La concepción de la Historia en las culturas del Próximo Oriente Antiguo

Última actualización el 14 de Noviembre de 2006

A la hora de intentar acercarnos a la visión que tenían del pasado las sociedades que poblaban el Oriente próximo durante la Antigüedad hay que partir en primer lugar del análisis sobre la relación que mantiene el hombre antiguo con el medio que le rodea, la cual distaba mucho de la que nosotros poseemos hoy en día.

Dicha relación se caracterizaba no por identificar las cosas singularmente, comprendiéndolas aisladamente como tales, sino que el antiguo establecía un diálogo con el medio en que se hallaba en clave de tú a tú. En dicho contexto de pensamiento sobre la naturaleza, la vida, la muerte y prácticamente todos los fenómenos en los que estaba implicado el ser humano, el elemento imaginativo adquiría un papel preponderante a la hora de constituir los mitos, capaces de dar respuesta a las inquietudes intelectuales de las sociedades de la época. La imaginación presente en los relatos mitológicos tendría, pues, su paralelo en la ciencia, elemento clave de nuestro actual sistema de pensamiento.

Pilastra JE36809. Jeperkara-Senusert (I) y el dios Horus. Museo de El Cairo
Pilastra JE36809. Jeperkara-Senusert (I) y el dios Horus. Museo de El Cairo

El conocimiento científico es lo que nos permite explicar el entorno y a nosotros mismos, pero se trata de un saber perfectamente estructurado que es capaz de distinguirse y de reflexionar sobre sí mismo. Para el ser humano que vivió en la Antigüedad y que no disponía de la herramienta científica, sino que estaba inmerso en los sistemas de pensamiento mítico de la sociedad en que vivía, la naturaleza, el hombre y sus costumbres trascienden de su singularidad y son interpretados como conjunto. Pero esto no es sinónimo de que el antiguo sea capaz de hacer abstracciones. Las fronteras entre el ser humano y la naturaleza no están delimitadas para él; el comienzo y el fin de ambos es algo que todavía no pasa por su cabeza. De ahí que se establezca ese diálogo en clave de segunda persona con todo lo que el hombre antiguo intenta comprender pensando.

Esto se puede explicar en función de que en ese tipo de sociedades no se dispone de la base de pensamiento científico que nosotros poseemos hoy y asumimos casi sin reparar en ello. El conocimiento científico se caracteriza fundamentalmente por distinguir nítidamente entre el sujeto de estudio y el objeto de estudio. En las sociedades donde funcionaban las cosmogonías míticas nuestro objeto de estudio, definido por los caracteres que le proporciona la ciencia, está ausente. Por el contrario, el antiguo se topa con elementos y fenómenos en cierto modo animados a los que se enfrenta de un modo activo, implicándose personalmente en su relación con ellos, con todas las implicaciones emotivas que esto conlleva.

Henri Frankfort prefería a describir esta relación ser humano-medio con el término impresión mejor que conocimiento, ya que si el relato mitológico se nos presenta como resultado del intento de comprender el ámbito en que se mueve el ser humano así como los fenómenos que tienen lugar en el mismo, el problema está en que el objeto de estudio recibe un enfoque muy particular. Éste es asumido desde la misma perspectiva de conocimiento que el antiguo adopta cuando se dispone a conocer a otro ser humano, esto es, considerándolo como algo único y no abstraíble de su singularidad.

De ahí que la concepción del mundo no se basa, como pudiera parecer, en la simple personificación de las cosas o los fenómenos, sino que es el conjunto de características que conforman su modo de pensar -heredado de la Prehistoria más remota- lo que condiciona para que el planteamiento a la hora de entender un fenómeno determinado sea en clave de 2ª persona. Se trata de lo que Frankfort identificó como el deseo del hombre primitivo por preguntarse el quién y el porqué, en vez de cuestionarse el cómo (¿por qué no quiere fluir el río?). A consecuencia de este tipo de preguntas sobre cosas que el antiguo cree “animadas”, el resultado no será otro que un relato (mitológico), la única forma que la respuesta podría adoptar.

