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La nutrición y hábitat, su relación con la enfermedad y muerte del hombre egipcio. (1ª parte) Imprimir E-Mail
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Sección de Medicina
Escrito por Manuel Juaneda-Magdalena   
Publicado el miércoles, 01 de junio de 2005
Modificado el martes, 24 de octubre de 2006

Artículo del mes en el Boletín Informativo de AE (BIAE) Año III - Número XXIV - Junio 2005

1.-Introducción. La nutrición y hábitat, su relación con la enfermedad y muerte del hombre egipcio: ¿una visión realista?

 “(…) El niño en los brazos de su madre,

su deseo es que lo alimente.”

…Cuando encuentra su habla, dice: Dame pan.” (De las Instrucciones de Ani) (Lichtheim M, 1.976) 

De la observación de las conquistas culturales y arquitectónicas en el Antiguo Egipto se pueden colegir conclusiones un tanto desviadas de la realidad, porque no todo era exceso y dispendio para relajación del cuerpo y del alma. El eterno paraíso nilótico era un espejismo no exento de exigencias y esfuerzo para el día a día de los más desfavorecidos: una inmensa parte de la población egipcia. La realidad que vivía la familia campesina era tantas veces triste y cargada de monotonía, alejada del boato del rico hacendado y del cortesano que disfrutaba de viviendas amplias y mejor saneadas. En el aspecto sanitario, la situación era más dura si cabe, porque al país del Nilo, a sus habitantes en la inmensa generalidad de los casos, les acechaban toda serie de amenazas que no siempre venían del enemigo humano exterior.

Por tanto, conviene hacer un esfuerzo de reflexión para no caer deslumbrados y encandilados por el atractivo de tan brillante civilización, pues, el país, tenía tanto de paraíso atractivo y bíblico como de engañoso y taimado. No obstante, el escaso atractivo del hábitat y de la vivencia humana entre las gentes del populacho no impedía que una masa ingente y variada de insectos, roedores, arácnidos y ofidios, entrara huyendo del fuerte calor del mediodía buscando el prometedor cobijo hecho del humano. Entre tanto, las plagas y pestes hacían su excursión periódica diezmando por doquier la población y las cosechas de ésta: la langosta, la oropéndola, el gálgulo, etc. Qué poco tenían que envidiar en mortandad a las provocadas durante el medievo europeo.  

Y es que aún más, si cabe, el hombre se encargaba de hacer la vida más peligrosa con los desperdicios y la contaminación que provocaba y que arrojaba en canales, acequias, charcas inmundas que se colmaban y se recriaban al lado de aquellos elementos de la fauna microscópica que influía tan negativamente en la salud. Las aguas, con frecuencia, eran poco saneadas y potables salvo en núcleos urbanos importantes en donde se han podido descubrir redes de canalización (Lahun, por ejemplo), por tanto de sospechosa procedencia; excepto que aquéllas procedieran de las claras y frescas corrientes del Nilo. Tan siquiera una buena alimentación podría paliar la ignorancia de estos temas.

Los parásitos anidaban como hoy en día con tremenda virulencia bajo múltiples formas en el seno de sus aguas. Porque todos los protagonistas de nuestra escena fluvial tienen un denominador común en comparación con sus descendientes que mantienen el contacto continuado con las insalubres aguas y poco saneadas de los ríos africanos. Todos estos elementos son unos eslabones íntimamente engarzados de una cadena biológica. Todos: hombres, animales, y en definitiva el agua, conforman una unidad sin la cual  nunca se tendría visión suficientemente amplia de la realidad global de la vida en el Antiguo Egipto. (Juaneda-Magdalena M, La Esquistosomiasis. Una plaga en Egipto).

En el Antiguo Egipto la esperanza de vida rondaba en torno a los treinta y cinco años, treinta y nueve para los hombres y treinta y cinco para las mujeres. La fertilidad de estas últimas, comportaba, un déficit en la esperanza vital de la madre y el niño que se compensaba con la superación de la muerte durante el parto, cuando aquellas madres lo conseguían, veían igualar a la de los varones e incluso a superarla. (Harer WB, 1.993)

El ideal de la longevidad al que únicamente llegaban los hombres tocados por la bendita mano de la sabiduría y de la fama era de 110 años. Sólo uno entre un millón consiguieron el privilegio de tan elevada edad. Y los que lo hicieron merecieron el honor de la veneración, de la deificación, y de la distinción postrera. 

