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Al penetrar en un santuario egipcio nos sumergimos en mucho más que una mera edificación planificada para tener una utilidad práctica, nos sumimos en un edificio religioso que esconde un importante simbolismo, donde cada elemento tiene un por qué específico y éste guarda estrecha relación con el mundo de los dioses.
El material empleado para su construcción también tiene un sentido concreto. El empleo de la piedra está directamente relacionado con los dioses y los difuntos pues éstos vivían eternamente y necesitaban un recinto perdurable en el tiempo. En el caso del templo de Sethy I, la piedra es una bellísima caliza blanca y arenisca. El perecedero adobe se empleaba únicamente para los vivos y precisamente esta costumbre es la causa por la cual no se conservan las grandes ciudades, los pequeños poblados (a excepción de algunos ejemplos), almacenes o palacios de la civilización faraónica.
Para entender un templo egipcio es necesario tener en cuenta que éste no era un lugar donde el pueblo se congregara a rezar sino que, muy por el contrario, era un edificio de acceso restringido, donde sólo penetraba el rey o los sacerdotes; pero no todos los sacerdotes o servidores del dios, según términos egipcios, podían acceder a cada uno de los rincones del santuario. En los primeros patios abiertos al sol sí estaba permitida la entrada a un número indeterminado de personajes no adscritos al clero, hombres privilegiados que acudían al templo para presenciar las procesiones a la salida o entrada del recinto sagrado. En las primeras dependencias los sacerdotes de categoría social más baja podían deambular, pero en las zonas más internas sólo estaba autorizado el paso del faraón o, en su lugar y por delegación, del Sumo Sacerdote que era el que oficiaba aquí. La religión egipcia no daba importancia a la captación de adeptos y el santuario era solamente un lugar de descanso y retiro de la divinidad donde se celebraban los cultos adscritos al dios para que estuviera tranquilo y contento y regalara a Egipto con todos los bienes que deseaba y necesitaba.
 Fig. 31.- La primera impresión que recibimos al bajar del autobús o el taxi, no puede ser más imponente: a unos metros se yergue elegante y magnífico, el Temde los Millones de Años de Sethy I. Los sentidos se ponen alerta y nos hacen sospechar que su interior debe ser todavía más fascinante. Sinno nos hemos equivocado.
 Fig. 32.- Dos grupos de escaleras flanqueadas por rampas nos acercan a lo que hoy es el cuerpo principal del templo. Nada nos detiene, el calor parece no apretar en demasía, estamos caminando por el eje procesional, el mismo que hace muchos años recorrían los sacerdotes del dios.
Una característica común en estos recintos religiosos es que a medida que nos internamos en ellos las salas se oscurecen, los suelos se elevan y los techos descienden, hasta culminar en el santuario, el lugar más sagrado, donde residía el dios en la oscuridad total y alejado de cualquier molestia que pudiera perturbarle. Los techos se decoraban con estrellas de cinco puntas, halcones o buitres, así como con el nombre del rey. El templo se convertía en un microcosmos que se regeneraba y protegía a sí mismo.
Todos los templos egipcios tenían una simbología especial; se consideraban reflejos y referencias del nacimiento del mundo en el comienzo de los tiempos. Es decir, se pretendía ubicar en su territorio el acto de la creación en los remotos tiempos primigenios. Mediante este sistema los
sacerdotes dotaban al recinto religioso de un protagonismo esencial que hacía de él el punto más sacro, porque era allí donde había surgido el primer trozo de materia sólida que emergió del abismo primordial, donde había acontecido el resplandor del primer día, es decir, donde había surgido el Sol por primera vez, favoreciendo que el resto de los elementos de la naturaleza se pusieran en marcha.
 Fig. 33.- Detalle del techo original del templo de Sethy I, la policromía se mantiene a la ción. Sin mucho esfuerzo podemos ver el nombre de Sethy I en el interior del cartucho y las divinidades con las alas desplegadas que protegen el santuario de cualquier fuerza hostil.
En el santuario, este trozo de materia sólida está siempre presente a través de una construcción emplazada en la estancia más sagrada: el santuario o “sagrario”. Esta es la zona más oscura e interna del templo donde normalmente se erigía un naos, generalmente de piedra, donde estaba la imagen de la divinidad. De igual modo, las aguas primigenias se advertían en el lago sagrado, estanque que en Abidos no se conserva. En él se realizaban tanto los ritos de purificación como algunas fiestas que requerían el medio acuático. Por los textos sabemos que en las inmediaciones del templo de Sethy I se llevaban a cabo actos religiosos en los que el lago era esencial.
El monumento por el que hoy vamos a pasear se erigió durante el Reino Nuevo, que abarca las dinastías XVIII, XIX y XX (fig. 31). Fue un periodo de grandes y poderosos reyes. Concretamente Sethy I, fue el segundo faraón de la dinastía XIX (1294-1279 a.C), padre del célebre Ramsés II (1279-1213 a.C) y constructor del templo que aquí nos ocupa (fig. 32). Pero como veremos después, también su hijo contribuyó, en buena medida, a su embellecimiento.
