¿Fue Moisés salvado de las aguas?

Última actualización el 05 de Noviembre de 2007

Moisés salvado de las aguas
Moisés salvado de las aguas

Un nacimiento entre esclavos

No existe en el Antiguo Testamento un personaje más grande que Moisés. Para los judíos él reúne todos los títulos posibles. Fue “vidente”, porque alcanzó a ver a Dios en el monte Sinaí. Fue “libertador”, porque sacó a los hebreos de la esclavitud de Egipto. Fue “caudillo”, porque organizó la marcha a la Tierra Prometida. Fue “legislador”, porque dio al pueblo los 10 mandamientos. Fue “sacerdote”, porque creó el sacerdocio judío. Fue “profeta”, porque hablaba en nombre de Dios al pueblo. Y fue el “escritor” por excelencia, pues se pensaba que había redactado los cinco primeros libros de la Biblia, lo más sagrado del judaísmo.

Pero entre nosotros, Moisés es más conocido por la historia que todos aprendimos desde niños: la de su accidentado nacimiento y rescate en las aguas del Nilo.

La Biblia nos cuenta que Moisés vino al mundo en circunstancias muy difíciles. Los hebreos se hallaban entonces esclavos en Egipto, sometidos a trabajos forzados en las grandes construcciones del faraón. ¿Y por qué los israelitas habían sido sometidos a esclavitud? Según el libro del Éxodo, porque habían crecido tanto en número, que los egipcios temieron que pudieran constituir un peligro para ellos en caso de guerra.

Las parteras desobedientes

Pero a pesar de la opresión, el pueblo israelita continuó creciendo maravillosamente. Entonces el faraón, para evitar que siguieran multiplicándose, llamó a las dos parteras hebreas y les ordenó que, cuando naciera un niño israelita, si era varón lo mataran y si era una mujer la dejaran con vida. Pero tampoco esta vez se cumplió el deseo del faraón porque las parteras, que eran temerosas y respetuosas de Dios, resolvieron no acatar la orden. Cuando se enteró el monarca egipcio de que por segunda vez se habían frustrado sus planes, resolvió tomar una drástica decisión: mandó directamente a todo el pueblo de Egipto que buscara a los niños hebreos que nacieran, y los ahogaran en el Nilo (Ex 1,15-22).

En estas circunstancias nació Moisés. El Éxodo relata así su nacimiento: “Un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu. Ésta quedó embarazada y tuvo un hijo. Al ver ella que el niño era hermoso, lo escondió durante tres meses. Pero no pudiendo ocultarlo más tiempo, tomó una cesta de papiro, la impermeabilizó con betún, metió en ella al niño, y la puso entre los juncos a la orilla del río. La hermana del niño se puso a lo lejos para ver qué pasaba. En eso bajó la hija del faraón a bañarse en el río, y vio la cesta entre los juncos. Envió a una de sus criadas para que la recogiera, y al abrirla vio adentro a un niño llorando. Se compadeció de él y exclamó: «Es uno de los niños hebreos». Entonces se acercó la hermana del niño y dijo a la hija del faraón: «¿Quieres que llame una nodriza hebrea para que te críe este niño?». «Sí», le contestó la hija del faraón. Fue, pues, la joven y trajo justamente a la madre del niño, y la hija del faraón le dijo: «Toma este niño y críamelo, que yo te lo pagaré». Tomó la mujer al niño y lo crió. El niño creció, y ella lo llevó entonces a la hija del faraón, que lo adoptó por hijo y lo llamó Moisés, diciendo: «De las aguas lo he sacado»” (Ex 2,1-10).

Incongruencias históricas

Si bien esta narración no contiene ningún hecho que resulte totalmente imposible, incluye sin embargo varios detalles que nos hacen dudar seriamente de su historicidad.

En primer lugar, dice que el faraón dio la orden de matar a todos los niños hebreos recién nacidos porque su número había aumentado peligrosamente. Pero ¿cómo pudo dar semejante orden el faraón, cuando un momento antes se nos dijo que lo que necesitaba era precisamente mano de obra abundante para sus trabajos de construcción?

En segundo lugar, el relato afirma que la población hebrea había crecido enormemente (Ex 1,9). ¿Cómo entonces bastaban sólo dos parteras para asistir a todos los nacimientos del país?

El detalle de la hija del faraón hallando la cesta en las aguas del río también parece bastante ilógico. Los historiadores se niegan a aceptar que una princesa egipcia pudiera ir a bañarse a orillas del Nilo, a donde se bañaba la gente común del pueblo, cuando los faraones tenían sus propias piscinas y lagos artificiales en sus palacios.