“Hay un burgués cuyo nombre es Dyedi, que vive en Dyesnefru. Es un burgués de ciento diez años.” (Un prodigio bajo el reinado de Keops. El mago Dyedi; un cuento del papiro de Westcar) (Lefebvre G, 2.003). 

Algunos datos permiten dar una estimación de que la esperanza de vida en el nacimiento es difícil de realizar por la observación de los restos en los cementerios egipcios sobretodo en la edad infantil porque en muchos hay una ausencia sustancial de esqueletos de niños y adolescentes. La aparente mejoría vital con el incremento de la producción agrícola estuvo en sintonía con el aumento de la expectativa de vida en las épocas dinásticas (Estes Worth J, 1.989).

2.- Hipótesis

¿Se puede por tanto comprobar si las condiciones de salubridad e higiénico-alimentarias, cualitativamente deprimentes marcaron un pesado gravamen en las condiciones de vida de la población nilótica?

3.- Discusión

Un sistema organizativo guiado por una mentalidad burocrática para la provisión de alimentos

Los clásicos nunca se cansan de expresar que Egipto fue siempre un padre generoso con sus hijos. Poco más sería si el país no hubiese seguido un orden organizativo, propio de una sociedad agraria mejor estructurada según un sistema de funcionarios estrictamente jerarquizado, basado en una provisión de fondos y bienes procedentes del erario estatal en donde habían sido acumulados los excedentarios recopilados por una eficaz recogida de impuestos. En todo este organigrama el escriba jugaba un papel fundamental en la estructura organizativa de distribución de alimentos en Egipto. (Husson G, et Valbelle D, 1.998; Trigger BG et BJ Kemp, 1.997; Perdu O, 1.998; Piacentini P, 1.998). Conviene poner en claro que en el templo y en las fundaciones templarias –importantes centros agroalimentarios-, como en los tiempos de las ciudades en torno a las pirámides de las primeras dinastías, dependientes de las necrópolis reales, se creó, se mantuvo y se incentivó un emporio de riqueza económica sin parangón con otras civilizaciones de su área geográfica. Toda esta situación se dio al comienzo, durante, y pervivió hasta el final del dominio faraónico. En la sociedad faraónica, por la importancia de los alimentos se deduce cómo eran elementos de permuta -además de otros- esenciales en una economía basada en el trueque, y cómo no, también de los pagos del estado por un servicio realizado. (Husson et Valbelle D, 1.998; Trigger BG et B, J. Kemp, 1.997).

La nutrición y hábitat,  su relación con la enfermedad y muerte del hombre egipcio: ¿una visión realista? (1ª parte)

De tal modo que, el sistema perduró intacto a lo largo de los siglos desde las épocas predinásticas hasta la administración romana cuando al país se le conocía como “El granero de Roma”; de esta manera, se proveyó a aquél con pericia de los alimentos necesarios. La organización también sirvió para solventar con autosuficiencia mediante una bien provista red de regadíos, técnicas de riego (shaduf y la más tardía noria). Con los conocimientos de agrimensura y de canalización de las aguas se aprovecharon y  se controlaron las crecidas anuales del río. Los excesos o los defectos de las riadas constantes y cronométricas del Nilo –tan impredecibles- desde el inicio de la civilización anunciadas por el orto de la estrella Sirio en el oriente marcaba el comienzo de la elevación de las aguas y el año Sotiaco. (Gardiner A, 1.994). Por tanto, se puede decir sin ánimo de caer en conclusiones simplistas o demasiado optimistas que en general el egipcio no pasó el hambre que depauperó a otras civilizaciones.