La concepción del paso del tiempo en las sociedades egipcia y mesopotámica viene definida por factores de diversa índole. Conviene tener en cuenta que se trataba de sociedades con un desarrollo de la escritura limitado desde un punto de vista social y con un peso indiscutible de la tradición oral en el campo de la mitología. Estas sociedades manejaban una concepción de la Historia heredada del pasado que no observa ninguna evolución en el tiempo. Los antiguos distinguían en ese sentido dos espacios temporales: el suyo, en el que vivían, y el de los orígenes, en el que habían tenido lugar los acontecimientos que narraba la mitología. El mundo se presentaba como una consecuencia de lo acontecido en el pasado concreto de otros tiempos.

Pero este pasado no se pensaba de ninguna forma unido al presente, en solución de continuidad, sino que el espacio temporal presentaba una dicotomía fundamental entre ambas etapas. Para los ojos del habitante del Valle del Nilo o de las llanuras mesopotámicas, el mundo no era tal y como lo había visto siempre él, sino que en un momento dado ocurrieron unos determinados fenómenos que originaron lo que ahora podía contemplar. Quedaban incluidos dentro de esta categoría aspectos como el orden económico, las relaciones de parentesco, el culto a las divinidades, y todo el conjunto de normas sociales asumidas, conservadas y puestas en práctica por la sociedad, además de la ordenación del cosmos.

El sistema de pensamiento mítico, dentro de sus pretensiones totalizantes encuentra en los actos fundacionales de los dioses y de los hombres legendarios los orígenes de los comportamientos sociales de su comunidad así como de los fenómenos de la naturaleza. Esto se produce a raíz de no concebir el presente en términos de consecuencia directa de la evolución temporal; el pasado no es asumido como tal, lo cual imposibilita la aparición de un auténtico cultivo de la historia, puesto que el pasado no necesita ser explicado.

Hablar de tiempo histórico en la antigua civilización egipcia implica hablar de su sistema político, su sistema religioso y las relaciones entre ambos. De la religión, porque la mitología concentra las explicaciones del comienzo del mundo; de la política, porque la institución monárquica constituía el eje en torno al cual se desarrollaba toda la actividad diaria del valle del Nilo.

El devenir del tiempo en el Egipto faraónico era interpretado como el cumplimiento del plan divino que el dios Atum-Ra había llevado a cabo en el principio de los tiempos. El alto índice de estabilidad política, social, y económica que acompañó al Egipto Antiguo durante su Historia, contribuyó a crear la idea de tiempo estático que caracteriza a la civilización del Nilo. Dos eran los fenómenos en torno a los cuales se manifestaba el devenir temporal: la salida y el ocaso diario del sol, y el crecimiento anual del Nilo. Ambos acontecimientos eran explicados por una mitología que, de acuerdo con la mentalidad egipcia de conservar su mundo fijando su saber por escrito, nos es conocida gracias a la abundantísima documentación que nos ha llegado y que contiene textos de naturaleza cosmológica, metafísica, moral, anales de reyes, mediciones de las inundaciones del Nilo, etc. Cabe decir, del mismo modo, que han sido las condiciones climáticas excelentes del país las que han hecho posible el mantenimiento de las fuentes en un alto grado de conservación

El relato mitológico egipcio sobre los orígenes del mundo nos ha llegado a través de tres tradiciones diferentes pero, en líneas generales, la que se considera más admitida por entonces consiste en la creación del mundo a partir del caos primordial el cual se identificaba con el gran océano primigenio, la divinidad Nun. El dios Atum emergería de las aguas creándose a sí mismo y se posaría sobre la primera colina. La vida comenzaría a extenderse desde la creación de Shu y Tefnut por Atum, identificados con el aire y la humedad respectivamente, los cuales serían los progenitores de la tierra y el cielo (Gueb y Nut).

El papel del dios sol en la cosmogonía egipcia no era de menor que el papel que representaba diariamente. La salida diaria del sol por Oriente era interpretada como la victoria del rey de los dioses sobre las fuerzas del mal y los demonios de la noche. Durante las horas nocturnas Re viajaba bajo la tierra y hacía frente a multitud de enemigos a los que acababa venciendo. Esto era una garantía de que el bien ganaba al mal. Que Re apareciese todas las mañanas desde tiempos inmemoriales significaba que el orden superaba el caos, la justicia seguía manteniéndose. Los egipcios empleaban el término maat para referirse a este orden. El rey, cúspide de la sociedad egipcia y único ser humano -aunque como se verá también es plenamente un dios- capaz de relacionarse con lo divino, se identificaba plenamente con Re en el sentido de continuador del plan divino de ordenación cósmica, apareciendo maat como divinidad hija del mismo dios. El rey es el único que con su poder puede conservar el orden adquirido y preservar al pueblo de Egipto del caos. Véase de fondo la concepción del pasado como ordenador del presente conocido, en el cual se dieron los hechos fundacionales. La historia de Egipto es, por lo tanto, la historia del cumplimiento diario del plan divino de Atum.

