Desroches-Noblecourt publica una obra sobre la herencia cultural y espiritual del Egipto antiguo

Christiane Desroches-Noblecourt, la más ilustre de nuestras egiptólogas, no ha tenido nunca miedo de remover las ideas recibidas ni de asombrar. Así es como se permite afirmar, con gran seguridad, la vieja dama “indigna” que acaba de cumplir 91 años y no ha perdido su espíritu crítico, en las conclusiones de su última obra, La fabulosa herencia de Egipto: “Contrariamente a lo repetimos, no vivimos en una cultura judeo-cristiana, sino egipto-cristiana. Los Judíos y la Biblia, no han contribuido en nada a la edificación del cristianismo. Todo lo que nos han legado provenía de los egipcios”.

Este libro lo he escrito “después de 60 años”, dice con su inalterable humor. “Llegada mi edad se tiene una mirada sintética sobre las cosas que se han estudiado durante casi toda una vida, y entonces aparecen las evidencias”. El propósito de la egiptóloga que hizo desplazar montañas para salvar los templos de Nubia, que hizo rendir honores militares a la momia de Ramsés II, venida a hacerse “curar” a un hospital francés, era hacer inventario, previa verificación, de todo lo que en nuestra vida cotidiana se debe a la herencia de la civilización egipcia.

El legado es más rico de lo que se cree, para empezar el calendario y el alfabeto. Explica que ” mientras que todos los pueblos de la antigüedad seguían un calendario lunar, solo los egipcios seguían un calendario solar de 12 meses de 30 días, a los cuales se añaden cuatro días “epagomenos” hacia mitad de julio y un día entero cada 4 años.” Julio Cesar tuvo la inteligencia de adoptarlo. Después la Iglesia lo conserva modificando la fecha de inicio del año, hasta aquel momento fijada el 18 de julio, día de la llegada de la crecida del Nilo.

“Si los egipcios habían adoptado este calendario, era porque eran lógicos y tenían un sentido agudo de la observación de la naturaleza. Habían empezado a contar los días de la inundación, el descenso y los de la canícula y habían determinado tres estaciones de cuatro meses cada una. Esta división de los días tuvo una influencia incalculable en su vida, su cultura e incluso en sus creencias.”

Entre otras herencias profanas hay que señalar el juego de la oca que nos ha sido transmitido casi sin modificaciones., la fabricación de ladrillos y los asombrosos avances de la medicina egipcia, reconocida en la época por todo el próximo oriente: sus médicos habían descubierto el método de tomar el pulso por medio de la clepsidra que servia de reloj, los tests de embarazo, el tratamiento de la catarata -cuyo nombre tiene el mismo doble sentido que en francés-, los fenómenos de la jaqueca y un montón de tratamientos oftalmológicos.

El segundo gran legado profano es el alfabeto. Para la Sra. Desroches-Noblecourt no hay ninguna duda que “su principio es debido al contacto entre obreros egipcios y beduinos que trabajaban en las minas de turquesas”. Asombrados ante estos signos jeroglíficos, piensa ella que los beduinos de Canaan interrogaron a los egipcios y aplicaron a su propia lengua el principio de acrofonia (*) que preside a un gran número de jeroglíficos. “Ellos llevaron a su país este sistema más práctico que la escritura cuneiforme donde entró en contacto con los dorios de la guerra de Troya, descendiente de Anatolia los cuales lo transportaron hasta el Peloponeso.”

Pero es en el dominio espiritual que los enigmas y acercamientos son más numerosos y más sorprendentes. En primer lugar, sobre la historia de José que relata abundantemente el Génesis tiene una teoría bien argumentada: “Cómo un faraón egipcio habría tenido necesidad de un joven extranjero para explicarle el sueño de siete vacas gordas y siete vacas flacas, si el último de los fellahs conocía el ritmo de buenas crecidas y malas crecidas. Hay que creer pues que el faraón en cuestión era un hicso, es decir, un semita que no conocía ni el clima, ni el país y que hizo entrar a los hebreos en gran número en el suelo egipcio.”