3.1.-El hábitat y la vivienda

Se asentaba la mayoría de la población sobre núcleos pequeños dispersos en las márgenes del río, era eminentemente rural, a excepción de las grandes ciudades que concentraban la riqueza, el poder político y religioso, focos de irradiación cultural antiguos desde los comienzos de la civilización (Menfis, Tebas) o en sitios donde se encontraron trazas de urbanización (Amarna, Lahun); y asentamientos de privilegio, muy especiales, como Deir el Medina para los artesanos que construyeron las tumbas de los reyes del Reino Nuevo. Habitualmente, las casas eran construidas de ladrillos de adobe secado al sol, de piso hecho de barro pisado y mezclado con paja; eran exiguas, compartimentada por habitáculos raquíticos; ventanas de vanos estrechos para impedir la luz diurna pero inútiles para la ventilación de los humos; hacinadas; separadas por callejuelas sucias, intrincadas, donde convivían los hombres, mujeres, niños; y animales, en muy estrecho contacto con los desperdicios propios, de los animales domésticos, de roedores y reptiles ponzoñosos.  

La nutrición y hábitat,  su relación con la enfermedad y muerte del hombre egipcio: ¿una visión realista? (1ª parte)

El campesino es el sufrido protagonista anónimo de esta historia tremenda de sufrimiento, de angustia diaria; de la opresión ancestral del fisco o bien del amo, cuando no también de la corvea arbitraria; al cambio de un mero salario de subsistencia que ni siquiera le serviría para no salir jamás de la pobreza; de la enfermedad; era el que más trabajaba, pero el que menos aporte alimentario recibía, y sin embargo, el que más lo necesitaba (Donadoni S et al, 1.990; Cimmino F, 1.991).

“Un pequeño haz de espigas al día. Por esto trabajo yo.”

(Tumba de Petosiris, 51-52)

3.2.- La alimentación diaria

El valle del Nilo proveía al hombre de los requerimientos básicos para la supervivencia. Fue una fuente inagotable de agua fresca y pura que paradójicamente era más abundante cuando el calor del estío era más fuerte, fenómeno que originó tal sorpresa y admiración, que suscitó un enorme interés por la comprensión del entorno. La provisión de alimentos era bien rica y abundante además de variada que en potencia cubría las exigencias máximas para una nutrición satisfactoria. De entre los que la cebada y el trigo, ambos, fueron elementos primordiales; los primeros en el cultivo del hombre del neolítico egipcio. En suma, la ingesta diaria de comida durante el período dinástico estaba entre 480 y 576 gramos comparable con la de la moderna América latina. (Reeves C, 1.992; Estes Worth J, 1.989).

¿Cuáles eran los alimentos que llenaban la mesa del hombre egipcio?

3.2.1.-La buena mesa

Si se quiere por tanto conocer el ideal de una buena mesa -nunca para cualquier egipcio- baste con mirar el volumen y la variedad de los alimentos que se disponen sobre una mesa funeraria de ofrendas. La forma de preparación de los alimentos cocidos o asados, con salsas o sin ellas, aliñada o no, no desmerecería la exquisitez y el paladar exigente de un “bon vivant” o del “gourmet” más selecto de los tiempos modernos. Se ha de volver al escenario de las tumbas de los “Grandes” para ver como los cocineros se afanan en la labor de descuartizar (la tumba de Idut, VI dinastía, Saqqara; Tumba tebana de Najt de la dieciocho dinastía; entre cientos), de sazonar, o de salar los variopintos productos cárnicos o de volatería para su ingesta inmediata o su preservación. Para la preparación posterior de los ricos platos que la antigüedad supo reconocer en la cocina egipcia, cocina que como todo lo egipcio dejó también una áurea de prestigio (Wilson H, 1.989). El descubridor italiano Ernesto Schiaparelli (1.906) encontró la tumba (TT8) de un arquitecto en Deir el Medina llamado Ja. En su tumba, entre otras cosas, había un innumerable grupo de artículos de consumo que denotaban vestigios de la gran prosperidad económica que gozó cuando vivía. Lo más destacable, lo que más interesa, eran sus alimentos más predilectos, una serie de mesitas de fabricación rústica repletas de verduras, algarrobas machacadas, rebanadas de pan; y ánforas que contenían vino, uvas, carnes en salazón -además de otras carnes como la de pato-; y otros ingredientes culinarios, algunos pensados para un buen y exigente paladar (comino, enebro). Lo indispensable para alimentar al difunto en su larga travesía al otro lado (Reeves N, 2.001).

