El último faraón de Egipto

Zahi Hawass

Considerado el egiptólogo más famoso del mundo, Zahi Hawass se tira ahí donde se enciende una cámara. Dirige con puño de acero a un equipo de tres mil arqueólogos y nadie puede excavar en el país de los faraones sin su consentimiento. Más allá de sus excentricidades y su narcisismo, busca una sola cosa: que los museos del mundo devuelvan a Egipto las piezas clave de su historia.

Cada vez que se enciende la cámara, él sonríe, se acomoda el sombrero y mantiene a raya su peinado nevado, que le garantiza el halago de ser constantemente confundido con Omar Sharif. Zahi Hawass –“el Indiana Jones egipcio”– apareció tantas veces en documentales que ya perdió la cuenta. No recuerda cuándo fue la primera vez que su voz, su cara, su cuerpo se convirtieron en la voz, cara y cuerpo de esta civilización antigua de 7.000 años de historia tragada por el desierto y recién tibiamente resucitada hace 200 años, cuando los 154 científicos que acompañaron a Napoleón en su campaña militar por Egipto a fines del siglo XVIII se quedaron pasmados ante tanta esfinge, jeroglífico y obelisco abandonados.

Ahí donde se anuncia uno de esos hallazgos explosivos que amagan con formatear todo lo que sabemos de la novela milenaria de los faraones, ahí –inmediata, automáticamente– está Hawass, con micrófono en mano o, a lo sumo con micrófono corbatero, su mochila de cuatro décadas de experiencia y su conocida irascibilidad.

Si bien su nombre se escucha hasta el hartazgo antes y detrás de la palabra “Egipto” desde hace ya bastante tiempo, recién hace siete años logró escalar bien alto y convertirse en el mandatario absoluto de su campo: desde entonces, rige como secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades, aquella institución desde la que le reclama noche y día a todo el mundo –pero sobre todo a tres museos: el Louvre, el Británico en Londres y el de Berlín– la devolución de lo que es suyo y de su nación.

Así lo hizo, por ejemplo, en 2005, cuando le exigió al British Museum la devolución de la Piedra de Rosetta –pieza clave para el desciframiento de los jeroglíficos, tal vez el descubrimiento más importante de todos los tiempos– y al Ägyptisches Museum de Berlín el busto de Nerfertiti (1370-1330 a.C.), esposa del faraón Akenatón y considerada la Mona Lisa de la Antigüedad.

Zahi el grande

“Soy famoso y poderoso. Pero todo lo que hago lo hago por Egipto. Nadie en la historia de la arqueología ha ayudado a Egipto más que yo”, le confesó alguna vez al diario Al Ahram de El Cairo, con esa cuota de humildad que sólo puede tener alguien que cuenta con un sitio web que gira alrededor del culto a su persona (Drhawass.com) y donde, además, le tira de vez en cuando carnada a su club de fans.

Por eso no extraña su ciberretrato como una megastar, una celebrity arqueológica que dialoga –en las fotos– con Lady Di de vos a vos, que coquetea con la reina Sofía de España y que se ríe junto a Laura Bush con la misma tranquilidad y energía con las que se lo sorprende linterna o pincel en mano, al lado del rostro descompuesto y putrefacto de la reina-faraón Hatshepsut (finalmente descubierta en 2007 después de varias idas y vueltas), en pleno desentierro en el cementerio de los constructores de la pirámide de Giza o dándole una palmadita al robot que escaló unos 65 metros por uno de los dos pasadizos que salen de una cámara dentro de la pirámide de Keops, para mirar a través de un agujero de la puerta y sólo encontrar ahí otra puerta.

Autodenominado “protector de la Antigüedad” y “guardián de la herencia egipcia”, Hawass, de 62 años, cuyo nombre en árabe significa “extraordinario” o “brillante”, sabe que para conseguir plata –aquel motor que hace correr las investigaciones– debe transformar todo en un show –en su extenso currículum figura un premio Emmy–, no perder nunca contacto con sus potenciales televidentes o financistas –tiene perfil en Facebook, Twitter y Flickr– y generar expectativa con frases-dardo, preguionadas y efectistas que, vale aclarar, a veces se le van un poco de las manos. Disparo 1: “Si no se los protege con medidas extremas –dijo–, los monumentos del Antiguo Egipto desaparecerán en menos de 100 años”. Disparo 2: “La verdadera maldición de los faraones somos nosotros”, declaró. Disparo 3: “Si Egipto no hubiese existido, tendría que haberse creado para mí”. Y dardo 4, por si hacía falta: “Las arenas de Egipto esconden mucho todavía. Calculo que no hemos descubierto aún más del 30% de lo que hay en el país”.

