¿Dónde está escondida el Arca de la Alianza?

Última actualización el 03 de Agosto de 2009

Introducción

Todos recordamos la famosa película de Indiana Jones “En Busca del Arca Perdida”. En ella el arqueólogo Indiana Jones excava en Tanis y una vez encontrada la reliquia en Egipto, comienza una lucha entre los nazis y el protagonista por apoderarse del cofre. La imaginación y la narrativa entorno al Arca se presta a recrearla en películas, libros y otros. Este singular objeto sagrado siempre dará mucho que hablar, pues según la Biblia fue fabricado por mandato expreso de Yhavé en tiempos de Moisés.

El Arca era una caja cuya tapadera debía tener la forma de tejado. Esta forma del propiciatorio es la más probable debido a cierta influencia egipcia en la elaboración del cofre. Muchas cajas de madera halladas en tumbas egipcias, son prácticamente idénticas a la forma original del Arca: Por ejemplo uno de estos cofres apareció en la Tumba de Tutankamon, aunque hay muchos otros parecidos de la XVIII Dinastía que se utilizaban como roperos.

Por otra parte, el transporte de un código legal de una población (las tablas de la Ley) en movimiento y su depósito en un cofre puede tener también una influencia mesopotámica.

El Artículo del Dr. Ariel Álvarez Valdés sobre el Arca de la Alianza explica que dice la Biblia sobre el destino de este objeto. ¿Qué fue del Arca?, ¿Por qué desapareció? y ¿Dónde está?.

El Arca no es únicamente algo del pasado, la religión judía y cristiana mantiene este objeto muy vivo en sus creencias. Actualmente los judíos tienen en sus sinagogas un cofre donde guardan la Torá y el cual representa al Arca de la Alianza, habitáculo que alberga la palabra de Dios y que para los cristianos se simboliza místicamente a través de la Virgen María.

Gerardo Jofre


La meta de Indiana Jones

Desde que en 1981 Steven Spielberg filmó su película “En busca del Arca perdida” con el arqueólogo aventurero Indiana Jones, el tema del Arca de la Alianza ha suscitado una enorme curiosidad en la gente. Ésta se ve acrecentada de vez en cuando por autores que aparecen diciendo saber dónde estaría escondida. Pero, ¿qué era el Arca de la Alianza? ¿Qué extraños poderes encerraba para que hasta el día de hoy se la siga buscando? El Arca de la Alianza era una caja de madera de acacia, que medía 1,25 de largo por 0,75 de ancho y 0,75 de alto.

La Biblia la describe con tanto detalle (Ex 25,10-22) que algunos estudiosos han podido reconstruirla exactamente como era. Estaba recubierta con láminas de oro puro por dentro y por fuera, y una cornisa de oro rodeaba su parte superior. Por fuera llevaba fijos cuatro anillos de oro a ambos lados, a través de los cuales se insertaban dos largas varas para poder transportarla. Finalmente la tapa superior del Arca, llamada “propiciatorio”, era de oro macizo y llevaba encima la imagen de dos querubines de oro, con las alas desplegadas, que miraban hacia el centro de la caja. Los querubines no eran ángeles como los que tradicionalmente imaginamos, sino unos seres con alas, cuerpo de león y cara de hombre. El pequeño espacio vacío que quedaba entre los dos querubines era la parte más sagrada del Arca, porque se suponía que allí era donde se aparecía Yahvé, y desde allí hablaba con Moisés, su constructor.

Poderes nunca vistos

El Arca de la Alianza era para los israelitas el objeto más sagrado del mundo. Se la llamaba “de la Alianza” porque allí Moisés había guardado las tablas con los Diez Mandamientos, símbolo de la Alianza entre Dios y el pueblo de Israel (Dt 10,8). Una leyenda posterior, que aparece contada en la carta a los Hebreos (Hb 9,4), dice que también se había guardado en el Arca una vasija con maná, y el bastón de mando de Aarón. La Biblia cuenta muchos episodios maravillosos sobre ella. Por ejemplo, durante el viaje que los israelitas hicieron desde el monte Sinaí (donde el Arca había sido construida) hasta la Tierra Prometida, la caja iba siempre adelante del pueblo, porque ella mostraba qué camino seguir y dónde hacer alto cada noche (Nm 10,33). Si alguna tribu enemiga atacaba, los israelitas sacaban el Arca al frente de batalla y los enemigos huían espantados (Nm 10,34-35). Y cuando el pueblo de Israel llegó a la Tierra Prometida, el Arca de la Alianza fue la que hizo detener las aguas del río Jordán para que los hebreos pudieran cruzarlo y entrar al país (Jos 3,14-17). Era tan sagrada el Arca, que nadie podía tocarla. Viajaba siempre cubierta por un velo de protección, más una capa de cuero fino, y un paño de color púrpura. Sólo los levitas podían llevarla en sus hombros (Nm 4,5-6). Pero quizás su proeza más impresionante fue la destrucción de las murallas de Jericó. Dice la Biblia que, para lograrlo, los israelitas estuvieron dando vuelta durante siete días alrededor de la ciudad con el Arca a cuestas y tocando trompetas. El séptimo día dieron siete vueltas, lanzaron un grito de guerra y las murallas se derrumbaron (Jos 6,1-20).

