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Artículo del mes en el Boletín Informativo de AE (BIAE) Año III - Número XXV - Julio 2005
3.4.-La obesidad. Los excesos de la buena mesa
La obesidad no es un trastorno alimentario moderno, hay razones muy evidentes para sospechar que debió ser bastante frecuente en el Mundo Antiguo; razón por la que el arte egipcio de modo singular provee de abundantes testimonios, pero también porque el estudio de los restos cadavéricos ayudan a confirmarla.
La obesidad anuncia en el Antiguo Egipto unas veces el rango social elevado cómo ya se ha dicho, ¿pero también indica la idea egipcia aproximativa de cómo serían uno de los signos de salud? Lo que si es cierto, es que la contemplación del obeso produce una sensación de sosiego, de plenitud vital y social, de haber alcanzado una vida fácil y acomodaticia en el espectador, pero también aporta el más excelso simbolismo que se constata en las figuras andróginas de los genios de la fertilidad. La plenitud de la edad avanzada se anuncia a veces por medio del sobrepeso. Es más difícil, encontrarla en sujetos de rango inferior (el campesino o en el artesano) en los que la desnudez magra de los cuerpos conseguida por causa del exceso del ejercicio de la rudeza de la vida cotidiana es más frecuente.

La dieta diaria era entonces abundante, de calidad, variada; y en el segundo aspecto, muy bien equilibrada entre la gente pudiente. De tales virtudes, dejan firme constancia las finas figuras y siluetas de los nobles y funcionarios, pero también el exceso en el aporte calórico cebó y embutió en grasa, el cuerpo de los propietarios de las estatuas de escribas –mayormente- con sus pliegues adiposos redundantes contorneando un cuerpo sin cintura y que sobrepasan las ingles; y las caras redondas del escriba que como el sacerdote lector Kaaper “-El alcalde del pueblo-” o las de los ciegos que tañendo el arpa en las escenas funerarias como la del ciego-cómo ya se ha comentado- que porta una obesidad mórbida en el relieve de Neferhotep (Leca, 1.988) que resulta impresionante (Reino Medio, AP 25, Rijksmuseum van Ouheden), quedaron inmortalizados por paradigmas de su propia realidad física. O la generosidad de formas de un Idu (Recents Discoveries at de the Giza, 1.925) sobresaliendo desde la pared de su mastaba de Giza; o la obesidad esteatopígica (Ghalioungui P, 1.949) de la reina del país del Punt -ambos personajes vivieron y ejercieron las ocupaciones con el relajo y la comodidad propios de una vida sedentaria; pero también es un fiel ejemplo el vientre batracial que no sólo no tiene el prurito de disimular sino que parece bien orgulloso de mostrarlo en la estela del Staatliche Museo de Berlín donde aparece con su esposa Taheri, el que fuera el escultor del faraón Ajenatón: Bek (Giugliano D, 2.001).
Y es que el oficio, en un sentido ya se ha citado, sobretodo en ciertas profesiones sedentarias (el músico, el portero de una hacienda, etc.; actualmente enmarcadas entre las liberales) suelen ligarse igualmente a la obesidad. En otras ocasiones es una enfermedad específica -la ceguera- la que la acompaña como si tal minusvalía pujara en el sujeto la tendencia al sedentarismo, cosa evidente, y con ello al aumento ponderal. Como se ha dicho los ejemplos son abundantes. La estatua del escriba Mentuhotep (Louvre, A. 123) enseña una obesidad discreta, y tres pliegues adiposos debajo de unas mamas hipertrofiadas. La estatua de Sebekemsaf; de la larga túnica ceñida al máximo debajo del surco inframamario, se realza a modo de corsé la mama masculina (nº 5.801, Kunsthistorischen Museum de Viena). Los músicos que tocan instrumentos en la tumba de Nebamon (TT 65) que fueron copiados de ella por Denon; son auténticas mamas femeninas que cuelgan de sus tórax. Es obligado destacar la famosa estatua sedente del orondo pariente de Keops (Hemiunu), arquitecto de la gran pirámide de Giza, actualmente en el Museo de Hildesheim (1.962) donde se le ve sentando en sus contundentes y principescas posaderas (Manniche L, 1.997; Leca, 1.988).

