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Hace ya algún tiempo mis padres me regalaron el libro "Tutankhamen" de Desroches-Noblecourt; además de disfrutar con su lectura, comenzó a despertar en mí un interés muy especial por determinadas piezas de las que formaban el ajuar del famoso faraón.
Los antiguos egipcios fueron muy amantes de la utilización de las joyas, las lucieron tanto mujeres como hombres. Tengo que aclarar que considero como tal cualquier tipo de adorno personal, desde los más sencillos amuletos, hasta collares, pulseras, etc, realizados con los más variados materiales, preciosos o comunes. Los relieves y pinturas de las tumbas, la estatuaria y las numerosas piezas encontradas testimonian que, uniendo con maestría las creencias religiosas con todo tipo de materiales, los egipcios fueron capaces de producir maravillosas piezas.
Entre los ajuares encontrados han aparecido piezas que hoy se conservan en numerosos museos del mundo; algunas son realmente espectaculares, como las encontradas en Dashur, las de Tut Anj Amon o Tanis, otras, sin embargo son sumamente sencillas, pero no por ello carentes de valor. Ëstas últimas normalmente son ignoradas o examinadas con rapidez por los visitantes de las diferentes colecciones. Es comprensible. Sin embargo resulta gratificante investigar todos los datos de cada una de ellas: ¿A quién pertenecieron? ¿Dónde fueron encontradas? ¿En qué circunstancias? Desgraciadamente no siempre se pueden encontrar las respuestas.
El lugar donde se conserva la mayor colección de joyería faraónica, qué duda cabe, es el Museo de El Cairo, ese inmenso y maravilloso lugar donde aún hoy es posible admirar piezas en diferentes salas sin encontrarse con un grupo de turistas que empujen para ver la misma vitrina. En los últimos años, los conservadores han hecho un gran esfuerzo para mejorar la exposición de la gran cantidad de objetos, todos valiosos, que se custodian en el edificio. Puedo dar fe de que, sobre todo las vitrinas en las que se guardan las piezas de joyería, han experimentado mejoras, se han limpiado, sustituido los fondos de tela antiguos y colocado, siempre que ha sido posible (dado lo exiguo del espacio disponible), en lugares más visibles.
A pesar de todo ello visitando las numerosas salas podemos admirar una gran cantidad de joyas, la mayor parte famosas, otras menos conocidas y algunas prácticamente ignoradas, bien porque su descubrimiento no fue célebre o bien porque se encuentran expuestas en lugar poco accesible. Es de algunas de estas últimas piezas, concretamente de joyería, de las que vamos a tratar.
Rey Dyer
En 1901, el arqueólogo inglés Flinders Petrie continuaba sus excavaciones en la necrópolis arcaica de Abydos, en un cementerio real de la Dinastía I, donde están situadas las tumbas o cenotafios de los primeros faraones, concretamente se encontraba en el este complejo del rey Dyer, tercer rey de la Dinastía I. Había sido robado en la antigüedad y excavado con anterioridad. Petrie llevó a cabo algunos trabajos de limpieza e, inesperadamente, en el interior de un muro de ladrillo, apareció un brazo envuelto en vendas de lino. Seguramente fue pasado por alto por los oficiales responsables de los trabajos. Entre los vendajes se encontraban aún cuatro pulseras de oro, lapislázuli, turquesa y amatista. Durante el reinado de Amenhotep III se pensaba que el lugar era la tumba de Osiris, el gran dios de la ciudad. Petrie encontró las joyas aún colocadas en el brazo y mantenidas en su lugar por los vendajes. Esto nos ha permitido saber con toda certeza que el montaje actual de las cuentas de las piezas es el original. Se conservan en el Museo de El Cairo.
La primera pulsera,(n1 cat. 52011) que hoy está separada en dos partes, es de oro, lapislázuli y turquesa. La longitud de ambas mitades es, respectivamente, 3,7 y 2,2 cms. En el momento del hallazgo estaba enfilada mediante cabellos, quizás de cola de jirafa y alambre de oro.

La cuenta central es una pequeña flor abierta, hueca, a cuyos lados hay tres perforaciones a través de las cuales pasan las hiladas formadas por cuentas de forma irregular de turquesa, bien pulidas, en alternancia con pequeñas esferas y anillitos de oro, soldados en yuxtaposición para conformar los espaciadores. En ambos extremos tenemos una cuenta esférica de lapislázuli y una hueca de oro. La otra mitad sigue el diseño de la ya descrita.