Terror en los filisteos

Cuando los israelitas llegaron a la Tierra Prometida, el Arca fue puesta en la ciudad de Guilgal, y se le construyó un pequeño santuario (Jos 7,6). Más tarde la trasladaron a Siquem (Jos 8,33), luego a Betel (Jc 20,27), y finalmente a Silo, su primera residencia de larga duración, donde estuvo cuidada por la familia del sacerdote Elí (1 Sm 3,3). Muchos años el Arca permaneció tranquila en Silo, pero un día los israelitas debieron enfrentar a los poderosos filisteos en una batalla muy difícil. Entonces los israelitas se acordaron del Arca y fueron a buscarla a Silo; pero por alguna extraña razón, ese día los poderes del Arca no funcionaron, y los israelitas perdieron la guerra. El santuario de Silo terminó destruido, y el Arca fue capturada por los filisteos, que la llevaron como trofeo de guerra a su capital, Ashdod.
Entonces sí el Arca volvió a mostrar su poder: derribó las estatuas de los templos filisteos, rompió las imágenes de sus dioses, provocó extraños tumores y causó la muerte de mucha gente (2 Sm 4-5). Durante siete meses aterrorizó a los filisteos, hasta que al final éstos decidieron devolverla a los israelitas. La pusieron sobre un carro tirado por dos vacas, sin conductor, y la enviaron por los campos para que fuera donde quisiera. La carreta llegó sola a la ciudad de Bet Shemesh.

Curiosidad fatal

Allí no terminaron las peripecias. Los israelitas de Bet Shemesh al ver llegar la carreta con el Arca se alegraron y salieron a su encuentro, pero cometieron un error: imprudentemente abrieron el Arca y miraron dentro. Entonces Dios castigó a todos los que curiosearon: ¡murieron 50.000 personas! (¿Cómo hicieron 50.000 personas para mirar a la vez dentro de la caja? La Biblia no lo dice). Espantados, los habitantes de Bet Shemesh (¿quedaría alguno?) decidieron deshacerse del Arca, y la mandaron a la vecina ciudad de Kiryat Yearim, donde permaneció 20 años olvidada.
El último incidente del Arca ocurrió justamente cuando el rey David se acordó del Arca, y decidió trasladarla a Jerusalén. David la puso en una carreta tirada por bueyes y organizó una procesión. Pero en cierto momento, por un brusco movimiento de los animales, la carreta se tambaleó, y un hombre llamado Uzzá, para evitar que el Arca cayera al suelo, intentó sujetarla. Y apenas la tocócayó muerto (2 Sm 6,6-7). Cuando por fin llegó el Arca a Jerusalén, fue depositada en una pequeña tienda, a modo de Santuario, construida por David. Y cuando años más tarde su hijo Salomón construyó el Templo de Jerusalén, fue definitivamente colocada en la parte más sagrada del mismo, el Santo de los Santos, de donde ya no volverá a salir nunca más. Y es curiosamente allí, en el lugar más protegido y seguro de todos los que estuvo, donde se perdió su pista para siempre.

¿De origen extraterrestre?