Al faraón se le representa sin embargo tan apuesto y atlético ante los dioses porque un cuerpo deforme por el exceso de grasa rompería con el decoro debido y la etiqueta obligada por el respeto; como sucede con los armoniosos de las damas cortesanas, de bustos firmes, y cadera estrecha, que denotaban no sólo una inclinación por un ideal estético de la mujer egipcia, sino también una invocación por el deseo, el gusto y la devoción de presentarse armónicos ante las divinidades, aunque en la vida real ya no poseyeran las fisonomías proporcionadas de la juventud.
Pero como en todo hay excepciones, y no podría ser otra que la protagonizada por la impactante personalidad de un Ajenatón. Un individuo del que se han dicho tantas cosas, colocadas tantas etiquetas sobre patologías abigarradas y extrañas; por lo que la de la obesidad tampoco ha de faltar en el ya enorme listado de enfermedades que se le atribuyen. Así pues, el fundador de la Paleopatología (Ruffer) no vaciló incluso en señalarlo como portador de una obesidad mórbida; donde otros pensaron que tenía una lipodistrofia progresiva (Risse GB, 1.971).
También, fueron grandes obesos Amenhotep III y Ramsés III, Menerptah ¿qué extraño, verdad?, no obstante, por qué queda tan lejana esta irrealidad fisonómica de las finas siluetas que los visitantes admiran en sus respectivas tumbas reales. La obesidad fue una enfermedad extremadamente predispuesta y frecuente entre algunas familias dinásticas como los Ptolomeos; así se decía que la padecía el segundo y su hermana Arsinoe III; Ptolomeo IV, un rey tan licencioso incluso para la moral disoluta de la época, que languidecía en soporíferos sueños su enorme masa corporal; el abdomen de Ptolomeo VIII de tan voluminoso que era, que, le incapacitaba para andar porque sobrepasaba la amplitud de la circunferencia de dos brazos extendidos, y para cubrirlo vestía una larga túnica hasta los tobillos y las muñecas; su obesidad fue recogida en un poema del griego Constantino Cavafis:
“Most obese, slothful Ptolemy,
Physkon (large bubble) and due to gluttony somnolent…”
Ptolomeo X Alejandro I, igualmente, necesitaba del auxilio de dos hombres a cada costado para caminar (Michalopoulos et al.2.003). Como consecuencia de la obesidad, la arteriosclerosis generalizada, una de las consecuencias de ésta, (ya lo era entonces como ahora) fue un hallazgo muy frecuente en los cadáveres de estos personajes (Ramsés II, Menerptah, Tiy) (Willerson JT et Teaff R, 1.995; Magee R, 1.998).
3.5.-La ofrenda alimentaria del difunto: fiel reflejo de la dieta diaria del viviente
Desde las representaciones halladas en el arte funerario egipcio (tumbas y sarcófagos, etc.) el estudioso y el curioso que se acerca desde otra dimensión a esta cultura, podrá observar como ante el difunto se colmaban las mesas de ofrendas de montones de alimentos de todo tipo, origen y naturaleza; de viandas de vacuno, cordero o de volatería; pescados, panes de formas caprichosas que se confeccionaban en moldes que les prestaban formas y diseños muy variados; de productos de origen vegetal procedentes de las fincas que les proveían de frutas y hortalizas de extraordinaria prestancia y sabor; de aceites, de clases diversas de los que se destacan los procedentes del árbol de moringa; de vinos de vid o de palma; a propósito de las cervezas -las había de diversas variedades-, no se puede dejar de destacar la importancia de un producto tan antiguo, una auténtica bebida nacional y complemento de la dieta diaria, que sin duda se podría considerar con razón como un alimento bien completo. (Loredana, 1.987; Nicholson Paul T et Shaw Ian, 2.000; Lyn Green, 2.002-2.003; Sprague S, 1.990). Aunque hay que dejar bien esclarecido que se está uno refiriendo a los alimentos destinados a un personaje de posición desahogada.
Tampoco podía faltar la leche de vaca o del ganado menor. Su presencia en la dieta y la constancia y la permanencia de la luz solar hacía que el raquitismo brillara por su ausencia (Filer J, 1.995). Por ello nunca se han visto restos infantiles egipcios en los que se hubiera encontrado este trastorno carencial. Ni parece que a raíz de los hallazgos cadavéricos existieran deficiencias vitamínicas serias (Braunstein EM et al, 1.988).
Por eso y por lo expresado, el temor del hombre egipcio a quedarse sin alimento de morir de inanición traspasó el umbral de la muerte. Y por supuesto, dentro de este último aspecto, el religioso, como se comenta en uno de los capítulos del Libro de los Muertos.