Fue construido nada más ascender al trono Sethy I y, al parecer, ya estaba prácticamente finalizado a la muerte del rey. Su hijo Ramsés II tan sólo tuvo que decorar los pilares cuadrados de la fachada, los dos patios que le preceden, levantó el pilono (hoy completamente en ruinas) y contribuyó a la decoración puntual de algunos espacios internos. Posteriormente, otros soberanos ramésidas participaron en su ornamentación así, por ejemplo, podremos encontrar aportaciones de Merenptah (decimotercer hijo de Ramsés II y sucesor en el trono, 1212-1203 a.C), y de los Ramsés III (1184-1153 a.C) y IV (1153-1147 a.C). El templo ocupa un área de 220 por 350 metros aproximadamente.
 Fig. 34.- Panorámica de la columnata del pórtico del templo funerario de Sethy I en Tebas Oeste, cuando el sol acaba de aparecer sobre el horizonte; el templo está estructurado como los clásicos templos funerarios reales, en contra de lo que ocurre en el de Abidos.
Nos encontramos ante un edificio erigido para gloria de los dioses, en honor de las divinidades de Egipto, personificadas en un número de deidades adoradas en el interior y sobre todo para Osiris, dios de suma importancia en este lugar. A la vez se construyó para el culto funerario de Sethy I, eso sí, fusionado al dios del Más Allá.
El santuario se denominó la Casa de los Millones de Años de Men-maat-ra (Sethy I) que está contento en Abidos, era allí donde el soberano perviviría eternamente gracias a los ritos fúnebres que en él se iban a celebrar. No obstante, este rey también cuenta en Tebas Oeste con otro templo funerario, vinculado a su tumba del Valle de los Reyes. Aunque ambos tenían la misma función, no están estructurados del mismo modo y el de Tebas tiene una distribución mucho más tradicional.
 Fig. 35.- Vista del techo original del templo visto desde el exterior. Al fondo las casas del poblado moderno.
¿Qué llevó a Sethy I a construir un segundo templo funerario en este lugar?. El hecho responde a dos acontecimientos concretos: por un lado deseaba cumplir con la tradición de estar presente tras su muerte en la ciudad santa, aquella que le vinculaba a Osiris y a su leyenda de muerte y resurrección, pero además hemos de tener en cuenta algo muy importante, Sethy

llevaba en su nombre el del propio dios Seth,

asesino de Osiris. Pese a estas señales, sería un error considerarle partidario del desorden o contrario al dios del Más Allá, es más, este rey tenía una devoción especial a Osiris. Quizá por esta razón Sethy I sintió la obligación de hacer plasmar su piedad a través de una construcción sagrada, de un templo funerario que mostrara su confraternización con Osiris, encomendándole un santuario en su honor ya que el dios habría de juzgarle en el Más Allá y con él iba a fundirse cuando aconteciera la muerte. Por otro lado, mediante esta acción obtendría otro beneficio muy importante: el beneplácito de su clero, muy influyente en estos momentos.
El templo de Sethy I no tiene una estructura tradicional. El edificio posee una planta en forma de “L” inversa (fig. 40), formando dos ejes. El principal tiene orientación Este-Oeste, es decir el lugar donde nace el sol y donde se pone, mientras que el eje secundario es perpendicular al primero, corriendo en dirección Norte-Sur, el curso del Nilo. Además cuenta con dos salas hipóstilas que se distribuyen en siete espacios y que se internan en el templo, como si de siete templos independientes se tratara, hasta llegar a las siete capillas que se abren tras la Segunda Sala Hipóstila. Es decir, el santuario no tiene una sola capilla al fondo, como otros templos funerarios, sino que aquí ésta se multiplica por siete.
La puerta princ¡pal de entrada se abre en el muro Este, existiendo otra segúnda puerta en el punto opuesto, que da salida al templo por la parte posterior. Además, en esta zona existe otro pilono, mucho más alejado del macizo del templo, que ha venido denominándose pilono del desierto.
 Fig. 36.- Isis acariciando a Sethy I. Un detalle más de la delicadeza de los relieves de este templo.
El recinto conserva buena parte de los techos originales (fig. 35) con su policromía primitiva (fig. 33), algo inusual en las ruinas de los templos egipcios y que favorece para que podamos hacernos una idea de cuál era el ambiente interior de un santuario egipcio.
El interior es especialmente prolijo en escenas donde el rey entrega elementos de joyería a los dioses; no paseemos sin fijarnos en las pulseras que adornan brazos, muñecas y tobillos tanto del rey como de dioses o diosas, en los amplios collares que figuran en los torsos, ni en los complicados y detallados cinturones de orfebrería. También merecen nuestra atención las cuidadas pelucas (fig. 36), la definición a la hora de representar trenzados o rizos y la transparencia de algunos tejidos.
Un paseo por el Templo. Construcciones en el exterior
Comencemos a pasear por estas ruinas arqueológicas y para ello, será imprescindible que nos detengamos en los restos que permanecen en el exterior del templo. Aunque resulte difícil hacerse una idea, consultemos el plano y hagamos un esfuerzo por imaginar el aspecto del santuario en el periodo ramésida. Merece la pena.