Lo mismo hay que decir del betún (llamado asfalto por los griegos) con el que la mamá de Moisés impermeabilizó la cesta. Este elemento no existía en Egipto, y había que importarlo de Mesopotamia. ¿Cómo podía una familia de esclavos disponer de él?

Otro aspecto dudoso es el origen del nombre “Moisés”. Según el Éxodo, se trata de un nombre hebreo (derivado del verbo “mashah” = sacar), y la princesa egipcia se lo puso al niño porque había sido “sacado de las aguas”. Pero, ¿cómo una princesa egipcia iba a conocer la lengua hebrea, idioma de un despreciado grupo de esclavos? Y aun cuando lo conociera, ¿le pondría al niño un nombre hebreo en vez de uno egipcio, cuando ella lo iba a adoptar como su hijo?

Sólo una leyenda

Hay además otro punto oscuro en el relato. Éste describe cómo Moisés salvó su vida milagrosamente en las aguas del Nilo, pero más adelante aparece también vivo un hermano suyo llamado Aarón (Ex 4,14). ¿Cómo se salvó él de la orden del faraón? Y por si fuera poco, se nos dice que “cuando Moisés se hizo mayor, fue un día a visitar a sus hermanos (es decir, a otros jóvenes hebreos) que estaban sometidos a duros trabajos” (Ex 2,11). ¿Acaso no habían muerto todos los niños hebreos contemporáneos de Moisés? ¿De dónde salieron todos estos jóvenes?

A esto hay que agregarle que ningún historiador cuenta jamás semejante intento de genocidio por parte de un faraón.

Todas estas incoherencias nos muestran que, aun cuando Moisés fue un personaje real, la forma como está contado su nacimiento en el Éxodo es poco creíble. Por eso hoy los biblistas sostienen que este relato pertenece más bien al género de la leyenda.

¿Por qué la Biblia recurre a una leyenda para contar el nacimiento de la máxima figura nacional hebrea? Porque era común entre los pueblos antiguos adornar con detalles más o menos fabulosos el relato del nacimiento de sus héroes. En efecto, cuando algún personaje se volvía importante para un pueblo, siempre se contaba que en su nacimiento había sucedido algún hecho milagroso o fuera de lo común. Era una manera de decir que, ya desde niño, esta persona estaba destinada por la divinidad para cumplir una misión importante en su vida.

Criados por osos y lobas

Así, por ejemplo, los griegos contaban que cuando nació Paris, hijo del rey de Troya, su padre ordenó que mataran a la criatura; pero su madre logró esconderlo y entregarlo a unos pastores para que lo cuidaran. El niño fue luego amamantado por una osa, hasta que creció y llegó a convertirse en el gran luchador troyano.

Lo mismo se narra del héroe griego Perseo. Cuando nació, su abuelo lo encerró en una caja y lo arrojó al mar para que muriera. Pero el arca flotó milagrosamente sobre las olas, y la corriente la arrastró hasta una isla, donde el niño fue liberado.

También los romanos contaban algo semejante de Rómulo y Remo, los fundadores de Roma. Cuando nacieron, ambos gemelos fueron arrojados al río Tíber en una cesta, para que murieran. Pero la cesta logró flotar hasta detenerse en una de las riberas. Allí los niños fueron encontrados y amamantados por una loba, hasta que crecieron y fundaron la gran ciudad de Roma.

Del mismo modo, la Biblia relata el nacimiento milagroso de muchos de sus personajes: Isaac (Gn 17,15-17), Jacob (Gn 25,19-21), José (Gn 30,22), Sansón (Jc 13,2-3), Samuel (1 Sm 1). Con lo cual sólo pretende decir que son figuras especialmente elegidas por Dios para una misión importante en la historia de Israel.

El gemelo de Moisés

Incluso podemos decir que los arqueólogos han descubierto, a principios del siglo XX, el cuento en el cual está basada la narración bíblica del nacimiento de Moisés. Se trata del relato autobiográfico de un rey de Mesopotamia, llamado Sargón I, cuya historia tiene un parecido asombroso con la de Moisés.

Sargón I, que vivió hacia el año 2350 a.C (o sea, mil años antes de Moisés), fue rey de la ciudad de Acad (en el actual Irak) y fundó el imperio Acádico, el primer imperio conocido de la historia. El relato de su nacimiento dice así: “Yo soy Sargón, el poderoso rey de Acad. Mi madre era una sacerdotisa, y a mi padre no lo conocí. Mi madre la sacerdotisa me concibió, y me dio a luz en secreto. Entonces me colocó en un cesto de cañas, lo recubrió con betún y me colocó en el río. Pero no me hundí. El río me condujo hasta un hombre que regaba los campos, llamado Akki. Él me sacó del cesto, me educó como hijo suyo y me hizo su jardinero. Mientras era jardinero, la diosa Ishtar se enamoró de mí. Y durante cincuenta y cinco años goberné el reino”.