La segunda pulsera (N1 cat. 52008) es de oro y turquesa, con una longitud de 15,6 cms. Posiblemente la más llamativa de las cuatro, está formada por 13 placas de oro y 14 de turquesa, en tamaños de mayor a menor y todas ellas formando el "Serej" del rey coronado por un halcón. Las piezas habían sido realizadas a partir de un molde y por proceso de estampación. Los elementos finales se elaboraron aplastando unos conos de oro y perforando los extremos. Todos ellos están taladrados de manera que permiten el paso de dos hiladas.
La tercera (N1 cat.52010) es de oro, amatista y turquesa y tiene una longitud de 15 cms. Según Aldred, es la que presenta el diseño más original. Está formaao por cuatro grupos de cuentas alineadas de tres en tres, en forma vertical e intercaladas por otras en forma horizontal. Cada grupo vertical consiste en dos piezas de oro, flanqueando el grupo una de amatista (aunque en uno de los grupos la amatista ha sido sustituida por una piedra oscura). Cada grupo horizontal está formado por dos cuentas de turquesa de aspecto trapezoidal, cuyos extremos están adornados por conos de oro. Los grupos horizontales tienen medidas de mayor a menor, de modo que el que tiene las piedras mayores está colocado en medio de la pieza. La pulsera estaba enfilada mediante dos gruesos pelos que pasaban por los grupos verticales entrelazándose alrededor de la acanaladura central, en cada cuenta vertical en forma de clepsidra . Éstas se mantuvieron en su lugar sujetando los pelos a cada lado con un fino alambre de oro.
La cuarta pulsera (n1 cat.52009), de oro, turquesa y lapislázuli mide 13 cms. de largo. Su diseño es similar al de la primera. Está formada por tres hiladas de cuentas que, en cuatro puntos, están unidas por una sola grande. Los distintos elementos son de dos tipos: el primero es una cuenta de oro en forma bicónica, hecho de alambre del mismo material, más fino en los extremos y enroscado alrededor de un cuerpo central. Una pieza de lapislázuli está trabajada de una manera muy similar, por lo que resulta muy parecida a la de oro. El segundo tipo está formado por elementos redondos de turquesa y otros de oro hueco: éstos últimos aparecen originalmente soldados en grupos de tres, para formar espaciadores, exceptuando seis de ellos que están sueltos. Han sido enfilados en grupos de tamaños escalonados, de manera que los más grandes están situados en el centro. En cada extremo, el sistema de cierre estaba formado por un botón y un doble anillo.
Sejemhet
En 1954, el arqueólogo egipcio Zakaria Goneim estaba trabajando en el recinto funerario del rey SEJEMHET, de la Dinastía III, en la necrópolis de Saqqara. En lo que quedaba de la inconclusa pirámide escalonada, no había restos de ajuar, es más, cuando los arqueólogos abrieron el sarcófago, pudieron comprobar que éste nunca había contenido restos humanos. Qué había pasado? Es difícil saberlo, el reinado de Sejemhet duró muy poco tiempo, no sabemos en qué circunstancias falleció, posiblemente nunca fue enterrado en su tumba. Sin embargo, en un corredor situado bajo la superestructura, oculto por un montón de escombros, apareció un conjunto de piezas de joyería. Destacaban 21 finas pulseras de diámetro variado, entre 5,4 y 8,1 cm. y un ancho entre 1 y 1,5 cm. Aparentemente todas ellas estaban fabricadas a partir de una sola pieza ya que no se detectó ningún rastro de soldadura. Fueron hechas martilleando una hoja de oro sobre un molde , seguramente de madera, dándoles una forma semiesférica. Después se doblaron los bordes hacia adentro. Este tipo de joya era muy utilizado por las mujeres en ambos brazos durante las Dinastías IV y V y seguramente desde mucho antes . Hoy en día, paseando por el mercado Khan el Khalili es posible ver a los orfebres trabajando piezas con la misma técnica.

Los llamados cuchillos mágicos eran unos amuletos planos, en forma de medialuna. Se ofrecían al hijo y la madre como regalo de nacimiento y en ocasiones los encontramos reproducidos en las manos de alguna nodriza. Normalmente son de marfil, solían tener inscripciones de fórmulas mágicas ó representaciones de dioses protectores, sin embargo, éste está formado por una hoja de oro hueco y de forma cerrada. La parte interna fue de madera pero no se ha conservado. Su estado no era muy bueno ya que hubo que recomponerlo en siete piezas; no tiene inscripciones ni dibujos pero su forma no presenta duda alguna. Mide 43 cm de largo y 6 de ancho aunque en los extremos disminuye.
Estamos acostumbrados a encontrar en los museos unos bellísimos vasitos, trabajados normalmente en diferentes tipos de piedra en los que se guardaban las pinturas utilizadas para el maquillaje. El encontrado en este recinto es único. Está hecho de hoja de oro repujada, formando una concha bivalva. Realizado en dos piezas identicas cóncavas se cierra uniéndolas con un perno. Como las conchas originales, el receptáculo forma las ondas características, así como los bordes. En los extremos de ambas partes se encuentra una pequeña asa para abrir la cajita. Tiene una altura de 5,2 cm. y un ancho de 5,3.