Si hemos accedido atravesando el pilono principal (hoy destruido) a nuestra izquierda veremos una serie de ruinas que se extienden en el espacio que deja el eje principal y el secundario del templo. En esta esténsión se localizaban una serie de construcciones de adobe, distribuidas en dos grupos, donde se levantaron los almacenes, algo que ocurre de forma similar en otros templos del mismo periodo como, por ejemplo, en el Rameseum, (templo funerario de Ramsés II) o en el templo funerario de Ramsés III en Medinet Habu, ambos en Tebas Oeste. Estos almacenes serían el complemento que necesitaba el templo pues las salas que se emplazan en el interior (eje lateral sur) por sus dimensiones se muestran claramente insuficientes para un recinto sagrado tan importante como fue éste, donde se realizaban significativas ceremonias y donde los tributos y las ofrendas llegaban en notables cantidades.
 Fig. 37.- La zona exterior Sur acogía los almacenes y la denominada sala de recepción de palacio. Aunque su estado es muy ruinoso todavía podemos apreciar las columnas de piedra y las escaleras que conducían a la mencionada sala donde el rey podía seguir el desarrollo de las obras o presidir los actos en las fiestas.
 Fig. 38.- Exterior del templo. Vista lateral donde se aprecia la zona mal llamada de palacio construida en piedra y los restos de los almacenes de adobe.
Estas edificaciones estaban estructuradas en dos conjuntos paralelos, de nueve almacenes (fig. 38), adosados entre sí y de techo abovedado, separados ambos por dos pasillos, al aire libre, por el que discurría en su centro, un corredor cubierto (dos según algunos autores) de 39 metros de longitud. En el extremo más cercano al templo, el grupo se cerraba con tres dependencias, una central cuadrada y dos a ambos lados rectangulares, de las cuales la del Este se subdivide a su vez en tres. Estas construcciones de adobe pudieron servir como almacenes y como lugar donde alojar a los animales destinados para el sacrificio, animales que luego pasarían al eje lateral del templo, donde se ubicaba el centro de carnicería para los ritos celebrados en el recinto.
La sala central, es la más interesante. Es cuadrada y la única que cuenta con elementos pétreos (fig. 37): un podium, unas escaleras y diez columnas de piedra poligonales. Su función ha sido muy discutida pero se ha interpretado como sala de recepción o palacio, utilizada para que el rey presidiera las ceremonias de entrada o salida de estos locales anexos, durante el transcurso de ritos y fiestas concretas o bien para supervisar las obras de construcción del templo cuando el faraón visitaba el lugar. Fijémonos en los bloques alojados aquí y en las inscripciones jeroglíficas que conservan.
 Fig. 39.- Una larga procesión de príncipes adorna las paredes del primer patio. Ellos son los hijos de Ramsés II, autor material de la decoración de esta zona del templo. Todos van vestidos con trajes de lino y presentan respeto a su padre.
Todo el conjunto tenía una fachada paralela al lateral del eje principal del templo, dejando un pasillo donde se abrían dos puertas, situadas en el muro Sur del templo. Existía otra más en el eje lateral Sur y finalmente una daba paso directamente al exterior, comunicando con el temenos o muro de circunvalación.
El temenos y pilonos
El santuario estaba rodeado por un temenos, que consistía en un muro de adobe que rodeaba el edificio religioso y que servía para delimitar el espacio sagrado, además de simbolizar las aguas primigeneas, en medio de las cuales surgía el templo, al igual que la colina primordial origen del mundo.
En el templo de Sethy I, el muro de circunvalación incluía otra curiosa construcción independiente del propio templo, que hoy denominamos Osireium y que se ha entendido como un cenotafio o tumba para el dios Osiris. Éste se sitúa en la zona posterior del santuario, por lo que ahora queda escondido de nuestra vista. Más tarde nos detendremos en él para explicar su simbolismo y visitar sus dependencias.
 Fig. 40.
 Fig. 41.- Las escenas de guerra son otro de los motivos que Ramsés II escogió para decorar estos patios. En ellas veremos a enemigos derrotados por el poder y dominio faraónico; carros de guerra tirados por briosos corceles, avanzando sobre los ejércitos de los pueblos subyugados; soldados egipcios protegidos con escudos mostrando una organización que siempre contrastará con el -caos- de los pueblos vencidos.
El temenos estaba decorado, como es habitual en los recintos sagrados, por una serie de entrantes y salientes, en lo que ha venido denominándose tradicionalmente como fachada de palacio.

Ésta, además, imitaba en adobe las edificaciones de cañas y vegetales con las que construían los templos en tiempos remotos.
El temenos estaba interrumpido en dos puntos, por sendos pilonos

de piedra; el primero en la cara Este fue construido por Ramsés II y allí se situaba la entrada principal que daba acceso al templo (fig. 42). El otro se emplazó en la cara Oeste, tras el Osireium y en pleno desierto, orientado hacia la necrópolis de Umm el-Qaab, lugar de destino en las procesiones sagradas que partían del santuario. Así, atravesando esta puerta los sacerdotes podrían...
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