Esta concepción egipcia del cosmos posee un ingrediente sustancialmente importante: la resurrección. Si desde un punto de vista físico el faraón es identificado con Re, la legitimación de su poder le es transmitida por medio de su identificación con el dios Horus . En la mitología el dios Osiris se convierte, por decisión de su padre Gueb, en el heredero legítimo de las dos coronas de Egipto. Su hermano Seth, en desacuerdo con la disposición de Gueb, asesinará a Osiris, y su cadáver irá a parar al Nilo. La diosa Isis hará uso de sus artes mágicas y revivirá a Osiris el tiempo suficiente como para que éste le pueda concebir un hijo, que será Horus. El sucesor de Osiris nacerá, de esa forma, con la intención de vengar a su padre y de administrar su herencia. Así perseguirá a Seth y lo vencerá, ahuyentando a los demonios del mal y recuperando el trono.

La muerte de un rey en Egipto suponía una situación simbólico-eufemística en la que las fuerzas del mal dominaban la situación momentáneamente. Su fallecimiento se asimilaba a una fórmula mitológica permanente: Seth había asesinado a Osiris. El hecho de la sucesión real es el elemento vertebrador de las dimensiones económicas, sociales y políticas del Antiguo Egipto. El concepto de renacimiento se manifiesta aquí especialmente patente debido al marcado carácter cíclico de la sucesión. El faraón que fallece se convierte en Osiris, el dios muerto, y el nuevo faraón encarnará a Horus, el dios rey. Este esquema se repetirá más o menos de manera constante en los 3000 años aproximadamente de historia del reino Egipcio bajo autoridad política indígena.

Las fuentes fragmentadas de que disponemos nos hablan del Misterio de la Sucesión, un ritual que se llevaba a cabo en el marco de la ceremonia de coronación y entronización del nuevo rey. En dicho ritual participaban granos de cebada encarnando a Osiris, los cuales eran pisoteados por bueyes, identificados con Seth. La muerte del grano era llorada ritualmente, tal como hacía Isis en el mito, y el nuevo faraón (Horus) se vengaba del crimen sacrificando los animales. Así, del mismo modo que Osiris renacía, el grano también renacía en la tierra proporcionando sustento básico al pueblo en forma de pan y cerveza. El rito religioso hay que entenderlo, pues, como representación de un mito, la prueba visible de que el orden del universo es racional. A su vez el rito asegura el buen funcionamiento del plan divino, lo confirma.

Ya se ha dicho que Osiris es el dios muerto por antonomasia, pero al mismo tiempo es el dios de la resurrección. Osiris consigue renacer fecundando a su madre Nut en el cielo, alcanzando así la inmortalidad; pero el dios será protagonista de un destino doble al pasar a formar parte de la tierra (Gueb) en la que es sepultado, desde la cual ejercerá parte del poder que había ostentado sobre ella. Dicho poder tendrá su manifestación en el crecimiento de los cultivos. En ese sentido, la estrecha relación de causalidad existente entre este fenómeno y la inundación fluvial anual no escapaba a las construcciones narrativas mitológicas egipcias, y aunque a Osiris no se le identificó con el río, puesto que tal atribución recaía sobre el dios Min, sí se le reconocía su presencia en el limo que el Nilo arrastraba en su fertilizante corriente. Los egipcios empleaban la fórmula agua joven para referirse a esto. Quedaba, de esta forma, establecida una profunda conexión entre la realeza y el ciclo vegetativo.