Piezas habituales de los ajuares femeninos egipcios fueron las pinzas de depilar. Uno de los modelos más sencillos es el que se encontró en este conjunto, es de electrum y en sus extremos presenta unas pequeñas perforaciones, posiblemente por ellas pasaba algún hilo ó alambre que las mantenía cerradas. Miden 4,6 cm de longitud y un ancho máximo de 0,8 cm.
Un conjunto de 388 cuentas esféricas de oro, sueltas, también formaba parte del ajuar. Fueron moldeadas en dos mitades y posteriormente soldadas . Cinco barras espaciadoras, de 3,8 cm de longitud y 0,2 de ancho, con diez perforaciones para pasar las hiladas. Una de estas barras estaba partida en dos piezas pero actualmente sólo se conserva una de ellas. Con todo este material se formó un brazalete ancho que está expuesto en el Museo de El Cairo. Se encontró también una gran cantidad de cuentas sueltas de varios tipos y colores que seguramente pertenecieron a algún collar: 32 pequeñas cuentas tubulares de oro, 420 más pequeñas y esféricas hechas de cerámica vidriada y recubiertas del mismo metal.

Así como un gran número, no determinado en la publicación de la excavación. Seguramente estos objetos estuvieron conservados en un cofre de madera que, lógicamente, no ha llegado hasta nosotros. Sin embargo sabemos que estaba recubierto de hojas de oro, ya que se encontraron algunos restos de este material. La manufactura de estas joyas demuestra el alto grado de los artesanos de la época. De la Dinastía III es el único conjunto real que tenemos y como se han conservado muy pocas piezas de joyería en oro del Imperio Antiguo, consideramos que esta colección es única.
Nag Ed Der
En 1903 G.A. Reisner excavó una tumba arcaica en Nag Ed Der, cuya superestructura se había venido abajo, aplastando cuanto se encontraba debajo y, de paso, preservándolo de la atención de los ladrones que habían actuado muy activamente en otras partes de la necrópolis. En ella encontró un enterramiento inviolado. El difunto allí inhumado lucía, alrededor de la frente, una diadema (n1 cat 53801) de oro liso sin ningún tipo de decoración. Una particularidad de esta pieza es que no presenta restos de soldadura, mide 57 cm. de largo, 1 cm. de ancho y pesa sólo 12 gramos. También había unos brazaletes en pedernal, pizarra y cobre, además de dos anillos de oro liso - que están entre los primeros adornos conocidos de este tipo (n1 cat. 53804 y 53805). Tienen un diametro de 17 milímetros y un peso, entre los dos, de 1,4 gr. Están hechos de dos pequeñas bandas de oro martilleadas de 0,007 mm. de ancho en las que el artesano, después de haber dado una forma panzuda a las pequeñas bandas, las cerró plegando un extremo sobre el otro y las soldó. También aparecieron diez amuletos de oro en forma de paquetes, algunas cuentas de granate y cornalina y unos colgantes de piedra blanca y negra.
De entre las piezas encontradas destacan dos colgantes de oro. El primero de ellos es un novillo (quizás quiera representar al buey Apis), cuyos cuernos se han perdido(n1 cat.53824) tiene un largo de 4cm., una altura de 21 mm. y un peso de 2,5 gr. De su cuello cuelga un amuleto en forma de la diosa Bat. El segundo es un orix (n1 cat. 53825), tiene un largo de 3,8 cm., una altura de 29 mm. y un peso de 3 gr. y tiene un lazo alrededor de su cuello. Ambos fueron repujados en una fina lámina de oro, colocando en su parte posterior una pasta rósea y soldándolo a una lámina lisa. Dos tubitos colocados en la parte superior servían para pasar la cuerda ó colocarlo en un collar.
Otro de los objetos de este ajuar es un collar formado por 24 conchas de oro, cuyo largo es de 1,5 cm. (n1 cat. 53802). Cada una de ellas fue realizada martilleando una fina hoja de oro sobre un molde y repujándola para realzar la forma. En la parte exterior de cada extremidad se soldó diestramente un anillo. Originalmente las cuentas estaban enfiladas en dos tiras y quizás mantenidas en posición por un nudo, pero no queda resto alguno de esa suspensión.
