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Reflexión final
Tras habernos adentrado en lo que hasta la fecha ha sido uno de los mayores descubrimientos arqueológicos de la historia de la Egiptología, no debemos dejar de agradecer a Howard Carter y a los miembros de su equipo la minuciosidad, el cariño, la paciencia y la profesionalidad que mostraron durante el vaciado de la tumba. Quizás en manos de excavadores menos escrupulosos, la tumba no habría resultado tan fructífera.
De forma deliberada evito dar demasiada importancia al asunto de la maldición, puesto que personalmente creo que no hay nada de cierto en ello. Sólo unas cuantas casualidades, y las ansias de misterio y romanticismo de la época del descubrimiento dieron pie a esta leyenda. La mayoría de los componentes de la expedición murieron muchos años después. El mismo Carter murió 17 años después del descubrimiento, con 65 años. La muerte fulminante de Lord Carnarvon está más que explicada. En aquel entonces, cuando aún no había antibióticos, la picadura de un mosquito que se infectara podía acabar con la vida de una persona. Al igual que la gente moría de apendicitis, y no se buscaba ninguna maldición para dar explicación a este hecho.
Sí es cierto que en las tumbas existen textos avisando a los posibles saqueadores de los tremendos castigos divinos que caerán sobre ellos si violan la paz de los sepulcros, al igual que hay fórmulas para animar a las gentes futuras a hacer ofrendas por el ka del difunto. Pero de ahí a que cualquiera de ellas funcione, va un trecho muy largo. Hablando científicamente, no podemos dar credibilidad a la teoría de la maldición.
Y la paradoja final. Hemos hablado de un faraón ignorado, que ni siquiera aparecía en algunas listas reales, cuyo reinado duró apenas nueve años, que murió de manera prematura y que, según parece, fue enterrado con demasiado apresuramiento en una tumba que no reunía los requisitos para albergar a un rey. Pues bien, la paradoja es que, si bien se le enterró con prisa, su exhumación se realizó con toda la paciencia y cuidado que el más importante de los reyes hubiera merecido. Diez años de minucioso trabajo hicieron que los tesoros contenidos en la tumba de Tutankhamon lucieran en todo su esplendor, asombrando al mundo entero. Y por ello, le cabe el honor de seguir reposando en su tumba nº 62 del Valle de los Reyes, en el mismo lugar donde lo depositaron los sacerdotes para aguardar la inmortalidad. Ahora, ya la ha conseguido.
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