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La antecamara
 Corredor de acceso a la antecámara de la tumba.
El espectáculo que pudieron ver a la luz de la linterna los sobrecogió. Aparentemente la cámara estaba repleta de objetos, algunos de los cuales les eran familiares, pero también había otros que les resultaban desconocidos y que se amontonaban unos sobre otros. Los elementos que más llamaron la atención de los descubridores fueron tres camas de madera tallada en forma de animales fantasmagóricos que resplandecían a la luz de la linterna y que proyectaban sombras inquietantes en las paredes. Junto a ellas dos estatuas de madera negra de tamaño natural parecían montar guardia al fondo de la cámara. Ambas figuras llevaban los emblemas de la realeza en la frente, así como una maza y un báculo. Iban ataviadas con faldellín corto y sandalias de oro. Una de ellas lucía el tocado nemes y la otra el afnet, y estaban una frente a la otra, como dos centinelas[1].
Estos fueron los objetos que más llamaron la atención de los miembros de la excavación, pero esta sala, que llamamos Antecámara, estaba totalmente abarrotada de objetos exquisitos: bellos cofres, tronos, uno de ellos de oro, carros, capillas, ramos de flores, y un montón de curiosas cajas o cestas blancas de forma oval.
Pero entre todo ese barullo de objetos funerarios, no descubrieron nada parecido a un sarcófago ni a una momia. La sospecha de que no se tratara de una tumba, sino de un escondrijo, de nuevo se apoderó de ellos. Pero, un nuevo y detenido examen de lo que se podía ver a través del agujero les hizo reparar en que lo que había detrás de las dos figuras de madera negra no era una simple pared, sino ¡otra puerta sellada!. Esto les devolvió la confianza de que efectivamente, habían hallado una tumba[2].
 Lado sur de la antecámara tal como la encontraron Carter y Carnarvon en el momento del descubrimiento.
A pesar de la impaciencia que suponemos atenazaría a Carter, éste decidió no proseguir adelante hasta despejar un poco la antecámara y asegurar los elementos que allí había con el fin de que no se viniera todo abajo, dañándose irreparablemente. Y a ello dedicó todos sus esfuerzos. La inspección directa de los objetos de la Antecámara puso de manifiesto la importancia de lo que habían descubierto. Howard Carter comenzó a calibrar el trabajo que tenían por delante. Allí había tres enormes camas desmontadas, varios carros, tronos, arquetas, capillas, y sobre todo, las inquietantes estatuas negras protegiendo la tentadora puerta sellada.
En esta sala aparecieron algunos de los objetos más conocidos del tesoro de Tutankhamon, tales como son la lámpara de calcita blanca en forma de copa, el exquisito cofre de tapa curva de madera y marfil, en el que se representan escenas de caza y de guerra. El contenido de este cofre estaba en total desorden y consistía en un par de sandalias de mimbre y papiro y una túnica real cubierta de cuentas y lentejuelas de oro. Debajo había otras túnicas doradas, una de ellas con multitud de rosetas de oro cosidas, así como tres pares de sandalias de oro para uso ritual, y un reposacabezas.
 Lado norte de la antecámara con la puerta de acceso a la cámara funeraria sellada y una de las dos estatuas de Tutankhamón.
El mundo de la egiptología debe estar muy agradecido al trabajo que se tomó Howard Carter para vaciar la tumba. No en vano aprendió directamente del minucioso Petrie. Para ilustrar la lentitud con que debieron vaciar la sala, tomemos como ejemplo unas sandalias de cuentas. Imaginemos que al abrir un cofre aparecen unas sandalias de cuentas en aparente perfecto estado, con la suela intacta y el diseño de cuentas en orden. Pero ¿qué sucedería si las tocamos? Pues que los hilos en los que iban enfiladas las cuentas habrían desaparecido hacía muchos siglos, y las cuentas se nos escaparían entre los dedos. Bien es verdad que se podían fotografiar, pero luego habría que tomarse mucho tiempo en volver a componer el diseño (la fotografía entonces tampoco era lo que es hoy en día). Carter empleó para este tipo de cosas el procedimiento de la cera tibia. Esto consistía en lenar un recipiente casi plano con cera que se calentaría sin llegar a derretirla, sino sólo para que se ablandase. Entonces colocaría este “molde” sobre la pieza a fijar, y las cuentas quedarían adheridas manteniendo su diseño y fijadas para que no se perdieran. El trabajo de restauración sería mucho menor, más fiable, y la pieza quedaría perfecta. Utilizó este método para muchas cosas como joyas, pectorales, dalmáticas, túnicas de cuentas, etc. Y gracias a él, ahora podemos ver en el Museo Egipcio de El Cairo el auténtico aspecto que tenían las sandalias o las túnicas del rey, en lugar de tener que conformarnos con ver unos cuencos llenos de cuentas de colores.