Esto es todo lo que la Biblia dice sobre el Arca. Después de leer estos relatos uno se pregunta: ¿qué fuerzas ocultas escondía ese cofre? Un objeto que podía detener el curso de los ríos, aplastar murallas, destruir ejércitos, provocar enfermedades o matar por contacto tenía que encerrar poderes secretos. En 1948 el físico Maurice Denis-Papin afirmaba que el Arca era un condensador eléctrico “capaz de producir poderosas descargas de hasta 700 voltios”. Más tarde Erich von Däniken, en su libro “Recuerdos del futuro” (1968), decía que ésta era una especie de transmisor de radio entre Yahvé y Moisés. Y J.J. Benítez en su documental “Una caja de madera y oro” (2003) dice que era un arma mortífera al servicio del pueblo de Dios, cifrando el número de sus víctimas en más de un millón. Algunos incluso llegaron a opinar que fueron seres extraterrestres los que entregaron el Arca a Moisés. Pero el error que cometen estos supuestos investigadores está en creer que todos los hechos que cuenta la Biblia sucedieron tal como están narrados. Por ejemplo, desde hace décadas los arqueólogos han confirmado que las murallas de Jericó ya no existían cuando presumiblemente llegaron los israelitas a la Tierra Prometida. Y los biblistas afirman que las escenas que cuentan los poderes milagrosos del Arca son una manera gráfica, propia de la mentalidad semita de la época, de expresar el poder de Dios. El Arca, pues, no tenía ningún poder. Era una simple caja de madera, que simbolizaba la presencia de Dios entre los hombres, y los relatos portentosos sobre ella en la Biblia querían resaltar su grandiosa omnipotencia en el pueblo de Israel.

En un banco de Suiza

Pero ¿es posible saber dónde está hoy el Arca de la Alianza?

Se han propuesto numerosas hipótesis. El inglés Graham Hancock asegura que está en Axum (Etiopía), en una capilla secreta de la iglesia de Santa María. El arqueólogo italiano Flavio Barbiero cree que se encuentra en el monte Sinaí, donde Moisés la dejó escondida tras llevarse una réplica a la Tierra Prometida. El estadounidense Tom Crotser asegura haberla visto en una cueva del monte Nebo (Jordania) en 1981. Y el arqueólogo Ron Wyatt dice que en 1997 se encontró con ella en Jerusalén, en un túnel bajo la colina del antiguo Templo. Otras teorías más fantasiosas la imaginan en un banco de Suiza (depositada por el último emperador etíope), en Francia (llevada por los Templarios), en el Vaticano (donada por Mussolini), o en Irlanda (¡a donde la habría llevado el profeta Jeremías en persona!). Pero si leemos con atención la Biblia, veremos que ella nos da la verdadera respuesta para averiguar dónde está el Arca. Tenemos tres versiones distintas sobre el paradero del Arca en la Biblia. La versión más antigua aparece en 2 Re 24,10-16. Allí se cuenta que en el año 598 a.C. Nabucodonosor, rey de Babilonia, invadió Jerusalén y se llevó prisionero al rey Joaquín, a la madre del rey, a sus esposas, y a numerosos habitantes del país. Y añade: “Se llevó todos los tesoros del Templo de Yahvé y del palacio del rey; y rompió en pedazos todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el Templo de Yahvé” (2 Re 24,23). Este texto fue escrito poco después de sucedidos los hechos, de modo que nos da una información bastante confiable. Y dice que “todos los objetos de oro” del Templo de Jerusalén fueron “rotos en pedazos”. Lo que los reyes antiguos hacían, cuando saqueaban una ciudad, era fundir los objetos preciosos que encontraban y luego emplear el metal en sus propias construcciones. Por lo tanto, entre los objetos de oro que fundió Nabucodonosor debió de haber estado sin duda el Arca de la Alianza.

Por el honor del Templo

Cuando algunos años más tarde los judíos regresaron del destierro de Babilonia y reconstruyeron el Templo de Jerusalén, se planteó un serio problema teológico: el anterior mobiliario que había consagrado Moisés en el desierto bajo las órdenes de Dios ya no existía. ¿Podían fabricar nuevos utensilios para celebrar la liturgia? La creencia popular era que no, porque habría sido una profanación del culto divino. Pero de todos modos tuvieron que fabricar nuevos instrumentos, de lo contrario hubiera sido imposible restablecer el culto. Entonces surgió la leyenda entre la gente de que estos objetos litúrgicos eran los antiguos, los del Templo anterior, que no habían sido destruidos sino llevados “enteros” a Babilonia y luego traídos por los judíos al regresar a Jerusalén. Tal tradición aparece en el libro de las Crónicas, escrito hacia el año 350 a.C. Su autor, al contar la destrucción de Jerusalén dice: “Nabucodonosor ordenó que llevasen prisionero a Babilonia al rey Joaquín, junto con los objetos preciosos del Templo de Yahvé” (2 Cro 36,10). Crónicas, pues, a diferencia del libro de los Reyes, en ningún momento dice que los objetos del Templo fueron destruidos o fundidos, sino que fueron trasladados a Babilonia, para dejar abierta la posibilidad de su regreso años más tarde. La creencia de la no destrucción de los objetos del Templo aparece también en otros libros, como Esdras (1,7-11), Daniel (1,1-2) y Judit (4,3). Esa segunda versión daba a entender, pues, que el Arca de la Alianza había vuelto a Jerusalén después del destierro, y que se conservaba otra vez en su Templo, asegurando así la presencia divina.

