¿Por qué Moisés no pudo entrar en la tierra prometida?

Última actualización el 02 de Marzo de 2012

El hombre que se quedó afuera

Luego de salir de Egipto, cuenta la Biblia que el caudillo y legislador hebreo Moisés estuvo guiando al pueblo de Israel durante 40 años a través del desierto, enfrentando graves peligros, luchando contra feroces enemigos y soportando duras penalidades, rumbo a la tierra prometida. Pero al llegar a las puertas del nuevo país, Moisés tuvo que despedirse de la gente, y allí murió, sin poder alcanzar la tan ansiada meta.

Había sido la figura más grande de Israel, el libertador y fundador del pueblo, y sin embargo murió en el exilio, enterrado en una tumba que nadie pudo visitar jamás[1].

¿Por qué Dios lo castigó de esa manera? Fue, dice la Biblia, por una falta que cometió durante su travesía en el desierto. Dios no se la perdonó, y por eso le negó el ingreso a Canaán. Pero cuando intentamos averiguar cuál fue esa falta, no resulta fácil descubrirla.

Nos enteramos de que había pecado sólo cuando el mismo Moisés, al llegar a la entrada de la Tierra Prometida, en las llanuras de Moab, frente al río Jordán, reúne a todos los israelitas y pronuncia un discurso en el que les comunica que no podrá pasar el río con ellos y tomar posesión del nuevo territorio, porque Dios se lo ha prohibido. Y les explica la razón. ¿Cuál es?

Unas uvas gigantescas

El discurso explicativo de Moisés está en el libro del Deuteronomio (capítulo 1). En él les cuenta que el incidente tuvo lugar 38 años antes, mientras los hebreos se hallaban en medio del desierto, en una localidad llamada Cadés Barnea. Moisés había decidido enviar unos espías para que se adelantaran y entraran de incógnito en la Tierra Prometida, con el fin de averiguar cómo era, quiénes la habitaban, qué población tenía, y poder organizar la conquista. Les pidió también que trajeran algunos frutos del lugar como muestra. Luego eligió a 12 hombres, uno por cada tribu, y los mandó (Dt 1,22-23).

En el discurso, Moisés sigue recordando cómo los exploradores entraron en el país, estudiaron cuidadosamente el terreno, y después de 40 días regresaron al campamento de Cadés contando con grandes alabanzas el lugar que habían visto. Era una tierra maravillosa, rica, fecunda, y como prueba de su fertilidad traían un racimo de uvas tan enorme, que para cargarlo debieron transportarlo entre dos personas (Dt 1,23-24).

El pueblo se entusiasmó con el relato, y quería inmediatamente organizar la conquista. Pero no todas eran buenas noticias. Los exploradores también contaron que la población eran muy numerosa, sus ciudades fuertes y amuralladas, y sus habitantes era gigantesco; al lado de ellos, los espías hebreos parecían insectos (Dt 1,25-28).

¿Por qué Moisés no pudo entrar en la tierra prometida?

El desierto como tumba

Entonces la escena cambió. Los israelitas se espantaron, y empezaron a gritar. Se enojaron con Moisés por haberlos sacado de Egipto y quisieron nombrar otro jefe para que los llevara de vuelta al país del Nilo. La desesperación se apoderó del campamento. Las mujeres lloraban acongojadas, y los hombres murmuraban: “Éste es nuestro fin. ¡Para qué habremos salido de Egipto!”.
Moisés trató de calmarlos, recordándoles que Dios había prometido estar al lado de ellos y acompañarlos; pero fue inútil. Ningún argumento pudo convencerlos, y se negaron a emprender la conquista de Canaán (Dt 1,29-33). Entonces intervino Dios. Ofendido porque los israelitas habían perdido la confianza en Él, decidió castigarlos de una manera ejemplar: ninguno entraría a ver la Tierra Prometida. Todos morirían en el desierto, antes de llegar; sólo sus hijos lograrían conocerla (Dt 1,34-36).

Pero aquí viene la sorpresa: dice Moisés que Dios también se enojó con él, y lo condenó a morir en el desierto, sin permitirle cumplir el sueño de conocer el añorado país (Dt 1,37-38).

Fue tan grande el enfado de Dios que, 38 años después, cuando llegaron a Canaán, y ya habían muerto todos los israelitas castigados (los que llegaron fueron sus hijos, es decir, una nueva generación de israelitas), Moisés intentó pedir a Dios que lo dejara entrar, pensando que se le habría pasado el enojo. Pero Dios le contestó: “¡Basta ya! No vuelvas a tocar ese tema” (Dt 3,23-28). Y no logró convencerlo.

Ésta es la explicación que da el libro del Deuteronomio de porqué Moisés no pudo ingresar en la Tierra Prometida.