Como vemos, de esta narración (sin duda también una leyenda para mostrar a Sargón I como un ser excepcional), está calcada la de Moisés. En ambas tenemos que la madre es de origen sacerdotal, que el padre es desconocido, que el niño nace en secreto, que es colocado en una cesta sobre el río, que ésta es impermeabilizada con betún, que la cesta flota providencialmente, que el niño es descubierto y adoptado por una persona compasiva, que cuando crece realiza trabajos humildes, que más tarde la divinidad se fija en él, y que llegó a ser un gran personaje político.

Cómo nació la leyenda

Cuando, en cierto momento de la historia, un escritor judío quiso escribir la vida de Moisés, se encontró con una curiosa tradición: el libertador hebreo había sido criado y educado nada menos que en la misma corte del faraón de Egipto. Esto en realidad no tenía nada de extraño. Los egipcios solían instruir a algunos jóvenes extranjeros para emplearlos luego en el servicio de correspondencia con los reyes vecinos. Y como la lengua que hablaba Moisés era muy parecida a la que hablaban en Canaán, es posible que Moisés haya sido educado en su adolescencia con este propósito.

Por esto mismo, es más seguro que el nombre de “Moisés”, puesto por la princesa egipcia, no sea de origen hebreo como dice el libro del Éxodo, sino egipcio. En efecto, la palabra “mosis” en lengua egipcia significa “hijo de”, y siempre va unida al nombre de algún dios, del cual se consideraba especialmente protegida esta persona. Por ejemplo, encontramos a faraones que se llamaban Tut-mosis (“hijo de Tut”), Ah-mosis (“hijo de Ah”), Ra-msés (“hijo de Ra”), Amen-mosis (“hijo de Amón”). Moisés seguramente también llevaba el nombre de algún dios egipcio. Pero la tradición judía lo eliminó, y le dejó sólo la terminación “moisés”, que luego fue relacionada con el verbo hebreo “mashah” (“sacar”). Pero en realidad el nombre Moisés significaba “hijo de”.

Ahora bien, volviendo a nuestro escritor judío, éste debió pensar que a sus lectores les resultaría escandaloso ver al caudillo hebreo viviendo en la corte del faraón. Entonces, inspirado por Dios, decidió tomar la leyenda de Sargón I, el rey de Acad sacado de las aguas, y basarse en ella para relatar el nacimiento de Moisés. Esto le ofrecía tres ventajas: a) explicar que la llegada de Moisés a la corte egipcia estaba prevista por Dios; b) relacionar el nombre de Moisés con el verbo hebreo “sacar”; c) mostrar que Dios protegía al legislador hebreo desde el principio de su vida.

Con Dios por la vida

La Biblia no es un libro de historia, sino un libro con un mensaje de salvación. Y ese mensaje puede a veces llegarnos a través de leyendas, como la del nacimiento de Moisés. Otras veces nos llega mediante cuentos, o novelas, o relatos históricos. Y lo que importa, en todos estos casos, no es sostener la veracidad de cada detalle, sino descubrir cuál es el anuncio de salvación, la buena noticia que quiso hacernos el escritor sagrado a través del relato.

En el caso de la leyenda del nacimiento de Moisés, el autor bíblico no pretendió contarnos cómo sucedió ese episodio, ni qué circunstancias exactas se dieron en aquel momento (hechos que, por otra parte, él ignoraba). Sólo quiso decirnos que la llegada de Moisés a la corte del faraón (como sea que hubiera ocurrido) no fue un suceso fortuito, sino que estaba previsto por Dios, para el bien del pueblo de Israel.

Porque ningún hecho que sucede en nuestra vida, cuando nos hace bien, es meramente casual. Siempre está la mano de Dios por detrás; Él debió ordenar de algún modo las cosas para que así se dieran.

Transmitir esta idea (que normalmente no advertimos en nuestra vida) era mucho más importante para el escritor bíblico, que contarnos exactamente cómo vino Moisés al mundo y por qué terminó educado en la corte del faraón. Y él transmitió la idea a su manera, es decir, con una historia-leyenda.

Quienes leen así la Escritura, o sea, buscando la buena noticia de salvación de cada párrafo, se puede decir que han encontrado el modo de llegar a lo esencial de la Biblia.

 
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