(…) Yo di pan al hambriento y ropas al desnudo. (iw rdi.ni t n Hqr Hbsw n HAy)
Estela BM EA 1.783 (Museo Británico) (Collier et Manley, 1.999).
El temor que el hombre egipcio debió tener ante la escasez de nutrientes tuvo su trasunto funerario. En la escritura de los relieves jeroglíficos sobre las mesas de ofrendas, en los muros de sus tumbas, se pueden leer fórmulas de invocación para que al difunto, mediante la magia de la palabra escrita o ante su lectura por el visitante o también por el oficiante, no le faltara el alimento diario para el “Ka” cuando físicamente aquél desapareciera. Temor que se vería acrecentado por la pesadilla de tener que beber su propia orina; o del necesitar desesperado y perentorio de la coprofagía como bien se advierte en el encantamiento 215: “Conjuro para no comer heces o beber orina en el reino de los muertos” (Faulkner RO, 1.994); si por un fatal destino, por el agravio del tiempo, la execración o la desidia de los hombres, se acabara con los dos mecanismos descritos.
En el capítulo 125 del Libro de los Muertos, (Faulkner RO, 1.998), ante el gran dios de la justicia y de los muertos, Osiris, en la sala del juicio en donde se decía si el difunto sería admitido entre los venerados, entre los justificados: los justos de voz; aquél, se confesaba con su propia voz, mediante una fórmula conocida como “confesión negativa”: de que jamás hubiera cometido las faltas que la moral egipcia considerara graves. Merece la pena destacar unos párrafos una alusión sin rodeos al hecho de privar del alimento a sus semejantes ni a los dioses (Serrano Delgado, 1.993; Daumas F, 1.972).

(…) no disminuí las ofrendas de los alimentos en los templos. No he destruido los panes de los dioses. No he arrebatado la comida de los espíritus… No disminuí los suministros de los alimentos.
Y de forma bien explícita continua confesando:
(…) no arrebaté la leche de las bocas de los niños.
Se constata la preocupación y el interés permanente del difunto por esclarecer los deberes alimentarios hacia aquellos que estaban bajo su tutela al fin de evitarles que el hambre mermara las necesidades del Ka. Y por ello entre otras razones se programaron los ritos de ofrendas que los sacerdotes tendrían que cumplir para satisfacerlas.
3.6.-El pan egipcio: alimento primario y predisponente de enfermedad osteodentaria
Los cereales eran con los vegetales el 90% de la dieta usual en el Antiguo Egipto. De cómo se manufacturaba el pan, de la molienda del grano, junto con el polvo y la arenisca desprendidos por los útiles empleados durante su elaboración, y mezclados con la masa de harina para la confección de la pasta, la atricción provocó enormes daños dentarios en edades ya muy precoces. Con el tiempo el estado de destrucción del esmalte finalizaba por exponer la pulpa dentaria, y por consiguiente, la infección paraodontal a edades tempranas y la pérdida definitiva de la pieza. (Leek F L, 1.972; Harris EJ y Ponitz, PV, 1.980; Rose JC, Armelagos GJ y Perry LS, 1.993; Hillson SW, 1.993; Zakrzewski SR, 2.000).

El enorme deterioro de las dentaduras egipcias, por consiguiente, se mantuvo persistente a lo largo de la civilización por este y otros motivos; más tarde con la inclusión de la caña de azúcar, coadyuvó a empeorar la salud dental de toda la población egipcia sin excepción de las privilegiadas.
Las atriciones dentarias en las superficies oclusivas era una afección común a todas las edades. Se ha aludido (Hillson) al débil desarrollo del esmalte dental (Hipoplasia) en relación con situaciones de estrés vividas en la infancia, vinculadas a un aumento de la morbilidad y mortalidad infantil; de este parámetro se ha servido para estudiar y valorar el alto grado de estrés en la infancia egipcia. También ocurría el efecto contrario. En muestras de esqueletos predinásticos y dinásticos de Egipto y Nubia, había hasta un 40% de Hipoplasia el esmalte, que implicaría el alto grado de déficit de salud en estas poblaciones infantiles. Parece ser que estos trastornos tienen que ver con el tiempo del destete. (Rose JC, Armelagos GJ et Perry LS, 1.993).