Otro gran interrogante: “Porque María, José y el Niño Jesús fueron precisamente a Egipto, siendo que, estando en Nazareth, se hallaban a dos pasos de la actual Siria? Y la Biblia no nos dice casi nada de los años de estudio y aprendizaje que Jesús debió conocer en este país que reinaba por aquel entonces sobre todos los otros por sus conocimientos científicos y espirituales.”

En cuanto a las semejanzas iconográficas y dogmáticas son tan numerosas que la egiptóloga dice: “el fondo cristiano existía en Egipto” y de ello da múltiples pruebas. Menciona especialmente una encantadora nilótica, a menudo encontrada en el contexto funerario, donde se ve un hombre o una pareja pescando dos pequeños peces en una misma línea (caña?), siempre los mismos, el tilapia y el lates. No evocan la vida bucólica como se podría imaginar si no que significan el alma del ayer y el alma del mañana, la de la vida terrestre y la del más allá. Luego se conoce bien el simbolismo del pez en los primeros cristianos y la Sra. Desroches-Noblecourt añade “ estos peces siempre retenidos por la misma línea, constituyen el segundo signo del gran zodiaco... de Cristo en Majestad dominando el nartex de la basílica de Vezelay”.

De la misma manera que San Jorge, abatiendo el Maligno, martirizado cerca de la actual Tel Aviv, encuentra su arquetipo en un Horus arponeador del hipopótamo, símbolo del mal, San Cristóbal, patrón de los viajeros, tiene por prototipo a Anubis, el conductor de las almas preparadas para el Gran Viaje. Y los ejemplos abundan, por ejemplo” la obertura de la boca y de los ojos practicada a un nuevo papa en su entronización, de la misma manera que los egipcios lo hacían con un difunto antes de su inhumación”.

Sabiendo que no hay que tomarse al pie de la letra la abundancia del panteón egipcio, Christiane Desroches-Noblecourt está convencida que la divinidad suprema –la que la reina Hatshepsut había presentido antes que Akhenaton- era una sola fuerza divina, la de la conjunción del dios sol, Amon-RE, y la diosa madre Isis, actores fecundantes de la tierra de Egipto. “La teogamia, la unión de un dios y una mortal que evoca Hatshepsut en su templo de Deir-el-Bahari y otros faraones para justificar su esencia divina, no es más que la anunciación y María la hija espiritual de la gran Isis cuyo culto ha funcionado hasta en la Galia durante siglos.”.

La más extraordinaria de las semejanzas es la que propone entre la decoración interior de un sarcófago conservado en el Louvre y el nartex de la basílica de la Magdalena en Vezelay. En el sarcófago, según explica, la diosa Nut, aparece rodeada por un zodiaco que empieza abajo, a la izquierda, por los dos últimos signos de la estación “primavera-invierno” egipcia, el Acuario y Piscis, sube hasta la cabeza de la diosa donde están pintados los días epagomenos, es decir la llegada de la crecida, en julio, y desciende sobre el flanco derecho hasta el último signo, el Capricornio. Contrariamente al occidente cristiano que comienza siempre por Aries y acaba por Piscis.

“Así en n Vezelay, el gran zodiaco de piedra reproduce exactamente el del sarcófago del Louvre. Encima de la cabeza de Cristo, tres medallones reproducen tres extraños personajes enrollados sobre ellos mismos: un perro, un hombre con mallas y una sirena. El perro es la estrella Sotis que anuncia la crecida siempre llamada la “perrita”, el hombre no es otro que Osiris, símbolo del renacimiento y la sirena, la mujer pescado, anuncia la llegada de la crecida...”

(*)Acrofonia: atribución a un ideograma del primer valor fonético del primer sonido del término que sirve para figurarlo. Ejemplo: A por asno.

Fuente: Le Figaro
http://www.lefigaro.fr/culture/20050108.FIG0105.html

Reseña: Montse Borrás

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