El panorama que nos ofrece todo el substrato mitológico egipcio y sus implicaciones en la concepción del poder político nos sugieren un mundo estático, todo está preestablecido desde el comienzo y así ha de continuar. El renacimiento diario del sol y el renacimiento anual del Nilo configuraron una visión de la Historia muy particular en la que el tiempo no parece avanzar, sino que tan sólo los días lo hacen.

En el mundo mesopotámico también encontramos por un lado documentada la dicotomía entre tiempo presente y tiempo de los orígenes, pero por otro lado se advierten diferencias sustanciales con la versión egipcia. Los especialistas han apuntado a unas características geográficas muy alejadas del aislamiento egipcio como factor para ayudar a comprender la mentalidad mesopotámica en relación con su concepción del universo. Las condiciones climáticas extremas y el territorio abierto a posibles invasiones desde los cuatro puntos cardinales habrían contribuido a elaborar una visión del cosmos en la que predominada la sensación de incertidumbre. El antiguo mesopotámico se imaginaba a sí mismo completamente desposeído de voluntad en cuanto a su futuro; su destino estaba en manos de las divinidades, cuyos designios contenían las claves de actuación humana.

En la mitología sumeria, cuyo corpus fue asimilado y fijado, en parte, por la civilización acadia, la concepción del mundo gravitaba en torno a un primer momento no organizado que recibía el nombre de Kur y que estaba gobernado por dos principios: el agua salada Tiamat, y el agua dulce Ab-zu. Tras la lucha entre el Tiamat y Enlil, que había sido elegido por los dioses para establecer el orden frente al caos, siguió una nueva etapa, en la cual el mundo ya presentaba el aspecto que los hombres conocían y que sería llamado Gur-sang. El universo mesopotámico es un universo de ciclos que se suceden dando lugar a otros nuevos; en dicha concepción se manejan términos del tipo eterno retorno, simbolizado en el ir y venir de la lluvia, que ascendía al cielo para volver a caer, y en donde los antiguos pobladores de las márgenes del Tigris y el Éufrates no veían sino una manifestación de algo tan familiar como la fugacidad de la vida.

Las características de la organización del poder político es lo que, según los especialistas, permite explicar el particularismo administrativo del panteón mesopotámico. El alto grado de desarrollo del sistema burocrático parece manifestarse en una ordenación administrativa del mundo y de las fuerzas cósmicas por parte de los dioses, quienes se reparten poderes y órdenes por medio de diferentes órganos ejecutivos en una asamblea divina, donde se enfrentan y debaten. La concepción del devenir del tiempo se encuentra, pues, muy influenciada por esta particular concepción del mundo; su Historia hay que comprenderla a la luz de las decisiones divinas acordadas en dicha asamblea en la festividad del Año Nuevo, en la que los dioses disponen lo que ha de hacerse.

Es precisamente el gobierno absoluto de las divinidades lo que propicia el desarrollo de las frecuentes e institucionalizadas prácticas mágicas, relacionadas con todo tipo de augurios, profecías, maldiciones, etc., mediante las cuales el hombre, que se contempla a sí mismo como esclavo de las fuerzas cósmicas, es capaz de persuadir a los dioses en favor propio. La preocupación obsesiva por el destino que las fuentes recogen concede un papel relevante al recuerdo histórico, de ahí que Krecher y Müller afirmasen que el recuerdo del pasado nunca fue una cuestión de mera curiosidad, sino siempre un recurso interesado nacido de la necesidad de dar un sentido al presente.

El pasado en Mesopotamia no tiene tantas connotaciones de “modelo a seguir” como en Egipto, al igual que tampoco tiene a un rey que es a la vez dios entre ellos. El interés que mostró el lugal mesopotámico por la Historia respondió por una parte a motivaciones religiosas cuando se trataba de reconstruir el templo de alguna divinidad; en este caso se observaba el emplazamiento y el diseño arquitectónico original, previa consulta de los planos a la divinidad correspondiente. Igualmente el pasado estaba sujeto a una manipulación con fines políticos e ideológicos que tenían lugar, en ocasiones, en las demostraciones de antiguas posesiones territoriales mediante la supuesta localización de restos materiales. Todo este conjunto de preocupaciones por el pasado no produjo cultivo historiográfico de ninguna clase, ya no por limitaciones en su modo de pensar, sino porque el sentido del mundo no se explicaba en función de lo que nosotros entendemos por Historia.

 
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