3.2.2.-Los alimentos de la tierra y del aire

La gente del pueblo llevaba a sus estómagos una dieta básica calórica, muy monótona, procedente de los hidratos de carbono, trigo (Triticum dicoccum) para el pan; y de cebada (Hordeum vulgare) para la cerveza. Estos productos se deglutían varias veces al día. La carne en salazón o secada a la intemperie (vacuno, cerdo, oveja, cabra), especialmente, y aún más la caza -volátiles de tan alta estima para el noble-, y el pescado en menor medida, eran un lujo del que apenas podían disponer y disfrutar la inmensa mayoría de los egipcios, y una fuente de proteínas asequible para la población aunque no exenta de tabúes religiosos para una minoría (Filer J, 1.995; Sánchez Rodríguez A, 2.004).  

La leche y el queso, los huevos, la miel de abeja, el principal edulcorante de entonces; y algunos productos vegetales y legumbres en general: guisantes (Pisum sativum), lentejas ( lens culinaris ) habas (Vicia faba), garbanzos (Cicer arietinum), etc.; y vegetales: apio (Apium graveolens), cebollas (Allium cepa), puerros (Allium porrum), lechuga (Lactuca sativa), rábanos (Raphanus sativus); pepinos, (Cucumis sativus); ajos, (Allium sativum); berzas, (Brassica oleracea); o frutos: granadas, (Punica granatum); dátiles, (Phoenix dactylifera); melones, (Cucumis melo); sandías, (Citrullus lanatus); manzanas, (Malus sylvestris);  uvas, (Vitis vinifera); higos, (ficus carica, figus sicomoro, etc.); y un sinfín de variedades de productos hortícolas, o de producción natural, como el papiro, (Cyperus papirus y esculenta); o el loto, los cuales también eran comestibles; y de otros que sería innecesario citar por inabordable, y de los que el lector se puede hacer una idea muy amplia con la mención de los antedichos que formaban parte de la alimentación, si bien, se desconoce la frecuencia de la ingesta. De la caza de volátiles también se abastecía la buena mesa;  del cuidado de la cabaña vacuna, caprina, bovina, etc.; del cebado de las aves de corral (Tumba de Kagemni, VI dinastía; Saqqara). Todo se recopilaba y se distribuía con detalle y eficaz rendimiento (Brewer DJ, Redford DB, et al; Manniche L, 1.999).

3.2.3.-Los alimentos del río

De la abundancia de alimentos de origen fluvial quedó constancia en el arte funerario, claro que siempre se retrataba el ideal de una buena mesa porque si al difunto le escaseara el alimento real, por negligencia  de los vivos, siempre quedaba el recurso de lo figurativo; la magia haría el resto. Las paredes tumbales están repletas de bellísimas ilustraciones, de pasajes de pesca con variopinta cantidad de especimenes de río de toda clase: el Lepidoto, Barbus binni; el Oxirrinco (pez elefante), Mormyrus Kannune, M. oxyrrhynchus; Bolti, Tilapia nilótica; la Perca nilótica, Lates Niloticus; el Mújol, Mugil cephalus; y entre otras variedades, el Siluro; además el pez gato, el Synodontis Betensoda, estuvo relacionado con la maternidad y los niños como consecuencia de su fertilidad (Castel E, 1.999). Sin duda, un fiel reflejo de los alimentos del vivo.

3.3.- Las Hambrunas. Un testimonio histórico

Existe el conocimiento y la documentación de épocas de hambruna y escasez de alimentos a lo largo de la historia egipcia y en todas las dimensiones de su geografía. Es bien conocida la dependencia estrecha de aquellas difíciles circunstancias con el caudal nilótico. Como lo es igualmente la frase de Heródoto de que Egipto es un don del Nilo. De forma literaria -la estela de Sehel- aunque de período tardío, cuenta una historia supuestamente real, de una hambruna que asoló Egipto en tiempos del mítico faraón Dyeser (Reeves C, 1.992).