También Moisés debía pagar

Pero los estudiosos se preguntan: ¿por qué Dios se enojó con Moisés? ¿Qué tenía que ver él en esta historia?

Como no encuentran respuesta, tratan de buscar en el episodio de los espías alguna falta del caudillo hebreo. Así, algunos piensan que ésta consistió en haber enviado espías para explorar el país en vez de confiar en Dios. Otros creen que fue el no haber acompañado a los exploradores. Un tercer grupo opina que no supo apaciguar la rebelión israelita, como correspondía a un buen líder.

Pero todos estos intentos de explicación son inútiles, ya que el mismo libro del Deuteronomio, cuando cuenta la escena, afirma que sólo los israelitas pecaron, y que Moisés ligó el castigo gratuitamente. En efecto, en su discurso al pueblo reunido, Moisés declaró: “Por culpa de ustedes Yahvé se irritó también contra mí” (Dt 1,37). Y más adelante les reitera: “Por culpa de ustedes Yahvé se enojó conmigo y juró que yo no pasaría el Jordán ni entraría en la espléndida tierra” (Dt 4,21).

Según este libro bíblico, pues, la falta fue únicamente de los israelitas, que se sublevaron contra Dios en el desierto; y después Dios hizo pagar también a Moisés por ello.

¿Por qué Moisés no pudo entrar en la tierra prometida?

Así no muere un amigo de Dios

Vistas así las cosas, el castigo de Moisés por la rebelión del pueblo resulta inmerecido. Pero si miramos mejor la Biblia, descubrimos que ese castigo no fue la verdadera causa de la muerte de Moisés en el exilio.

En efecto, al leer el episodio de los espías en su lugar original, es decir, no como está contado en el discurso de Moisés (en el Deuteronomio), sino en el libro de los Números 13-14, que es un texto más antiguo, encontramos allí otra versión. Según ésta, Dios castigó sólo a los israelitas. A Moisés no sólo no lo castigó, sino que le prometió engrandecerlo por haberse mantenido fiel (Nm 14,11-12).

¿Por qué entonces el libro del Deuteronomio, en el discurso de Moisés, cambia los hechos y afirma que también éste fue castigado y privado de la Tierra Prometida? Hoy los estudiosos parecen haber encontrado la respuesta.

Moisés (quien quiera que haya sido este personaje) debió de haber muerto por causas naturales, o por alguna razón que desconocemos. Pero en la mentalidad israelita resultaba inconcebible que alguien como él, amigo íntimo de Dios y uno de las figuras más grandes de su historia, muriera sin haber podido cumplir el objetivo que Dios mismo le había encomendado. Como en la mentalidad antigua nada sucedía sin que Dios lo permitiera, concluyeron que su deceso se debió a una decisión divina, por alguna falta moral.

Salpicado por un pecado ajeno

Pero para no deshonrar la memoria de Moisés, atribuyéndole un pecado, prefirieron pensar que quien había pecado fue la comunidad y que Dios hizo extensivo el castigo a Moisés, como parte integrante del pueblo.

Por eso cuando en el siglo VII a.C. se escribió el libro del Deuteronomio, ésa fue la versión que su autor incluyó, para contar la muerte de Moisés.

Así, para el autor Deuteronomista la muerte de Moisés se debió a un acto de solidaridad. Si la nación que él había liberado, fundado y guiado debía morir en el desierto, Moisés tenía que seguir el mismo camino y acompañarla en su trágico final.

Ésa es la razón por la que, mientras el libro de los Números afirma que Moisés sí iba a lograr entrar en la Tierra Prometida, el Deuteronomio dice que no, porque Dios había decidido castigarlo juntamente con el pueblo.

¿Por qué Moisés no pudo entrar en la tierra prometida?

Para no incriminar a Dios

Algunos años más tarde, otro autor bíblico a quien los estudiosos llaman el escritor Sacerdotal (porque formaba parte de los sacerdotes de Jerusalén), se propuso reescribir la historia de Moisés. Y se encontró de nuevo con el problema de su muerte.

Pero la versión del Deuteronomista no lo convencía para nada. Éste, en su esfuerzo por eximir a Moisés de la mancha de pecado, había terminado manchando a Dios. Al decir que su muerte se debía a un pecado del pueblo, liberaba a Moisés de cualquier culpa, pero hacía culpable a Dios, por haberlo castigado injusta y caprichosamente.

Comprendió que la única forma de limpiar la imagen de Dios era reconociendo que Moisés mismo había pecado, para que pudiera ser el responsable de su propia muerte. Entonces escribió una nueva versión del castigo divino, que hoy se encuentra igualmente en el libro de los Números (20,1-12), y que también está ambientada en Cadés Barnea, pero muy diferente.

