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La cámara sepulcral
Una vez la antecámara estuvo lo suficientemente expedita como para que los objetos que quedaban no peligrasen, se dispusieron a ver qué había tras la tercera puerta sellada. Esto sucedió el día 17 de Febrero de 1923. (Aunque, al parecer, Carter y Carnarvon ya habían entrado con anterioridad en esta cámara para ver su contenido y evitar el ridículo el día de la apertura oficial).
Carter se dispuso a practicar un agujero en esta pared. A los diez minutos de trabajo, el agujero era lo suficientemente grande como para introducir por él una luz eléctrica.
“Esa luz reveló una visión asombrosa, allí, a menos de un metro de la puerta, obstruyendo la entrada de la cámara hasta donde alcanzaba la vista, se alzaba lo que tenía todas las apariencias de ser una pared de oro macizo...”
Esa fue la primera impresión, aunque, naturalmente, no se trataba de una pared de oro, sino de la primera de las tres capillas funerarias que contenían los sarcófagos del rey. Pero esto sólo se pudo apreciar cuando toda la pared de separación con la Antecámara fue derribada.
 Carter y Carnarvon desmontando la puerta sellada de acceso a la cámara del sarcófago.
Esta enorme capilla sin duda se había ensamblado dentro de la tumba, ya que su desmesurado tamaño no había permitido su paso por la escalera. Era una capilla rectangular, de madera recubierta de chapa de oro, y su forma tenía gran semejanza con el pabellón de la fiesta sed. Sus laterales presentaban pilares dyed y nudos tit.
Al acceder a la cámara funeraria pudieron apreciar que la distancia entre la capilla y las paredes de la sala era apenas de unos 60 cm. Esto casi no dejaba hueco para poder pasar una persona. Al acceder a esta cámara vieron diversos objetos esparcidos por el suelo, entre ellos dos piezas de collares anchos que los ladrones abandonaron en su huida. Además en uno de los estrechos corredores había once remos mágicos colocados en el suelo, todos en el mismo sentido. Igualmente aparecieron dos fetiches de Anubis (Imyut), guardián de la Necrópolis, jarras de vino, una trompeta de plata y un conmovedor ramo de olivo y persea.
Cuando los arqueólogos se pusieron ante la puerta del enorme catafalco dorado, situada en la cara este, vieron con desilusión que los sellos habían sido rotos en la antigüedad, por lo que sólo hubieron de descorrer el cerrojo para poder abrir la capilla. Al hacerlo, ante ellos apareció un armazón de madera de la que pendía un sutil velo con margaritas de bronce cosidas. El peso de las margaritas había acabado por rasgar la tela amarilleada por los siglos.
 Puerta de acceso a la cámara del sarcófago donde se puede ver la primera de las capillas doradas.
Al retirar el velo de las margaritas, apareció una segunda capilla con picaportes de ébano que no habían sido abiertas desde el entierro. Así parecía ponerlo de manifiesto las cuerdecillas que unían dos anillos de bronce en los bordes que unían ambas puertas, y las improntas de los sellos de barro, que presentaban su ligadura intacta. Esta segunda capilla tenía forma de los antiguos sepulcros del Alto Egipto (Per-wer) y no estaba decorada con cenefas de signos, sino con verdaderas escenas de genios funerarios y divinidades, así como con gran cantidad de textos jeroglíficos. Entre ambas capillas aparecieron de nuevo exquisitos objetos intactos, de entre los cuales destacamos dos recipientes de calcita de formas sorprendentes.
Uno de ellos era una representación de la “Reunión de las Dos Tierras” (sema-tawy) en la que dos genios con las plantas heráldicas (lotos y papiros) en la cabeza atan los tallos de estas plantas alrededor del cuello del vaso. El aspecto de este vaso es el de una filigrana hecha de tallos trabajados en calcita traslúcida.
 La capilla dorada vista a través de la puerta de acceso a la cámara funeraria.
El otro es un vaso de forma cilíndrica sobre cuya tapa reposa un león que saca su lengua roja fuera de sus fauces. El cuerpo cilíndrico muestra escenas de caza y las patas del vaso representan cabezas asiáticas y africanas.
Tras esta segunda capilla aparecería otra, también con forma de Per-wer, y con los sellos también intactos. También era de madera recubierta de una gruesa lámina de oro. Igualmente en el hueco entre ambas iban apareciendo nuevos y maravillosos objetos. En este caso el más importante era un largo abanico, cuyas plumas se habían reducido a polvo con el paso de los siglos. No obstante el soporte donde debían ir las plumas era de madera recubierta de oro y tenía unas magníficas escenas de caza del avestruz. También aparecieron arcos y flechas.
 Howard Carter desmontando el techo de la primera de las cuatro capillas que protegían el sarcófago de Tutankhamón.
Llegados a este punto, quizás los excavadores debieron pensar que aquella tumba era como las famosas muñecas rusas que se encajan una dentro de otra, porque ya llevaban cuatro capillas y no había el menor indicio de sarcófago. No obstante siguieron adelante.
 Carter y Callender levantando una sección del techo de la primera capilla para transportarla fuera de la tumba.
Pero, al parecer, cuatro capillas doradas, un velo con margaritas doradas y un sarcófago de piedra no eran suficientes para contener la momia de un rey, y aún les esperaban mayores sorpresas.
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