Los piramidiotas

Más allá de las frecuentes denuncias de tiranía, censura y puño de hierro formuladas por alguno de sus 30 mil empleados, Hawass es Egipto. Él, con sus descubrimientos, su burocracia, sus documentales en NatGeo, la BBC o Discovery Channel, trabaja desde hace más de 30 años como RR.PP. de los faraones top –Seti I, Ramsés II, Cleopatra VII– y de los no tanto, como Thesh, Qa’a o Userkare, cuyas caras no suelen aparecer en los papiros-souvenires truchos con los que miles de turistas vuelven a sus casas certificando que estuvieron ahí, al lado del camello, bajo la sombra de las pirámides. Hawass, por ejemplo, tiene tanto poder que es él y no otro el que determina quién excava qué en Egipto y quién no. Y si lo hacen extranjeros, ahí debe estar siempre un inspector que oficie como sus ojos y orejas. De ahí que a los extranjeros este hombre corpulento, de nariz aguileña, alta capacidad escénica, que le encanta hablar de sí mismo y que rechaza la teoría que dice que los faraones eran negros, no les agrade demasiado.

Pero, dentro de todo, Hawass es razonable. Sobre todo cuando apunta a quienes apoda “piramidiotas”: dícese de esa tribu de egiptofreaks “que aseguran que las pirámides tienen funciones y poderes o que estas tumbas gigantes son más antiguas que los egipcios y que habrían sido construidas por los hijos de la Atlántida (¡!) o extraterrestres (teoría –si eso se puede llamar “teoría”– de la que se nutrieron películas y series como Stargate). “¡Que se vayan a hacer tonterías a sus países! –exclamó–. Ha habido personas que se han vuelto muy locas con esas ideas, incluso oímos de algunos estadounidenses que querían suicidarse en el interior de la Gran Pirámide”.

Más coherente es cuando, contra la corriente, busca frenar la máxima máquina de hacer dinero: el turismo. “Hay que buscar un equilibrio entre las necesidades del turismo y la obligación de proteger los monumentos –afirmó–. Y hay que detener las excavaciones para concentrarse en la investigación y la protección de lo ya conocido. Para mí, personalmente, me gustaría que esas momias volvieran a sus tumbas. Las momias no han de estar en museos, es como maltratarlas”.

Así como se lo ve en YouTube, Hawass tiene la curiosa capacidad de saltar de un estado a otro en segundos. De enfurecerse y maldecir a Howard Carter –el descubridor de la tumba de Tutankhamón– a confesar sus intimidades. “Me molesta cómo trataron a la momia –se despachó–. Yo en lugar de Carter nunca le hubiera arrancado la máscara de oro como hizo él. La puso al sol para despegarla y luego empleó un cuchillo. Nunca hubiera tratado ese cuerpo así. Lo destrozaron. Fue un gran crimen”.

–¿Qué siente al tener una momia enfrente?– le preguntaron una vez un poco bobamente.

–La primera vez fue como cuando nació mi primer hijo –respondió–. Es muy emocionante buscar en los escombros y escribir la historia. Para mí la esfinge es una piedra viva, no es una piedra muerta, por eso he pasado diez años restaurándola. Existe una gran expectativa y una subida de adrenalina cuando entrás en los túneles, en los corredores y todo está oscuro, hay misterio, abrís puertas y, a veces, te encontrás con algo nuevo, desconocido. Tu corazón se acelera cuando sacás a la luz una estatua de los escombros y la ves por primera vez. De eso se trata la arqueología y es sencillamente fascinante.

Casi tanto como sus consejos y confesiones: “Acostumbro a no afeitarme el día que voy a entrar en una tumba cerrada, pero eso lo hago exclusivamente para protegerme mejor de los posibles gérmenes. Se lo recomiendo. Las momias son cuerpos y se corrompen y, por cierto, emiten un olor espantoso”.

Fuente: Crítica de la Argentina
http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=25076

Reseña: Roberto Cerracin

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