Por otra parte debieron idear un complejo sistema de puntales y andamiajes para que al retirar alguna pieza las otras no se precipitaran contra el suelo debido al desorden en que se hallaron. Los objetos estaban apoyados unos en otros en equilibrio inestable.
No sacaban ni un solo objeto sin antes fotografiarlo y describirlo. Para ello Carter ideó un sistema de tarjetas numeradas que colocaba ante cada objeto antes de fotografiarlo para evitar errores al anotar los datos.
 Detalle de los carros depositados en la antecámara.
El trabajo en el “laboratorio-almacén” que instalaron en la tumba de Sethi II debió ser agotador, debido a la gran cantidad de objetos que debieron catalogarse y fijarse antes de su traslado al Museo de El Cairo. Pero Carter se aseguraba de que cada pieza estaba en las condiciones óptimas para resistir la travesía por el Nilo. Para todo ello contó con un selecto grupo de colaboradores entre los que estaban:
| Arthur Mace |
(1874-1928) – Conservador adjunto de arte egipcio del Metropolitan Museum. Ayudó a Carter con el primer volúmen de su obra “The Tomb of Tut-Ankh-Amun”. |
| Alfred Lucas |
(1867-1945) – Químico especialista en conservación arqueológica, y responsable de la seguridad y análisis de las piezas. |
| Harry Burton |
(1879-1940) – Fotógrafo de todo el material de la tumba, que constituye uno de los más valiosos testimonios de esta aventura. |
| Arthur Callender |
(¿ -1937) – Arquitecto e ingeniero. Entre otras, tuvo la responsabilidad de desmontar los grandes féretros y transportalos. |
| Percy Newberry |
(1869-1949) - Profesor de Egiptologia en la Universidad de Liverpool. Especializado en el estudio de las especies botánicas de la tumba. |
| Alan Gardiner |
(1879-1963) - Filólogo. Resulto de mucha ayuda a Carter con los textos, aunque sus relaciones personales eran algo tensas. |
| James H. Breasted |
(1865-1935) – Fundador del Oriental Institute de Chicago. Historiador. |
 Howard Carter y A. R. Callender protegiendo una de las estatuas de Tutankhamón para su traslado al laboratorio de la tumba de Seti II.
En el relato que hace Howard Carter del descubrimiento puede apreciarse el respeto que sintió al poner el pie en aquel lugar, donde nadie había pisado en 3.000 años. Cuenta cómo la observación de algunos detalles le causó un tremendo impacto, como por ejemplo ver un cubo con argamasa de la que se utilizó en el sellado de la segunda puerta, al igual que la huella de unos dedos en el estuco de ésta. Las huellas de pies descalzos en la arena del suelo también le hicieron reflexionar. Ciertamente debió ser un momento inolvidable. Por el aspecto caótico que presentaban los 600 ó 700 objetos que había en la Antecámara, dedujeron que el mobiliario se había recolocado al menos en dos ocasiones, que pudieron coincidir con los dos robos de que la tumba fue objeto en la antigüedad. La Antecámara era una pieza rectangular, y todos los elementos que había en ella se encontraban pegados a las paredes, dejando una especie de pasillo que llevaba a la pared custodiada por las estatuas. Pero creemos que ya ha llegado el momento de ver qué era lo que tan celosamente guardaban estos dos centinelas.
[1] Se han encontrado otras estatuas de este tipo en otros enterramientos. Y una de ellas (British Museum EA 882) tiene una curiosa característica, y es que el faldellín estaba vaciado por dentro y tenía un hueco suficiente para contener un papiro. También en las de Tutankhamon se había practicado este vaciado del faldellín. El hueco se había tapado con una piedra recubierta de yeso dorado. Esto hizo albergar esperanzas a los excavadores sobre el posible hallazgo de un papiro o algo similar, lo cual resultó falso, puesto que nada se halló.
[2] Antes de proseguir con el relato, debo advertir al lector que Howard Carter y su equipo emplearon 10 años en vaciar la tumba. Realizaron un minucioso trabajo que consistió en fotografiar, catalogar, fijar y sacar los objetos uno a uno, almacenándolos en un “laboratorio” que improvisaron en la cercana tumba de Sethy II, antes de ir remitiéndolos al Museo del Cairo. Incluso se cribó la arena del suelo para no perder ni la más mínima cuenta de vidrio que hubiera podido caer. A lo largo de este artículo iremos explicando los métodos que utilizó Carter y las dificultades que tuvo que afrontar para conseguir que se recuperaran todos los objetos de la tumba.
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