El escondite de Jeremías

Pero con el paso del tiempo esa leyenda se volvió insostenible. Era sabido que el Arca de la Alianza nunca había vuelto de Babilonia. Lo podían comprobar los sacerdotes del Templo, cada vez que entraban al Santo de los Santos y lo veían vacío. Pero tampoco se podía admitir que había sido destruida por los babilonios; habría sido una falta de respeto. Entonces fue tomando cuerpo una nueva tradición, según la cual en el momento de la destrucción del Templo por Nabucodonosor el profeta Jeremías había logrado apoderarse de ella y esconderla en una cueva, en el Monte Nebo, al otro lado del río Jordán; se decía que todavía estaba allí oculta, y permanecería en ese lugar hasta el fin de los tiempos, cuando Dios la haría aparece nuevamente ante los ojos de todos. Esta creencia, que surgió alrededor del año 200 a.C., se halla hoy en el 2º libro de los Macabeos (2,4-8), y muestra cómo en esta época tardía la opinión sobre el Templo de Jerusalén había cambiado. Ya no se preocupaban en decir que la gloria de Dios y su divina presencia, el Arca, seguían presentes en él. Al contrario, aceptaban que la santidad del Templo reconstruido era inferior a la del precedente Templo de Salomón.

Tres tiempos para el Arca

La Biblia conserva, pues, tres explicaciones diferentes sobre el destino del Arca de la Alianza. Según la primera, ésta fue destruida por Nabucodonosor cuando sus ejércitos invadieron Jerusalén en el 598 a.C. La versión fue escrita en una época de profundo dolor social, en la que el autor bíblico quiso reflejar hasta dónde podía conducir la infidelidad del pueblo: hasta el alejamiento mismo de Dios, que antes permanecía orgulloso en medio de su pueblo. El Arca, pues, era una realidad del pasado. Y el relato tenía por finalidad advertir sobre la necesidad imperiosa de convertirse. La segunda en cambio da a entender que el Arca fue llevada como trofeo de guerra a Babilonia, junto con los judíos desterrados, y que éstos la trajeron de vuelta cuando regresaron de allí. Tal versión refleja una época en la que se quería recuperar la confianza en el Templo, y subrayar su sacralidad y su continuidad con respecto al primer Templo. El Arca era, en este caso, una realidad presente. La tercera sostiene que, cuando Nabucodonosor invadió Jerusalén, el profeta Jeremías logró salvarla escondiéndola en el monte Nebo, donde sigue oculta, y permanecerá hasta el fin de los tiempos. Tal leyenda surgió en una época de gran pesimismo hacia las instituciones, cuando el Templo y el sacerdocio ya no eran lo que una vez habían sido; y tenía como finalidad mantener la esperanza en un futuro mejor, en el que Dios volverá a manifestarse con todo su esplendor. El Arca es, aquí, un ideal futuro.

El Arca, al fin encontrada

De las tres explicaciones, sin duda la primera refleja la realidad histórica: el Arca debió de haber sido destruida con la invasión de los babilonios. Esto viene confirmado en un pasaje del profeta Jeremías, testigo ocular de aquellos hechos, cuando dice: “(en los tiempos futuros) no se hablará más del Arca de la Alianza, ni se acordarán más de ella, ni será reconstruida jamás” (Jer 3,16). Y el profeta Ezequiel, también contemporáneo de la destrucción del Templo de Jerusalén, cuando imagina su futura reconstrucción y la de su mobiliario (Ez 40-48) no menciona para nada el Arca de la Alianza en él. Evidentemente sabía que había sido destruida y que no podía volverse a fabricar. La Biblia, pues, afirma claramente que el Arca ya no existe, y por lo tanto no deja lugar para fantasías arqueológicas.

 
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