Según ésta, poco después de llegar a la localidad de Cadés, los israelitas se quedaron sin agua. Se rebelaron contra Moisés, y lo acusaron de incapacidad y torpeza para guiar al pueblo. Las protestas se hicieron cada vez más violentas, y Moisés se asustó. Ante esa situación, Dios se le apareció y le dijo: “Toma tu vara y reúne a la comunidad, tú y tu hermano Aarón; luego habla a la roca, y la roca produciría agua”. Moisés hizo lo que Dios le había ordenado. Tomó su vara, reunió al pueblo, y le dijo: “Escúchenme bien, rebeldes; ¿creen que podemos hacer brotar agua de esta roca?” Luego levantó su mano y golpeó la roca dos veces con su vara. Inmediatamente comenzó a brotar agua en abundancia, y pudo beber toda la comunidad.

En busca de un pecado

El relato termina diciendo que Dios llamó aparte a Moisés y Aarón, y los reprendió: “Por no haber confiado en mí, y no honrarme delante de los hijos de Israel, les aseguro que no guiarán a esta comunidad hasta la tierra que les he dado” (Nm 20,12).

Ahora sí, el relato mostraba a Dios castigando a Moisés con justa razón, porque había cometido personalmente un pecado. Pero la narración nos deja otra vez perplejos. ¿Cuál es el pecado que cometió?

De nuevo los estudiosos se han lanzado en su búsqueda, y han propuesto varias e ingeniosas soluciones. Por ejemplo:

a) haber “golpeado” la roca con la vara, cuando Dios le había dicho que tenía que “hablar” a la roca. (Pero si sólo debía hablarle, ¿para qué Dios le dijo que llevara la vara?)

b) haber golpeado la roca dos veces, en vez de una. (Pero Dios no le dijo cuántas veces tenía que golpearla; ¿por qué no podía golpear las veces que quisiera?)

c) haberse enojado con el pueblo gritándole “¡rebeldes!”, antes de hacer el milagro (¡Pero era cierto que eran rebeldes!)

d) haber dudado de Dios, preguntando a la gente: “¿creen que podemos hacer brotar agua de la roca?”;

e) hacer creer a la gente que el milagro lo realizaban él y Aarón, al decir: “podemos hacer brotar agua”, cuando era Dios el que la hacía brotar.

El truco del autor bíblico

Muchas otras explicaciones se han sugerido para esclarecer el famoso pecado de Moisés. A tal punto, que un célebre rabino judío dijo con ironía: “Nuestro padre Moisés cometió un solo pecado; pero los exegetas le han encontrado más de diez, porque cada uno le inventó uno distinto”.

A pesar de los esfuerzos, no ha sido posible hasta el día de hoy determinar cuál fue el yerro en el que incurrió el legislador israelita. Y es posible que se trate de un genial truco del autor bíblico. Él sabía que tenía que escribir un relato señalándole a Moisés un pecado. Y lo hizo. Pero a propósito lo dejó velado y enigmático, como para que los lectores no pudieran descubrirlo nunca. Así, el gran legislador israelita no sufriría la humillación de que todo el mundo se enterara cuál había sido su punto débil, y en qué le había fallado a Dios.

Tenemos, pues, en la Biblia tres versiones distintas sobre el ingreso de Moisés en la Tierra Prometida. Según la más antigua (Números 14), él no fue castigado con ninguna prohibición, a pesar de no haber podido entrar en ella; simplemente no entró. De acuerdo con la segunda (Deuteronomio 1), Dios le prohibió entrar a causa de un pecado cometido por el pueblo. Según la tercera (Números 20), Dios le prohibió entrar por una falta suya personal.

Fueron tres esfuerzos de la tradición hebrea para explicar porqué Moisés, que para eso había nacido y para eso había sido llamado por Dios, no pudo consumar la epopeya más grande de su vida, y de toda la historia de Israel.

Bibliografía Consultada

- Atlas Bíblico Oxford, Verbo Divino-Ediciones Paulinas, Estella-Madrid 1989.
- R. N. WHYBRAY,El Pentateuco. Estudio Metodológico, Desclée De Brouwer, Bilbao 1995.
- J. BLENKINSOPP,El Pentateuco, Verbo Divino, Estella 1999.
- N. LOHFINK,Las tradiciones del Pentateuco en la época del exilio, (Cuadernos Bíblicos 97) Verbo Divino, Estella 1999.
- F. GARCÍA LÓPEZ,El Pentateuco, Verbo Divino (Introducción al Estudio de la Biblia 3a), Estella 2003.


[1] Hoy muchos arqueólogos e historiadores, con abundantes pruebas, niegan que el éxodo y la figura de Moisés así como están presentados en la Biblia sean históricos. Por lo tanto, el artículo sólo pretende explicar lo que el texto bíblico relata, sin considerar la historicidad del episodio.

 
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