La nutrición y hábitat,  su relación con la enfermedad y muerte del hombre egipcio: ¿una visión realista? (1ª parte)

Pero también los períodos intermedios o los cambios dinásticos traumáticos, de incertidumbre a la postre, registraron algunos momentos de debilidad económica y de desgobierno que repercutieron en la carestía de abastecimiento de víveres. La hambruna se cebó siempre entre los más humildes. No obstante, debieron ser momentos extraordinarios, poco frecuentes, porque aparte de éstos, el hombre egipcio disfrutó de una cuantiosa provisión calórica, en tanto en cuanto que, si un agricultor dispusiera de un campo de 20 aruras podría alimentar a un número igual de personas y eso sin tener en cuenta las obligaciones fiscales o las pérdidas de las cosechas por parásitos (Sánchez Rodríguez A, 2.004; Nunn JF, 1996). 

En las paredes de los templos o en los viaductos funerarios que comunican los templos del valle con el de la pirámide -Calzada de Unas en la necrópolis de Saqqara, E 17381, Louvre, París; (Drioton E); o en las tumbas de ciertos nobles –Anjtyfy, El Moalla-; o en aquellas donde se ven algunos boyeros caquécticos representados en las tumbas de Meir (Blackman A M). En todas ellas, por citar las más conocidas, se pormenoriza en detalle sobre ciertas épocas de crisis en el abastecimiento de alimentos. Sin más rodeos, en la biografía de Anjtyfy el “Bravo”, durante el Primer Período Intermedio (Serrano Delgado, 1.993; Lichtheim M, 1.973) se enseña los aciagos momentos de penuria alimentaria por los que debieron pasar los hombres de aquellas remotas épocas. También demuestra el interés no exento de un ápice de soberbia con que algunos personajes o instituciones hicieron gala –como ha quedado reflejado documentalmente- de proclamar a la posteridad el mérito por haber mitigado el hambre de una determinada región o nomo que estuviera bajo su administración:

(…) He alimentado a los nomos de Hierakómpolis, Edfú, Elefantina y Ombos…Todo el Alto Egipto se moría de hambre, hasta el punto de que todo hombre se comía a sus hijos. Pero yo no permití que nadie muriera de hambre en este nomo.

Y es que a consecuencia de la carencia alimentaria o por el temor a que sucediera causó tanta desazón en la conciencia religiosa del egipcio, hasta tal punto, que transcendió a la literatura religiosa y sapiencial como quedó patente en -Las admoniciones del sabio Ipuwer- cuando en éstas se describen los momentos de carestía en el seno de los cambios revolucionarios que surgieron con el declive del Imperio Antiguo (Serrano Delgado, 1.993). (Lichtheim M, Vol. I, 1.973)

(…) Mirad las mujeres nobles vagan hambrientas. (Las admoniciones de Ipuwer- del Primer período intermedio)

Durante una huelga, la primera en la historia de la que se tiene constancia, que ocurrió a finales del reinado de Ramsés III (año 29), los salarios de los trabajadores de la tumba real (Deir el Medina) empezaron a sufrir la merma del suministro diario de bienes y alimentos como remuneración de su trabajo en la construcción de la tumba del faraón. Como ya transcurrieran varios días de retraso, cuentan las crónicas que después de una serie de infructuosas reclamaciones, el clamor de la protesta se alzó hasta los oídos de las autoridades que por fin  se avinieron a recibirlos.

“¡Impulsados por el hambre y la sed hemos venido! No tenemos ni vestidos, ni aceite para ungir, ni pescado, ni legumbres. ¡Escribid al faraón, nuestro buen señor (…) y escribid al visir, nuestro superior!” (Grandet P, 1.993)

Por eso no ha de extrañar que el trabajador común, el más humilde de los hijos del Nilo, no dejara de lamentarse del infortunio por el escaso aporte de víveres para el consumo familiar. En la Sátira de los Oficios que pondera en su justo término la dicha del oficio de escriba en detrimento del resto de las ocupaciones laborales, se dice del  oficio de carpintero:

“El alimento que da a su familia…

No es suficiente para sus hijos”. (Lichtheim M, Vol. I, 1.973)

Ni por déficit calórico proteico ni por exceso, ninguna de estas posibilidades puede compatibilizarse con la buena salud tal como se entiende en la época actual. Pero, no obstante, por lo visto, el exceso de peso no tenía el mismo sentido peyorativo. Es esta la razón por la que ha de detenerse uno en el siguiente apartado.

 
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