3.7.-Las enfermedades infectocontagiosas: una lacra para la supervivencia y la calidad de vida de la población ribereña
Desde las épocas más antiguas hasta el momento presente, el hombre nilótico se ha visto amenazado y sacudido por innumerables plagas y enfermedades, muchas de ellas, todavía están presentes en el mundo actual e incluso "gozan" de gran vigencia en nuestra época: artritis; traumas con sus secuelas; tumores benignos y malignos; deficiencias nutritivas (Marasmo, Kwashiorkor), hoy en día muy en boga en lugares atacados por guerras crónicas (África), donde los niños se ven sometidos a problemas de alimentación tanto cualitativa como cuantitativamente; osteoporosis prematuras en mujeres jóvenes en relación con la dieta inadecuada unido a la lactancia prolongada que sustraía el depósito cálcico de los depauperados huesos maternos; anemias deficitarias de hierro; parasitosis; tuberculosis ósea y visceral; poliomielitis. Además de otras muchas que se haría muy fatigoso enumerar pero que todavía causan gran morbimortalidad entre la población africana como a sus remotos antepasados. (Juaneda-Magdalena M, La Esquistosomiasis. Una plaga en Egipto; Juaneda-Magdalena, 2.000; Brothwell D, Sandison AT, 1.967).
Las enfermedades parasitarias (David R, 1.979) como la triquinosis, los oxiuros, los áscaris, las teniasis, las estrongiloidiasis, las bilharziasis, el gusano de Guinea, la fasciola hepática, etc., campaban por sus fueros; pero de todas ellas, la tuberculosis y la antracosis, al lado de las neumoconiosis, por inhalación de humos de la combustión en lugares cerrados y de partículas de sílice, respectivamente, impactaban tremendamente en los pulmones de los egipcios. (Armelagos G J y Mills JO, 1.993; Crubézy E y Ludes B, 2.000; Harer WB, 1.993). Aunque no se tiene certeza absoluta de la implicación de los parásitos en la antigua población egipcia, los datos modernos sugieren que eran responsables en una proporción ingente de la mayoría de los problemas de salud y aún de muerte (Filer J, 1.995).
Los niños estaban sometidos a influencias nocivas al igual que los padres, compartiendo las enfermedades de transmisión alimentaria de intercambio con toda la fauna que convivía con ellos: los perros, quistes hidatídicos; los cerdos, las tenias; la leche y la carne del ganado. (Sandison, AT, 1.980). Algunas de estas enfermedades todavía perviven de forma tan virulenta como en el pasado faraónico. Precisamente, las principales enfermedades endémicas en Egipto en los años noventa del siglo anterior eran como antaño: la tuberculosis, el tracoma, la esquistosomiasis, y la malaria –aunque existen pocas evidencias biológicas de que ésta enfermedad tuviera criterios epidémicos en el Antiguo Egipto, sí hay testimonios en alguna momia (Granville, 1.825)- y de que hubiesen algunos casos en el pasado con idéntica frecuencia esporádica en la actualidad (Mangie E, 1.991; Sprague S, 1.990).
4.-Conclusión
Por tanto, es muy cierto que la prodigalidad del Nilo rebajó la ansiedad de los habitantes que se acercaron al amparo de sus márgenes desde los albores de aquel momento histórico cuando en la conciencia de los hombres emergieron las ventajas del asentamiento en comunidad sobre el vagabundeo con el deseo de escapar del estrés ambiental. Al igual que el excedente de alimentos, el sedentarismo, trajo también la paz de mente, el tiempo libre para la creación, el pensamiento, la abstracción, más tiempo para la religión, para la comprensión del cosmos; los trabajos públicos, la organización de la mano de obra; las artes; y en suma, el refinamiento que despertó y encumbró a las primeras dinastías.
Si la aparente mejoría vital con el incremento de la producción agrícola estuvo igualmente en sintonía con el aumento de la expectativa de vida en las épocas dinásticas; sin embargo, los habitantes de las riberas nilóticas acusaron el lastre del hábitat (vivienda y ambiente); los alimentos mejoraron las condiciones de vida pero las condiciones en la preparación de aquéllos promovieron la morbilidad crónica e incluso la muerte de muchos de ellos como se puede corroborar tras los estudios paleopatológicos de los cuerpos antiguos de los egipcios. Se podrá por tanto comprender y concluir como las condiciones de salubridad e higiénico-alimentarias, cualitativamente, marcaron un pesado gravamen en las condiciones de vida de la población nilótica.
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