiones reales; Era la mujer más hermosa que había pisado la tierra de Kemet, las damas de la corte la admiraban y la envidiaban a la vez; Gozaba de los mayores lujos que podían existir, las más grandes e inimaginables riquezas estaban a su disposición. Pero era dueña de un tesoro que superaba considerablemente a los demás: El favor del faraón. Su rey la veneraba y buscaba refugio a su lado en los momentos de angustia y soledad; no era fácil manejar a un pueblo que se negaba constantemente, y de la forma más violenta, a aceptar el monoteísmo. ¿Y por qué, a pesar de tenerlo todo, no conseguía la felicidad? ¿Y por qué, en vez de ser feliz con su rey que la amaba, y con sus seis princesitas divinas, elegía atormentarse con algo que le remordía la conciencia?

La respuesta era clara. Su verdadero amor no se encontraba ahí, en ese entorno mágico y dorado; Su pasión se hallaba en otro lado, más humilde, más austero, por raro que pareciera. Las caricias y los besos de Thotmés la hacían estremecer y le propinaban un placer que ni todo el oro de las arcas reales podían comprar. Podía renunciar a todo por él; Abandonar a su rey, a quien le debía lealtad y obediencia, a dejar su posición y su rango...

Y tal pensamiento le daba miedo.
Todo por un beso suyo, por un cálido abrazo, por sentirse segura y protegida en sus brazos robustos, su sola presencia irradiaba una paz y una tranquilidad que no podía sentir con nadie más...

Era, quizás, por todo esto, que Nefertiti se siente culpable, y reflexiona sobre su modo de actuar, mientras trata de conciliar el sueño, envuelta en los brazos de su amado Thotmés, el escultor del faraón Akhenatón y la familia real.

 
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