Hetepheres
Reisner trabajó muchos años en la necrópolis de Giza. Durante unas excavaciones de la Expedición Harvard-Boston, dirigidas por él en 1925, se encontró, muy cerca de la pirámide de Jufu (Keops), el segundo enterramiento de la Reina Hetepheres, madre de Keops y esposa de Snefru. Esta segunda tumba ha estado siempre rodeada de algo de misterio ya que se sabe que no fue la última morada original de la reina. Ultimas teorías apuntan que la reina pudo haber sido enterrada en Dashur, cerca de su esposo Snefru. Al ser saqueada la tumba de la soberana, lo que quedaba de su ajuar funerario se trasladó cerca de la pirámide de Jufu y allí fue encontrado por el equipo de Reisner, pero con gran estupor de los arqueólogos, el sarcófago estaba completamente vacío. La sorpresa fue grande y las ideas surgidas, más aun. Una de las últimas teorías es que la momia fue destruída en el saqueo de la primera tumba.
El arqueólogo estadounidense Mark Lehner opina que el primitivo enterramiento de Hetepheres fue la primera de las tres pequeñas pirámides situadas a los pies de la del faraón. Precisamente, después de un proceso de restauración, hace pocas semanas fue anunciada la apertura del monumento para los visitantes.
Entre los objetos que nos llegaron, pertenecientes a la reina, se encontraban los restos de un cofre de madera, forrado exteriormente por unas finas láminas de oro grabadas. De la madera quedaban pocos restos, pero, gracias al revestimiento de oro, se ha podido reconstruir. En su interior se encontraban dos rodillos cónicos extraíbles que servían para guardar veinte brazaletes. Éstos nos recuerdan los del Período Arcaico en el que se utilizó esta forma cóncava y es muy similar a los encontrados en el recinto de Sejemhet. Están formados a partir de una fina hoja de plata sobre cuya superficie la decoración está realizada por piedras pegadas al preciado metal. En esta representación, el lapislázuli ha sido suplido en algunas partes con yeso pintado. El diámetro de las piezas varía, ya que las medidas iban, gradualmente, de 9 a 11 cms. Los dibujos representan unas mariposas esquematizadas y que podemos ver reproducidas en el Museo Fine Arts de Boston, donde se conservan dos de las joyas, (Reg. N1 47.1699-1701). El resto se encuentra en el Museo de El Cairo, colocadas en la caja, tal y como fueron depositadas en el momento del fallecimiento de Hetepheres.
Dama desconocida
Durante unas excavaciones dirigidas por Selim Hassan, en 1931, en la Tumba de Re-uer, situada en el pozo n1 294 de la necrópolis de Giza, apareció la momia de una mujer, adornada con algunas bellas y sencillas joyas. Nada sabemos de esta dama, creemos que, psiblemente, formaba parte de la casa real. Se ha datado en la Dinastía IV y hoy se encuentran en el Museo de El Cairo. En el conjunto había también una diadema de oro, cobre y cornalina formada por una fina tira de oro, con una longitud de 56 cms. y una ancho de 3,8 cms. Ha sido reforzada, en su parte interna, por una hoja de cobre recubierta de oro. En cada uno de los extremos de la banda hay una pequeña perforación por la que pasaba el cordón que servía para cerrar la pieza, seguramente con un nudo en su parte posterior. Fue un tipo de cierre muy común en estos adornos a lo largo de las diferentes dinastías. La decoración nos recuerda las primeras diademas con que se adornaron los egipcios, con motivos florales, en este caso de dos tipos y que hoy denominamos "del barquero". La rosa central que iría colocada sobre la frente, tiene 7,8 cm y está formada por cuatro capullos unidos por una botón central de cornalina. Mientras que las otras dos, situadas a cada lado, lo están por dos haces de papiro, alrededor de una pieza central de cornalina, sobre los que descansan dos ibis. Está expuesta y en perfecto estado de conservación.
El cuerpo de la dama estaba adornado, además, con brazaletes y tobilleras de oro y cobre y lucía un collar de cuentas de oro y cerámica vidriada enfilado en alambre de oro con cierres del mismo material en sus extremos. Tenía también un precioso collar formado por 50 cuentas huecas de oro en forma de coleóptero "Agrypnus notodonta Latr." trabajados en una fina hoja de oro sobre un molde de madera ó piedra y soldándole un anillo en cada extremo. El diámetro total de la pieza es de 16 cm. y el largo de cada cuenta es de 2,7 cm. Los escarabajos están enfilados en dos tiras, una que pasa por los anillos de las cabezas y la otra a través de unas perforaciones situadas cerca de la unión de la elitra con el protorax del insecto, formando así una tira semiflexible. Este insecto, posiblemente fue un antecesor del consagrado a Neit, diosa de gran influencia en las primeras dinastías. El collar no sólo era un adorno sino que también cumplía la función de amuleto situado bajo la protección de una diosa tan importante del panteón egipcio. Hay muchas otras piezas que podríamos estudiar, pero... esa es otra historia. |